Studio Ghibli, príncipes de la animación
Rara vez se me antoja un premio tan justificado y merecido como el galardón Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, que ha recaído este año sobre la célebre y celebrada productora de animación japonesa Studio Ghibli, fundada en 1985 por los realizadores Hayao Miyazaki e Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki. «Mediante un proceso artesanal de gran imaginación, ha creado historias universales llenas de sensibilidad y de valores humanistas», reza el acta del jurado, subrayando que sus películas «trascienden generaciones y fronteras, y son un referente para los desafíos de la sociedad globalizada y la protección del medio ambiente».
Desde su inicio gracias al éxito de la fabulosa «Nausicaä del Valle del Viento» (1984), historia de ciencia ficción post-apocalíptica dirigida por Miyazaki basándose en su propia serie de manga, Studio Ghibli se convirtió en un faro capaz de iluminar con poderosa luz el oscuro manto que ha cubierto durante demasiado tiempo las cualidades únicas e intransferibles del cine de animación en general y de un cine animado para todos los públicos en particular. Un cine dotado siempre en el caso de Ghibli de una sensibilidad profundamente humanista, tanto en lo artístico como en lo narrativo. De una visión inteligente y penetrante, que nunca toma por tontos ni por ingenuos a sus espectadores, sino al contrario. Demostrando la capacidad de la animación para llegar a aquellos rincones donde eso que denominamos cine «de imagen real» rara vez si alguna puede acceder.
Sentido y sensibilidad
Imposible resumir aquí su historia, desde los tiempos en los que Ghibli formaba parte del gigante empresarial nipón Tokuma Shoten hasta hoy, cuando tras ser una de las productoras independientes más poderosas del globo, se ha convertido en subsidiaria de la Nippon Television Holdings Inc. Mucho más importante resaltar lo que sus principales creadores han logrado a lo largo de estas décadas.
Hayao Miyazaki, el grueso de cuya obra forma parte del legado de Ghibli, se ha convertido en sinónimo de la animación japonesa más artística e ilustrada (en la mejor acepción del término). Su capacidad para combinar fantasía e imaginación, aventura y emoción, con mensaje ético, lirismo y profundidad filosófica ha convertido títulos como «Mi vecino Totoro» (1988), «Porco Rosso» (1992), «La princesa Mononoke» (1997) y, sobre todo, «El viaje de Chihiro» (2001), en clásicos que revolucionaron el concepto de animación no solo en Japón, sino a nivel internacional.
«El viaje de Chihiro», al ganar tanto el Oso de Oro del Festival de Berlín en competición con el resto de filmes de «imagen real» como el Oscar a mejor película de animación, tratándose de una cinta extranjera, se convirtió no solo en uno de los títulos más taquilleros de la historia del cine animado, sino en símbolo de una nueva era para la animación misma. Sin Ghibli, no podrían entenderse fenómenos como Pixar y la reciente «Las guerreras K-Pop»; o el espectacular auge de la animación para adultos de las últimas décadas, con obras como «Persépolis» (2007), «Vals con Bashir» (2008), «La tortuga roja» (2016) –coproducida por Ghibli–, la española «Arrugas» (2011) o los recientes filmes de Alberto Vázquez. Todos se han beneficiado de un panorama para el cine animado que nunca habría sido tan abierto y relevante de no existir antes Ghibli.
La capacidad de Miyazaki, pero también de su socio Isao Takahata con su fundamental «La tumba de las luciérnagas» (1988), para llegar a todo tipo de público con historias dramáticas, sensibles y profundas, donde lo mágico se codea con lo realista y sentimental, sin caer nunca en lo banal o en lo didáctico, es la piedra angular sobre la que se erige el cine animado moderno. Sin olvidar el puente tendido entre Oriente y Occidente con películas de tema netamente japonés que triunfan entre nosotros, junto a adaptaciones de clásicos occidentales como «El castillo ambulante» (2004) o «Cuentos de Terramar» (2006).
Clásicos contra digitales
El reconocimiento que supone el Premio Princesa de Asturias se suma a los muchos que ya han recibido Ghibli y el veterano Miyazaki a lo largo de su existencia. Oscars, Globos de Oro, incontables galardones en su país, donde existe también un parque temático Ghibli que atrae millones de visitantes de todo el mundo...
Todo ello para un estudio que ha priorizado siempre la animación a mano por encima del 3D y las técnicas digitales, con escasas excepciones como la desastrosa «Earwig y la bruja» (2020), que tantos espectadores sintieron como una traición a sus principios. Ghibli será siempre sinónimo de Hayao Miyazaki, quien aún se resiste a retirarse tanto como a renunciar a su estilo, como demostrara con «El chico y la garza» (2023). Un emblema de la autenticidad eternamente vigente de la animación tradicional frente a la digital e incluso frente al anime japonés. De la imaginación y personalidad de los autores frente a la siniestra invasión de los ultracuerpos de una IA mal entendida y peor aplicada. Ojalá este Premio sirva también como aviso necesario para conservar un arte del pasado que nunca pasará, sin dejar que sea subsumido y devorado por el gran monstruo digital.