Yo acuso a quienes, desde la política, los medios y la celebridad, han jugado con consignas incendiarias sin asumir la responsabilidad de sus consecuencias. Yo acuso a quienes, bajo el lema 'Free Palestine', han permitido que el odio al judío se normalice también en España , a quienes la usan como llave maestra para excusar, minimizar o banalizar un veneno antiguo que nunca desapareció del todo: el odio al judío. Escribo movido por lo ocurrido en Australia. Cuando no se nombra el antisemitismo, se normaliza y se allana el camino para el siguiente ataque. La pregunta no es solo quién apretó el gatillo, sino quién creó el clima en el que un judío pasa a ser un objetivo 'explicable', porque no es un hecho aislado. En Australia, el ataque de Bondi llega después de una escalada de incidentes antisemitas desde el inicio de la guerra en Gaza, incluyendo ataques a sinagogas y amenazas. Y fuera de Australia, en Europa, la lista de agresiones a lugares judíos y de culto en los últimos dos años es un recordatorio incómodo. Y, mientras tanto, muchos judíos europeos dicen vivir una realidad que debería avergonzarnos: miedo, ocultamiento, y la sensación de que la vida judía necesita seguridad constante para existir con normalidad. Lo recoge la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE en su gran encuesta sobre experiencias y percepciones de antisemitismo. Yo acuso a quienes juegan con cerillas en un cuarto lleno de gasolina. Yo acuso a quienes, vacíos de causa y de pensamiento propio, se apropiaron del sufrimiento palestino para darse una razón de ser y, al mismo tiempo, un permiso para odiar al judío, para señalarle, al alumno con kipá, a la familia que entra en una sinagoga, al comercio con un apellido hebreo. Yo acuso a quienes confunden deliberadamente Israel, un Estado y su gobierno con los judíos, un pueblo diverso, una minoría, una pluralidad de opiniones. Yo acuso a quienes toleran o amplifican eslóganes que, en determinados contextos, se leen como negación del derecho de Israel a existir o como fantasía de expulsión total. Porque el problema, cuando el odio ya está presente, no es solo lo que alguien cree querer decir, sino lo que su altavoz permite que otros hagan. Y yo acuso, especialmente, a quienes callan cuando la protesta deja de ser crítica política y se convierte en señalamiento. Cuando aparecen caricaturas que deshumanizan al judío. Cuando reaparecen viejas teorías de conspiración con vocabulario nuevo. Cuando símbolos judíos se convierten en diana. Cuando la palabra sionismo se utiliza como un rodeo para decir judío sin decirlo. Yo acuso sin dar nombres, porque no hacen falta. Los responsables se reconocerán. Se sentirán interpelados por estas líneas porque recordarán sus palabras, gestos, aplausos y silencios. No es necesario señalarlos cuando la conciencia aún puede hacerlo. Escribo desde España, y escribo también para España. Lo ocurrido en Australia nos interpela porque España ya sabe lo que ocurre cuando el fanatismo prende. El 11 de marzo de 2004 este país aprendió, a un precio insoportable, que el terrorismo no es una abstracción y que los climas de odio no se quedan en las palabras. Pensar que «aquí no puede pasar» es una ilusión peligrosa. Ya pasó. Y podría volver a pasar. Hoy, en España, sinagogas, escuelas y actos judíos viven bajo protección. Muchos judíos evitan mostrar símbolos de su identidad. No por exageración ni por victimismo, sino por prudencia. Por miedo. Esto no surge de la nada. Yo acuso a quienes niegan cualquier relación entre el clima que fomentan y la radicalización que otros ejecutan. A quienes se esconden detrás de la intención para eludir toda responsabilidad, como si las palabras no tuvieran consecuencias. Yo acuso a quienes se niegan a reconocer que el antisionismo, tal como hoy se expresa en demasiados espacios públicos, se ha convertido en el nuevo antisemitismo, un antisemitismo que se disfraza de antisionismo o antisraelismo, que se legitima como superioridad moral, pero que vuelve a señalar al judío como culpable colectivo. Criticar al Gobierno de Israel es legítimo. Negar el derecho del único Estado judío a existir, demonizarlo de forma obsesiva o trasladar esa culpa a judíos españoles que nada tienen que ver con ese conflicto no lo es. Se puede defender al pueblo palestino sin hostigar al judío. Se puede exigir justicia sin reactivar los demonios de siempre. Se puede protestar sin romper la convivencia. Porque el antisemitismo nunca termina en los judíos. Es siempre el síntoma de una sociedad enferma, incapaz de poner límites al odio. Hoy apunta a una minoría. Mañana encontrará otra. Y cuando actúa, ya es demasiado tarde para fingir sorpresa. Pongo por testigos a todos los que lean este texto. Para que nadie diga que no sabía. Para que nadie crea que España está inmunizada frente a lo que hoy hemos visto en Australia. Y por eso la respuesta no puede ser el repliegue ni el silencio. La respuesta es la unión y la acción . Judíos y no judíos. Ciudadanos libres. Callar ya no es una opción. Esconderse tampoco. Cuando se señala al judío, nos levantamos todos, porque defender a los judíos hoy es defender la dignidad de la sociedad.