A primera hora de la mañana, cuando la niebla todavía cubre parcialmente el puente Golden Gate y los ferris comienzan a cruzar la Bahía de San Francisco, una columna de vapor emerge del agua durante apenas unos segundos. Para la mayoría de los navegantes pasa desapercibida. Para un nuevo sistema de vigilancia térmica alimentado por inteligencia artificial es una señal urgente: una ballena gris acaba de salir a respirar en mitad de una de las rutas marítimas más transitadas de Estados Unidos. La escena, que hace apenas unos años habría parecido excepcional, se ha convertido en una preocupación creciente para científicos, marineros y autoridades costeras. En 2025 aparecieron 21 ballenas grises muertas en la bahía y sus alrededores. Casi la mitad fallecieron tras colisionar con embarcaciones. Este año ya han muerto siete. Unas cifras que son consecuencia de la alteración de las rutas migratorias de esta especie como consecuencia del cambio climático. Las ballenas grises del Pacífico Norte oriental recorren cada año alrededor de 19.000 kilómetros desde las frías aguas de Alaska hasta las lagunas de reproducción de Baja California, en México. Durante generaciones, esa migración se mantuvo relativamente estable. Pero el Ártico ya no es el mismo. Los investigadores llevan años observando cómo el deshielo acelerado reduce la disponibilidad de alimento en las zonas de alimentación del norte. La pérdida de hielo marino afecta a toda la cadena ecológica que sostiene a pequeños crustáceos y organismos bentónicos de los que dependen las ballenas y muchas llegan ahora más delgadas, debilitadas y obligadas a improvisar paradas durante el trayecto para intentar alimentarse. Una de esas paradas inesperadas está siendo la Bahía de San Francisco. El problema es que las aguas que rodean la ciudad no son precisamente un refugio tranquilo. Cada día circulan por ellas cargueros, petroleros, ferris de pasajeros, barcos turísticos, pesqueros y embarcaciones privadas. Las ballenas, agotadas y desorientadas, deben navegar en medio de un tráfico marítimo constante. «Resulta desgarrador ver a estas ballenas hambrientas vagando entre el ritmo frenético de la bahía», explicaba recientemente Douglas McCauley, director del Laboratorio de Ciencias Oceánicas Benioff de la Universidad de California en Santa Bárbara. El científico reconoce que la situación ha generado una sensación permanente de alarma entre quienes estudian estos animales. Pero también habla de una respuesta inédita ya que universidades, Guardia Costera, operadores marítimos y empresas tecnológicas han decidido colaborar para intentar reducir las muertes. El resultado de esa alianza acaba de empezar a funcionar sobre las aguas de San Francisco. El sistema combina cámaras térmicas FLIR de alta precisión con un software de inteligencia artificial desarrollado por la empresa WhaleSpotter. La tecnología es capaz de detectar, incluso en plena oscuridad o con niebla densa, la firma térmica del soplido de una ballena a varios kilómetros de distancia. Cuando el algoritmo identifica un posible cetáceo, la alerta es verificada en tiempo real por especialistas marinos antes de enviarse a los navegantes y al Servicio de Tráfico Marítimo de la Guardia Costera. Luego, se avisa a los barcos para que reduzcan velocidad o modifiquen ligeramente su trayectoria antes de que se produzca una colisión. Aunque detrás hay una compleja infraestructura tecnológica, la lógica recuerda a los sistemas de tráfico aéreo o a las aplicaciones de movilidad urbana. McCauley incluso resume el objetivo con una comparación cotidiana: del mismo modo que cualquier ciudadano puede consultar desde su teléfono dónde está exactamente un autobús en San Francisco, los científicos quieren lograr que pronto sea posible visualizar en tiempo real la posición de las ballenas en toda la bahía. Por ahora, el primer nodo de vigilancia ya opera desde una estación de comunicaciones de la Guardia Costera situada en Angel Island. Sus cámaras monitorizan un corredor especialmente sensible entre Treasure Island y el puente de la Bahía. Un segundo sistema se instalará próximamente en el MV Lyra, uno de los ferris que conecta diariamente Vallejo con el centro de San Francisco. Durante los últimos años, el aumento de avistamientos y muertes obligó a intensificar la coordinación entre operadores marítimos y organizaciones ambientales. Ferris públicos, compañías privadas y autoridades portuarias empezaron a introducir reducciones de velocidad, protocolos de comunicación y sistemas de alerta improvisados. Pero todos coincidían en el mismo problema: muchas veces los marineros simplemente no podían ver a las ballenas a tiempo. La niebla característica de San Francisco, el oleaje o las travesías nocturnas convertían cualquier intento de vigilancia en una tarea limitada. «Durante demasiado tiempo se les pidió a los navegantes que protegieran animales que eran incapaces de ver», señala Shawn Henry, director ejecutivo de WhaleSpotter. La nueva red pretende precisamente resolver esa invisibilidad. La apuesta tecnológica también refleja un cambio de paradigma más amplio en la conservación marina. Durante mucho tiempo la protección de cetáceos ha dependido sobre todo de restricciones pesqueras, áreas protegidas o límites de navegación. Ahora, la irrupción de sensores térmicos, sistemas automatizados y herramientas de inteligencia artificial abre una nueva etapa donde la vigilancia ambiental funciona prácticamente en tiempo real. Sin embargo, los expertos insisten en que la tecnología no resolverá el problema de fondo. Las cámaras pueden evitar impactos, pero no impedir que el océano esté cambiando a una velocidad sin precedentes. La población de ballenas grises del Pacífico Norte oriental se ha reducido drásticamente en la última década. Algunos investigadores estiman que cerca de la mitad de los ejemplares han desaparecido en apenas diez años. La situación preocupa especialmente porque esta especie había logrado recuperarse tras décadas de caza industrial en el siglo XX, convirtiéndose en uno de los ejemplos más citados de recuperación ecológica. La Bahía de San Francisco se ha transformado en una especie de laboratorio climático a escala real donde convergen algunos de los grandes dilemas contemporáneos: comercio marítimo, infraestructuras urbanas, conservación de especies y adaptación tecnológica. El desafío consiste en mantener operativo uno de los puertos más importantes de la costa oeste estadounidense sin convertirlo en una trampa mortal para los cetáceos. Las conversaciones para ampliar la red ya están en marcha. Los científicos estudian instalar nuevos puntos de vigilancia cerca de Alcatraz y del puente Golden Gate para crear un sistema capaz de seguir a todas las ballenas presentes en la bahía. El objetivo final es construir un mapa dinámico y continuo de movimientos cetáceos.