Fatiga de listos, politólogos y expertos
a práctica totalidad de la gente que participa en una elección solo llega a percibir los trazos a mano alzada de un dibujo simple. Y está bien que así sea. Tras una votación como la vivida, toda persona normal en España, en el engrama que dejó huella en la memoria y que se lleva al comentario del café con los compañeros de su trabajo se recogió algo parecido a «vaya bofetón se ha llevado Sánchez». Justo después de rescatar ese dibujo del sustrato de conexiones neuronales se pone a hablar de cosas más importantes como el sorteo del Gordo y los regalos que aún tienen comprar a los niños.
Llevamos demasiado tratando las votaciones populares como fenómenos abstractos y complejos para iniciados. Durante esta última década he visto a personas inteligentes negar con toda la potencia de su cognición la información objetiva y básica que portaban las elecciones populares del Brexit o Trump. En lo poco que valga mi experiencia, cuanto más sencilla y simple la conclusión, más probable es que no esté contaminada por los intereses del analista.
Creo que hay fatiga de listos, politólogos y expertos que pasaron un rato por una oficina en la campaña de Obama. Y que ocupan minutos fingiendo que en este negocio hay genialidades, cajas negras, fetichismos tecnológicos y jugadas maestras detrás de cada esquina. Por mi parte estoy algo cansado de la agotadora tendencia de las jornadas postelectorales, que convocan a la auto importancia, la sobreactuación paródica y el análisis fake en un negocio que sufre de autoasfixia erótica por bullshito.
Supongo que dedicar espacio y minutos a la idea de que para el PP o para Vox los resultados de Extremadura tienen lecturas negativas se basa en la necesidad personal de algunos analistas de no reconocer para quién tienen obvias lecturas los resultados. Si el recuento hubiera sido bueno para el PSOE hoy estaríamos hablando de la resistencia del perro. Como los números han sido adversos algunos dedican sus mejores esfuerzos a valorar las supuestas dificultades que van a asumir los ganadores, porque al parecer los ricos también lloran.
La seca y aburrida claridad de un resultado rotundo no suena a «Nos movemos a un escenario muy complicado, con unas negociaciones endiabladas». Quizás no. Y las pocas cosas a extraer de un fenómeno como la votación del domingo son bastante básicas, evidentes y las puede realizar tu panadero. Como lejos de mi intención acusar a otros de parciales y al mismo tiempo fingir objetividad, descuenten ustedes que en lo personal estoy contento porque el el 60% de Extremadura se ha puesto de acuerdo en pegarle un bofetón a Sánchez. Contento también porque la mitad de los votantes socialistas hayan estado de acuerdo en abstenerse, quedándose en casa, para que esa bofetada llegara con fuerza a su verdadero destino. Me repito: Dos más dos son cuatro. Creo tener suficiente experiencia como para saber cuándo me plebiscitan una elección en la cara. No hay intención de aventurar el futuro ni pretender saber qué va a suceder mañana, pero con la información disponible permítanme extraer algunas conclusiones sencillas y simples. La primera, es difícil negar que una mayoría social amplía de españoles no parece militar en otro proyecto político que empujar a Sánchez a la papelera. La segunda, Sánchez está arrastrando de manera consciente a sus compañeros y socios. Siguen pegados a él. A su corrupción, al encubrimiento de Salazar, a la falta de medidas sobre vivienda, a la ausencia de presupuestos. La tercera, no sabemos si se replicará en nacionales, pero en las elecciones autonómicas el voto socialista femenino ha caído en barrena.
El miedo ya no moviliza ni unifica en el PSOE la respuesta. Es relevante porque ese es el argumento que justificaba sostener la agrupación de las izquierdas tras el Muro de la investidura ya no mueve a los votantes sanchistas. Cuarta, el relato repetido sobre cómo el miedo a la ultraderecha iba a desmovilizar a los propios votantes de centro: No ha sucedido. No sucede. No va a suceder. Las narrativas a posteriori están bien para entretener a una parte del personal, quedar de guapos y listos ante los que nos miran. Pero quizás hay demasiada gente que en 2025, y con razón, está hasta los cojones de reflexiones cubistas, expertos en darse la razón y una aburrida y agotadora espectacularización de la política. Que en lo personal yo no me lo tomo mal, porque creo en el veterano arte flamenco de cantar y dar palmas por dinero.
Todo esto se lo dice un moderado centrista, que en 2025 cree en una alianza mayoritaria en lo social entre el «PSOE-Azul» y la «falange verdi-roja».
Sospecho que la mayoría de españoles no queremos acabar a hostia limpia. Y que la amplitud se encuentra ahí: en Madrid, Andalucía, Aragón, Castilla y León, Murcia, Extremadura, etc. En esas regiones tanto PP como Vox crecen y no se canibalizan. Y eso abre una autopista al espacio social alternativo a la decadencia anticonstitucional de Sánchez.