Vayamos por partes, resumen de lo publicado y de lo leído... Las dos novelas en las que se establecen los parámetros y coordenadas del estilo de Thomas Pynchon (Glen Cove, Nueva York, 1937) son su macro-debutante 'V.', en 1963, y su mini-cósmica 'La subasta del lote 49' en 1966. Tanto en una como en otra la búsqueda y el extravío, la conspiración como bella arte , la entropía como vals o twist, la paranoia como experiencia casi amorosa-religiosa, la manía-referencial-enciclopédica con 'look' de portada de 'Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band' . La más famosa y consagratoria es 'El arco iris de gravedad' (1973). Luego de una larga pausa (apenas interrumpida por la maniobra arqueológica de relatos primerizos, pero acompañados de un muy revelador prólogo, en 1984, con 'Lento aprendizaje') la más incomprendida en su momento, pero cada vez más interesante en perspectiva, es 'Vineland' (1990). 'Mason y Dixon' (1997) acaso sea su cumbre absoluta, su obra más lograda y tal vez ya insuperable : un perfecto mix de lo histórico con lo histérico al que se añade una inesperada sensibilidad a la hora de narrar una amistad. Y, en 2006, la muy voluminosa 'Contraluz ', posiblemente sea el más inasible a la vez que adictivo y más que inequívocamente pynchoniano entre todos sus títulos: una saga enloquecida funcionando a la vez como apenas encubierto credo artístico y estético, una declaración de principios infinitos y sin finales, una viaje al que nada le importa menos que el destino . Y, luego de semejante crescendo sinfónico y encandilador, el contrapunto un tanto sombrío de dos títulos que para algunos funcionan ya más como divertimentos que como manifiestos: el noir californiano 'Vicio propio' , (2009) cuya mayor falta es la de recordar un poco demasiado a 'El gran Lebowski' , de los hermanos Coen; y esa suerte de thriller urbano que es 'Al límite' (2013), donde Pynchon parece nutrirse un tanto de los complots corporativos de Don DeLillo y de las corrupciones en los thrillers manhattaneros de Colin Harrison. Y, sí, digámoslo: hay algo un tanto no condenable pero sí algo decepcionante cuando alguien como Pynchon (uno de los pocos autores norteamericanos en actividad que puede enorgullecerse de ser un más que singular estilo en sí mismo) apela a la pluralidad acomodaticia de géneros en los que tantos escritores impersonales buscan y encuentran refugio más para narrar que escribir. Y tiene su gracia el que el muy talentoso director de cine Paul Thomas Anderson hiciese con lo de Pynchon (en sus muy personales adaptaciones de 'Vicio propio' y 'Vineland') lo mismo que hace Pynchon cuando se adapta a paisajes de otros: uno y otro hacen lo que se les da la gana plenamente conscientes de que siempre habrá ganas de saber qué hacen . Así, con 'A oscuras', Pynchon se mete y entromete con el pulp hard-boiled para narrar -como un Hammett bajo la influencia del opio - las idas y vueltas del detective privado Hicks McTaggart en una Milwaukee de principios de los muy deprimidos pero a la vez eufóricos años treinta (con excursión muy pynchoniana a Centroeuropa), mientras rastrea el paradero desconocido de Daphne Airmont, heredera de una fortuna mafiosa construida a base de... quesos (obsesión, se sabe, del autor y muchas veces referenciada en sus libros). Y, sí, enseguida todos se pynchoniza con profusión de personajes locos de nombres imposibles pero perfectos (¿habrá apelativo mejor para un mafioso italiano que el de Don Peppino Infernacci o el de Squeezita Thickly para una actriz infantil de Hollywood?) y que incluyen a nazis en ascenso, novia lounge-singer, más o menos patrióticos agentes del FBI , secretarias paranormales, clarinetistas desatados, disfrazados de elfos, científicos locos, motociclistas antisemitas y hasta un golem y (guiño para 'connoisseurs') un cameo del Lew Basnight de 'Contraluz'. Y, claro, invocaciones de personajes históricos como Franklin Delano Roosevelt, el bebé de los Lindbergh, Walter Winchell o Sacco y Vanzetti. Y, por supuesto, cancioncitas tontas y excelentes chistes malos y acrónimos demenciales y abundancia de tramposos juegos de palabras y la hiper-conexión como forma de fe. Sí: todo resumen de trama -suele ocurrir con Pynchon, y está muy bien que así sea- será infructuoso. Hay que verlo (hay que leerlo) para creerlo. Alcance con decir que aquí hay, también, algo de la ferocidad revisionista y alternativa de James Ellroy así como de ese sorpresivo desvío ucronista pero sin desbarranque de Philip Roth a la altura de su 'La conjura contra América'. Pero todo como dibujado en sociedad por Hergé con Robert Crumb, o a medias entre David Lynch y Wes Anderson, o invocando el afán persecutorio de Melville con piruetas de Nabokov. Y hay quien podrá entender todo esto como un Pynchon menor (yo lo entiendo, nada más y nada menos, como otro libro de un escritor mayor y mayúsculo) Y, de nuevo, tomarlo o dejarlo (yo recomiendo tomarlo). Y detalle añadido y curioso: por encima de todo afán retro y nostálgico, 'A oscuras' -apenas subliminalmente- rebosa de la más 'freak' de las actualidades en un mundo donde vuelven a marchar los más delirantes facho-populismos. Y -como bien apuntó alguien- QAnon , los archivos Epstein o la redecoración/remodelación de la Casa Blanca por Trump son algo tan pero tan pynchonesco que inquieta. Porque pocas cosas hay más perturbadoras que el sentir a quien siempre se quiso (y a quien tanto se quiere) como cultor del delirio imposible de pronto comience a sonar como el más social de los realistas. Y ya muchos han apuntado que 'A oscuras' -encandilador a la vez que crepuscular- sea, posiblemente, lo último que sabremos y disfrutaremos de un Pynchon ya casi nonagenario . Pero aquí, yo me resisto a creerlo. Y sigo rezando porque ese rumor de monstruo grande que pisa fuerte (se ha filtrado de que Pynchon entregó a su agente y esposa un segundo libro junto a 'A oscuras' , se viene hablando desde hace décadas de la existencia de una gran novela suya en la que un empleado de asegurada norteamericana viaja a Tokio para evaluar los daños multimillonarios causados por la turística llegada a la ciudad de Godzilla ) sea cierto. Y que venga y tenga -a solas o tan bien acompañada- estilo Pynchon.