Crítica de "El beso de la mujer araña": amor entre rejas ★★
Hay que señalar que “El beso de la mujer araña” es una adaptación del musical inspirado en la novela de Manuel Puig. La puntualización es importante, en la medida en que la evocación del cine clásico del original dialoga con “La mujer pantera”, las películas de Marlene Dietrich o el melodrama ‘camp’, pero no está mediatizada únicamente por una reformulación colorista, casi pintada por Pierre et Gilles, del cine de aventuras exóticas de los años cuarenta, cantada y bailada como en un musical de Betty Grable o Esther Williams.
Es precisamente ese cambio monolítico el principal defecto del filme de Bill Condon: el cine, polimorfo y polisémico, no se erige en conglomerado oral de memorias afectivas y construcciones identitarias sino de correlato que confirma, a menudo de forma torpe y redundante, la historia principal de la película, que no es otra que la que cuenta cómo dos hombres aprenden a amarse en tiempos del cólera.
Ellos son el homosexual Molina (Tonatiuh, feliz descubrimiento) y el revolucionario Valentin (Diego Luna), compartiendo celda durante la dictadura militar argentina. Molina tiene que sacarle información confidencial a Valentin para satisfacer a los poderes fácticos, y sus estrategias de seducción, que han de convertirse en antídoto contra el escudo protector de la desconfianza leninista de su víctima, toman la forma de una narración oral que recrea la intensidad emocional de un romance en Technicolor protagonizado por una diva latina (Jennifer Lopez), emparedada entre el amor de dos pretendientes, y amenazada por un ser mítico y nocturno (también Lopez), la encarnación arácnida de la muerte, recién llegada del fondo de la selva.
El contraste visual entre los dos niveles narrativos del filme pretende definir las tensiones entre la realidad y el deseo, pero en la práctica el musical (artificial, denso, pesado) acaba por devorar la pasión sacrificial carcelaria que debería emocionar al espectador, y cuyo aliento trágico funcionaba tan bien en la adaptación del texto (sin coros ni danzas) dirigida por Hector Babenco. Aquí, la imprecisión en el tono se contagia incluso a algunos secundarios, como el alcaide y el torturador, tan próximos a convertirse en villanos de tebeo.
Lo mejor:
Tonatiuh sabe queerizar la intensidad romántica de la pasión maldita de su personaje.
Lo peor:
El musical repite y confirma en exceso el relato de lo real, y se hace denso y cansino.