La relación con la muerte es una cuestión que ocupa y preocupa a todas las culturas desde tiempos inmemoriales. Es a partir del Neolítico cuando los humanos comienzan a ser sedentarios y es más fácil comprobar, gracias a las huellas que permanecen en los terrenos donde deciden asentarse, cómo afrontaban el paso de la vida a la muerte. La zona arqueológica de Otíñar es una importante muestra de cómo se optaba por enterramientos colectivos, depositando los restos de múltiples individuos durante generaciones y poniendo en valor el culto a los ancestros y la importancia del grupo sobre el individuo. En el rito se incluían ajuares, demostrando una creencia en la vida posterior a la muerte. Igualmente, los lugares para enterrar se enclavan en las cercanías de los poblados, convirtiendo a los muertos en parte activa de los territorios que ocupaban. Otíñar está tan sólo a unos 12 kilómetros de la capital de Jaén, en el entorno del valle del río Quiebrajano, declarada por la Junta de Andalucía « Zona Patrimonial » en 2009 y siendo el primer Bien de Interés Cultural inscrito bajo esta tipología en la autonomía, gracias a la que se protegen unas 2.000 hectáreas por su alto valor histórico, arqueológico y patrimonial. La Cueva del Toril, un abrigo natural de 67 metros de apertura y 12 metros de profundidad, es uno de los elementos más llamativos de Otíñar. Hay constancia de que en el período neolítico existieron poblados fuertemente amurallados con dólmenes y zonas de extracción de sílex, material abundante en el sitio. Pero lo que más llama la atención es la enorme cantidad de petroglifos que hay grabados en la pared con la técnica del bajo relieve. Se han contabilizado más de 30 y reconstrucciones en 3D han permitido constatar la existencia de muchos más que a simple vista no podemos apreciar. Además de varios círculos concéntricos, algunas figuras humanas y otros símbolos que podían ser el inicio de la escritura a través de signos rudimentarios, destacar un penta semicículo del que se cree que es un calendario solar con unos 4.500 años de antigüedad , coincidiendo su línea central con el 21 de diciembre, con el ocaso del solsticio de invierno. Sin duda, sería un lugar de culto y con una acústica espectacular que permitiría el desarrollo de ceremonias místicas para un grupo numeroso de personas. Pero este amplio espacio cuenta con multitud de abrigos rocosos en los que se pueden ver pinturas rupestres , algunas de ellas con motivos zoomorfos y figuras humanas. La cueva de los Herreros, la cueva del Poyo de la Mina, las cuevas de los Bastianes, la cueva de los Soles y la cueva del Toril son, entre otros, algunos de los refugios donde los antiguos habitantes de la zona dejaron su arte. Algunas, tras miles de años a la intemperie son muy difíciles de observar, pero otras, como las que hay en la cueva de los Soles se ven perfectamente. Pese a no tener un acceso sencillo, han sufrido algunos destrozos y con pintura naranja han estropeado parte de una escena de cacería en la cueva de los Herreros, por ejemplo. El dolmen de Otiñar es, sin duda, una de las atracciones más visitadas en la zona desde su descubrimiento en 1947. Está situado en el centro del Collado de los Bastianes, que separa el cerro Veleta del cerro Calar, y desde donde se controlaba el paso natural de comunicación entre la campiña occidental y los valles inferiores de la campiña sur. Pertenece a una necrópolis existente dentro de un poblado de apenas media hectárea, adaptado a las irregularidades del terreno y con un sistema de defensa básicamente natural, que se refuerza con un lienzo de muralla en su acceso. Es una construcción megalítica característica de poblaciones ganaderas que habitaban la zona en el tercer milenio antes de Cristo, y está ligado a rituales funerarios de tipo colectivo. Es un sepulcro de planta octogonal, en forma de cámara con 7 grandes losas verticales y una mayor en la cubierta de 2'5x1'6 metros. Originariamente estuvo rodeado por un óvolo de 8 metros de radio formado por piedras que delimitaban el túmulo de tierra que cubría el dolmen. No se ha podido determinar cuántas personas y con qué ajuares fueron enterradas aquí por los diversos saqueos que ha sufrido la estructura. En Otíñar además de huellas neolíticas y de la Edad del Cobre, también hay restos romanos y medievales, tanto de los musulmanes como de los cristianos. Es fácil encontrar dando un paseo por allí trozos de cerámica, algunos con terminaciones de barniz (técnica de recubrimiento denominada vidriado y que nos traslada a la época medieval musulmana, que es cuando se empezó a utilizar dicha técnica). Uno de los vestigios sarracenos más significativos es el castillo que contempla el precioso paisaje. La palabra otíñar es de origen árabe, pudiéndose traducir como «hacer luz», en referencia a la función señalizadora de las torres defensivas medievales situadas a lo largo de la frontera cristiana e islámica y, en este caso concreto, protegiendo el camino hacia Granada. Después de la conquista del enclave por Fernando III en 1228, se reconstruyó sobre la defensa musulmana que encontraron. Tiene un recinto alargado y fortificado con sillarejo regular, con bastiones defensivos hacia el oeste para proteger su flanco más vulnerable. En su interior se localizan restos de viviendas y un aljibe y al sur se halla un alcazarejo cuadrado, con una torre del Homenaje de dos plantas. Una zona que merece la pena visitar por su riqueza patrimonial e histórica y ubicada en un paisaje ideal, muy cercano a la capital del Santo Reino.