Un nuevo (doble) milagro de San Isidro para contarle al Papa León XIV
Justo cuando la tarde y las esperanzas se empezaban a apagar, el cuerpo de Víctor Hernández por los aires nos sacudió de golpe. El sexto, en el primer lance, se coló con violencia por el pitón izquierdo y lo enganchó de la chaquetilla para elevarlo tres metros del suelo y arrastrarlo, después, colgado del pitón en un trayecto escalofriante. El corazón en un puño. Solo fue la chaquetilla. Y el susto. Primer milagro. Víctor se repuso y, tras un lamentable tercio de varas, el toro salió bronco, con todo su poder. Apenas una tanda se tragó, a regañadientes, y en la segunda, otra voltereta. Esta vez el pitón se metió por el chaleco. Que le cuenten el nuevo milagro al Papa (Madrid le espera), que a San Isidro lo hacen dos veces santo. Otra vez en pie, el torero porfió. Estoico. Pero el toro jamás descolgó, jamás se entregó. Un sufrimiento. El triunfo fue salir andando, aunque fuera hacia la enfermería.
Al abrigo de las tablas del tendido 5 se había tenido que ir con el tercero. Tampoco fue refugio, pero el madrileño se quedó muy quieto para dejarse pasar silbando los pitones por el cuerpo, tanto en los estatuarios como en una serie de derechazos intensa. Al toro le faltó ritmo, y más después de pisar la muleta de Víctor al natural. Le costó volver a ligar, tan justo de fondo el toro. Pero la apuesta del torero fue tan sincera como las imposibles bernadinas del cierre. Muy seria su tarde.
El vendaval, que hizo del capote de Emilio de Justo un nudo, no dejó ver de salida las virtudes del «jandilla» que abrió plaza. Fue en el último tercio cuando la clase y el fondo apareció yendo siempre a más, con los morros en la arena, embistiendo con una hondura soberbia. El extremeño, cuando pudo sacar al viento de la ecuación, puso el temple como argumento para cuajar series frondosa de naturales con ambas manos, siempre a más y mejor. Pero ¡Ay! El acero... Tendría otra oportunidad, inmejorable a la postre, con «Lacerado», el cuarto, que además de clase sacó nervio, codicia y fondo de bravo. Menudo lote tuvo. La faena de Emilio subió pronto, mucho más cuando la muleta arrastraba la arena y el «jandilla» se la quería comer hasta el final, la pena es que lo fundamental duraba poco y aparecían los adornos. La gente entraba, pero se quedaba con ganas de más. Un natural se elevó como un monumento, tan lento y profundo. Tenía que haber sido más, mucho más.
Habían ganas también de ver a Borja Jiménez, que esperó hasta el tramo final de la feria de San Isidro para asomarse por Las Ventas. Un buen quite por chicuelinas al que abrió plaza, de De Justo, valió como declaración de intenciones, pero el primero de su lote tenía otros planes. Demasiadas asperezas que limar y un viento incómodo que tampoco se lo puso fácil. Ni siquiera ese poder por abajo del que Borja hace gala funcionó. Tampoco lo consiguió con el encastado quinto, que punteaba molesto tras el embroque cuando se quedaba sin inercias y terminó tocando de más las telas del sevillano. Así, el temple y el gobierno se hicieron escasos, desdibujando su actuación. Será el domingo. O eso esperamos todos.
FICHA DEL FESTEJO Y PARTE MÉDICO:
Jueves 4 de junio de 2026. Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Vigésimo cuarta de San Isidro. Lleno de “No hay billetes”. Tarde soleada y de viento.
Se lidiaron cuatro toros de Jandilla y dos de Santiago Domecq (5º y 6º), desiguales de presencia, aunque serios y bien hechos. 1º, enclasado y a más; 2º, áspero; 3º, deslucido; 4º, bravo; 5º, deslucido; y 6º, bronco.
Emilio de Justo, de fucsia y oro, pinchazo, trasera, dos avisos y once descabellos (silencio); y trasera, dos avisos y dos descabellos (silencio).
Borja Jiménez, de nazareno y oro, dos pinchazos, aviso y estocada (silencio); y contraria y dos descabellos (silencio).
Víctor Hernández, de malva y oro, media, aviso y descabello (ovación); y caída, aviso y seis descabellos (ovación).
Hernández pasó por su propio pie a la enfermería al finalizar el festejo, donde le reconocieron policontusiones, pendiente de estudios radiológicos.