De paz e inmigrantes
La visita del Papa León XIV a España ha dejado algunas claves sobre la cuestión migratoria. La presencia en tres actos específicos en Canarias monotemáticos permite analizar cómo el Papa ha dejado una huella que trasciende lo puramente espiritual. Frente a las costas, León XIV no se limitó a ofrecer oraciones consoladoras, sino que delineó una propuesta de política migratoria clara, exigente y bidireccional para España y, por extensión, para Europa a partir del testimonio de quienes, hace mucho o poco, llegaron a Canarias por canales extraoficiales.
El Papa ha propuesto un modelo que rechaza tanto las fronteras blindadas de la indiferencia como el buenismo sin estructura, apostando por la dignidad humana, la legalidad y la responsabilidad compartida.
La propuesta de León XIV llega al origen del problema. Durante su encuentro en el Puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, el Papa interpeló directamente a la comunidad internacional. Para el Pontífice, la política no puede limitarse a «gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido». Su visión exige un marco de actuación internacional que garantice «vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas».
De manera aún más profunda, el Papa introdujo en el debate público un concepto vital: el derecho a quedarse. Advirtió que, así como existe el derecho a buscar refugio, «también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución». El Papa fue tajante al señalar en Arguineguín que Europa «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas» yendo más allá de lo que señaló en el Congreso o en la homilía en la Sagrada Familia.
Una política migratoria integral no termina cuando las personas tocan tierra firme. En La Laguna, Tenerife, León XIV advirtió sobre lo que él denomina un «naufragio silencioso después de la llegada». Este se produce cuando el migrante queda abandonado en la ciudad «sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad».
Frente a esto, el Papa exigió contundencia institucional contra las mafias, lanzando una severa advertencia «a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio».
Quizás la aportación más de fondo de su propuesta para la sociedad española es su definición de la integración social –alternativa ante la llamada «prioridad nacional»–. El Pontífice rechaza la idea de asimilación forzada, de «borrar la historia de quien llega», pero también repudia la creación de guetos o «mundos paralelos» donde las culturas conviven sin mezclarse. El pacto social de la integración pasa porque quien acoge tiene el deber de ensanchar su casa, pero a los migrantes se les exige «abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones». Solo a través de esta responsabilidad compartida, los derechos se transforman en un «deseo sincero de construir junto a los demás». La hoja de ruta que León XIV ha dejado en España es un recordatorio de que más allá de los muros hay dificultades mayores, las presentes: «la mirada, en el miedo o en la indiferencia» de los otros.