La dignidad humana frente al espejo de la historia
El pasado 8 de junio se vivió un momento histórico en el Congreso de los Diputados. No fue un discurso solo para los parlamentarios, sino para el conjunto de los ciudadanos a quienes representan. Como ciudadano y docente con una trayectoria desde 1988, pocas veces he escuchado en la sede de la soberanía nacional un discurso de tal envergadura y profundidad. Las palabras de León XIV constituyen una pieza universal que invita a una lectura pausada y que no debería pasar inadvertida para nadie que aspire a cultivar su vida intelectual, más allá de siglas políticas o credenciales religiosas.
El Pontífice planteó un interrogante filosófico fundamental que vertebra la historia del pensamiento desde Sócrates, Platón y Aristóteles: ¿qué o quién es la persona? A partir de este eje, el Papa demostró un profundo conocimiento de la historia hispana al rescatar las figuras de Francisco de Vitoria, la Escuela de Salamanca y las Leyes de Indias. Si hoy acudimos a las herramientas de Inteligencia Artificial para refrescar la memoria, los datos nos devuelven una certeza inequívoca: Francisco de Vitoria (1483-1546) y la Escuela de Salamanca sentaron las bases morales del derecho internacional moderno. En pleno siglo XVI, defendieron que los indígenas poseían un dominio legítimo sobre sus tierras, articularon el «ius gentium» (derecho de gentes) y desmontaron las justificaciones de la conquista violenta bajo un estricto principio de proporcionalidad.
Aquellas lecciones de Vitoria fructificaron en las Leyes Nuevas de 1542 de Carlos I, un compendio normativo destinado a proteger la vida y regular la justicia, la hacienda y el trato humano en los territorios americanos. Inspiradas en una visión donde todo ser humano comparte la misma dignidad, constituyeron los primeros precedentes antiesclavistas de la Corona. Es innegable, y así lo reconoció el propio León XIV, que la sociedad y la Iglesia no siempre estuvieron a la altura de sus propias intuiciones cristianas, y que la distancia y la ambición de ciertos colonizadores provocaron descalabros injustificables. Sin embargo, aquel marco moral desbordó su época y abrió un horizonte del que la humanidad sigue siendo deudora.
Retomar en pleno siglo XXI la conversación con aquellos pensadores del siglo XVI no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad antropológica. En un contexto político marcado por la inmediatez y los cambios legislativos constantes, se abre paso una profunda reflexión sobre los cimientos que deben sostener la actividad parlamentaria en las Cortes Españolas. Frente a la tendencia de subordinar las leyes a los consensos sociales del momento o al vaivén de las mayorías parlamentarias, surge la necesidad de reivindicar un concepto fundamental: «la dignidad humana como un valor absoluto que precede a cualquier concesión del Estado». Bajo esta premisa, la verdadera legitimidad de una norma no radica únicamente en haber cumplido de forma estricta con el trámite formal de su aprobación en el hemiciclo.
El verdadero examen de idoneidad de una ley se mide en su capacidad para confrontarse con la dignidad de la persona. Si una legislación no supera este principio ético, las instituciones deben tener la audacia política y social de rectificar, revisando o revirtiendo dichos actos legislativos, aun cuando hayan sido aprobados por vías legalmente válidas. He aquí un reto de valentía político-social.
Nadie cuestiona que la labor legislativa responde a problemáticas reales y dolorosas que afectan a los ciudadanos. Sin embargo, la gestión de estos desafíos no puede limitarse a la aplicación de fórmulas meramente técnicas o reformas legales estándar. El diseño de las políticas públicas exige elevar la altura de miras, recurriendo a la creatividad y a la razón para hallar nuevas soluciones que no solo resuelvan los problemas, sino que fortalezcan el tejido social y protejan de manera prioritaria a las personas. «Toda decisión de las autoridades públicas toca a personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír».
Las Cortes Generales se encuentran ante la oportunidad de acometer una verdadera renovación moral. En su tramo final, el discurso papal lanzó una invitación explícita a alzar la mirada para recordar que cada decisión pública afecta a personas de carne y hueso, especialmente a los más vulnerables.
Como profesional de la enseñanza, resulta descorazonador ver la dialéctica parlamentaria reducida en ocasiones al cruce del «y tú más», un lenguaje propio de dinámicas escolares. Los legisladores tienen la noble tarea de prestigiar sus cargos para que los ciudadanos se sientan orgullosos de sus instituciones.
Para ello, resulta imprescindible acoger las palabras finales de León XIV: «Se necesita una palabra pública que respete al discrepante, instituciones volcadas en el encuentro, una memoria histórica fundamentada en la verdad y una vida social capaz de sostener el respeto mutuo y la amistad cívica en medio de la diferencia».
Evidentemente, el Papa se dirigió a Sus Señorías, pero igualmente este mensaje es válido para la ciudadanía y, de manera especial, para periodistas y contertulios.
Soy docente y, por tanto, paciente. «Zamora no se ganó en una hora»; «quítame de mi lado, ¡que me tiznas!», le dijo la sartén al cazo. Hemos de aprender, pero el proceso no puede ser eterno. Necesitamos visualizarlo, pues llevamos, como poco, más de una década de retraso.