El 15-M quince años después
“Polarización” mantiene una pugna muy reñida con “empatía” para ser distinguida como la palabra más manoseada de la conversación pública.
¿Es la cosa para tanto? Bueno, pensemos en qué ha cambiado en este país desde el hito del que se hoy se cumplen quince años. Aquello que, con alguna dosis de pereza, bautizamos con la ayuda del calendario como “15-M”.
¿Había un apoyo social mayoritario al hecho de que la Puerta del Sol de Madrid se convirtiera en un campamento durante casi un mes entero? Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas que se celebraron en medio de aquellas semanas animarían a contestar que no. Sin embargo, hasta los abiertamente críticos con el movimiento mostraban signos de comprensión -ya fueran tímidos o decididos- hacia los motivos que impulsaron aquella reacción ciudadana sin precedentes en los más de 35 años transcurridos entonces desde la muerte de Franco.
Había un sesgo ideológico evidente hacia un tipo de izquierda, entonces gaseoso, que solidificaría tres años después en Podemos. La fecha no parecía baladí. En mayo de 2011 se estaba muy mal, sí. Pero sorprende que no hubiera despertar indignado alguno durante la explosiva destrucción de empleo del periodo 2008-2010, inmediatamente posterior a las elecciones que ganó Zapatero asegurando que esa crisis no iba a existir. El socialista seguía en Moncloa cuando empezó la protesta. Pero ésta no le apeló de una manera especialmente personal. “Que no, que no, que no nos representan” era un lema dirigido al conjunto de la clase política. Por lo que estuviera por venir.
Pese a dicho sesgo, tendimos a contemplarlo entonces y a recordarlo ahora como un fenómeno transversal. Fue la semilla de Podemos, sí. Pero no sólo. En el tiempo que siguió, UPyD pudo formar grupo parlamentario. Fue el prólogo de la expansión que conoció Ciudadanos con Albert Rivera en paralelo al crecimiento de Pablo Iglesias.
No parece que se tratara de un homenaje simultáneo a la localización y a Nacho Cano. Pero estuvimos cerca de “hacer, por una vez, algo a la vez”. Se produjo algo cercano al consenso. Debía empezar un tiempo nuevo. A partir de ahí, unos querían derribar el edificio entero y otros limitarse a una manita de pintura. Si t0marían nota los partidos tradicionales que, en los años posteriores, un ejecutivo del PP aprobó una Ley de Transparencia y el entonces jefe de la oposición y hoy presidente prometía –je- un CGPJ “verdaderamente independiente del Gobierno”.
Se trató de un chispazo ciertamente fugaz. Te lees el acuerdo PSOE/Ciudadanos de hace diez años como quien se asoma a una distopía. La moción de censura de 2018 no cambió solamente un gobierno. Eliminó de un plumazo esas ansias regeneradoras que, en aquel momento, podían unir a un liberal y a un socialdemócrata. En su lugar, trajo consigo los primeros ladrillos para la paciente construcción del muro que sería elevado a la categoría de propósito reconocido tras la revalidación “in extremis” del poder de 2023. El llamado “sanchismo”, apoyado por toda clase de fuerzas disolventes periféricas, encontró en el nuevo populismo de derechas la horma de su zapato para consolidar un país partido en bloques irreconciliables entre los que sea imposible tejer nada remotamente parecido a un espacio común.
Ninguno estamos para sacar pecho. Pero hoy es un día señalado para tener un recuerdo especial con aquellos que ahora se dedican profesionalmente a la política tras alcanzar el punto de álgido de su activismo en aquella acampada. No sería de extrañar que, en cualquier mudanza a lo largo de estos años, se hayan reencontrado con la Quechua en la que durmieron en aquel entonces.
Cómo no imaginar la pantalla haciendo aguas. Aquellos tiempos de ilusiones y asambleas. Salto al presente y ahí estás: cobrando del erario y avalando desde la cuota de poder que te entregaron los ciudadanos la colonización partidista de las instituciones, la amnistía para los crímenes cometidos por políticos si estos sirven al poder y la ausencia del menor esbozo de algo parecido a la rendición de cuentas. No había pan para tanto chorizo pero las chistorras terminaron encontrando espacio. Aquella generación desencantada que abanderaste ha entrado en la madurez sin poder comprarse una casa.
Y entonces empujas la Quechua todo lo que te permite la profundidad del altillo.