Tres latinoamericanos aspiran a suceder a Guterres en la ONU
En un contexto global extremadamente polarizado, con guerras abiertas, la economía mundial en tensión y una ONU sometida a una creciente presión que le obliga a demostrar su utilidad, la elección del próximo secretario general de Naciones Unidas se ha convertido en algo más que una sucesión administrativa.
António Guterres, quien actualmente ostenta el cargo, termina su mandato el 31 de diciembre de este año. Un día después, el 1 de enero de 2027, su reemplazo asumirá el cargo y una nueva figura pasará a ocupar la oficina más visible del multilateralismo mundial, eso sí, con la sombra de Donald Trump al acecho.
El proceso comenzó formalmente a finales de 2025 con la invitación a los Estados miembros para que propusieran a sus candidatos. En abril se celebraron los diálogos públicos ante la Asamblea General, en los que los aspirantes defendieron su visión sobre una institución que cumple 80 años y que llega a esta elección cuestionada por su pérdida de influencia. Ahora, cuando la carrera entra en su fase decisiva, cuatro candidatos oficiales se disputan el puesto. Son 9 menos que en 2016, cuando António Guterres fue elegido por primera vez. Sin embargo, la reducción de competidores no se traduce necesariamente en mayores oportunidades, porque todos los candidatos llegan con argumentos de peso para su victoria.
Uno de los favoritos es el diplomático argentino Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que cuenta con el apoyo de sectores MAGA y con la simpatía política de Donald Trump. Llega con un perfil alejado del activismo y más centrado en la gestión técnica, reforzado por su posición al frente de la agencia nuclear en plena guerra con Irán. Grossi apuesta por una reforma de la ONU además de hacerla más eficaz y con menos retórica, para que sea útil “sobre el terreno”. Se niega a mantener una institución que emite mensajes desde su cómodo edificio. Su mentalidad está perfectamente alineada con la de Trump, que desde hace tiempo se queja de que la organización internacional está obsoleta y no sirve para su cometido. Ya lo dijo el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, esta administración cree en “reforma, reforma, reforma… y volver a los principios básicos de paz y seguridad será nuestra máxima prioridad.
Waltz también añadió que se centrarán en elegir simplemente al mejor, porque la institución necesita urgentemente un liderazgo fuerte y eficaz, aseveró dando a entender que el reclamo de nominar a una mujer para el puesto, lo que supondría un hito en la historia de la ONU tras 15 años de peticiones para que ocurra, no será necesariamente lo que les ayude a tomar la decisión. Esa era una de las bazas que pensaban jugar las mujeres que optan a este puesto, Michelle Bachelet y Rebeca Grynspan.
Bachelet, expresidenta de Chile y ex alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, cuenta con una dilatada experiencia política y diplomática, pero su candidatura se ha debilitado tras perder el apoyo de su propio país tras un cambio de liderazgo político. Además, su perfil no convence a sectores republicanos en EE UU que la rechazan por su posición en cuestiones de derechos reproductivos y por su gestión del informe sobre los uigures en China, un documento que también tensó su relación con el país asiático, al afirmar que las detenciones de uigures y otros musulmanes en la provincia china de Xinjiang podrían constituir crímenes de lesa humanidad.
Por su parte, Rebeca Grynspan, exmandataria de Costa Rica y actual secretaria general de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), también tiene muchas opciones de ganar. Cuenta con experiencia multilateral en economía, desarrollo y comercio. Ha intentado presentarse como una reformista del organismo, pero sin romper con su esencia. A pesar de que puede ser atractiva para muchos Estados miembros, no hay todavía una señal pública clara de que Washington vaya a impulsarla y, al fin y al cabo, EE UU, como miembro permanente tiene el poder de vetar a cualquier candidato.
Por último, la opción que menos apoyo está recogiendo, de momento, es Macky Sall, expresidente de Senegal y único aspirante no latinoamericano. Sall defiende una ONU más pragmática, centrada en paz, soberanía estatal y reconstrucción de confianza, pero juega en su contra que su elección rompería con la lógica no escrita de la rotación regional. Se trata de una práctica que se ha ido aplicando tradicionalmente, aunque no siempre se ha cumplido. De hecho, en 2016 se suponía que era el turno de Europa del Este, pero ganó Guterres, un portugués. En teoría, los siguientes en la lista son los candidatos de América Latina, pero que esta costumbre diplomática se cumpla o no dependerá del Consejo de Seguridad y de su decisión final.
Sobre el papel, se busca a un candidato con experiencia diplomática en organismos internacionales. El sucesor deberá contar con la confianza de las principales potencias mundiales, el respaldo internacional y el apoyo de al menos 9 países del Consejo de Seguridad, además de evitar el veto de alguno de los cinco miembros permanentes: China, Rusia, EE UU, Francia y Reino Unido. La votación, que es secreta, se realizará tantas veces como sea necesario (la elección de Guterres llegó a la sexta), y el ganador ocupará el cargo de secretario general por un periodo de cinco años, con derecho a renovar por otro mandato, como ha sido el caso del actual secretario.
En este proceso, la influencia de Trump también podría inclinar la balanza. El mandatario, que lleva tiempo tratando de someter a la ONU a su voluntad, llega a esta sucesión con una ventaja determinante, EE. UU. es el mayor contribuyente del organismo, aunque lleve meses sin abonar sus pagos, y como miembro permanente su voto es crucial. En definitiva, la Casa Blanca no necesita mandar para influir en la elección del ganador. Y aquí Guterres tiene poco margen de maniobra, más allá de aprovechar el altavoz de su cargo para insistir, como ya hizo en septiembre, en la importancia de la diversidad regional, la decisión no está en sus manos. La ONU busca sucesor, pero Trump podría convertir el proceso en una estrategia política más para controlar el organismo internacional por excelencia.