Cuando pensamos en las playas de Andalucía , a casi todos nos vienen a la cabeza grandes líneas de arena, paseos marítimos llenos de gente o las típicas calas de piedra. Sin embargo, la costa de Huelva esconde un rincón completamente diferente, un paisaje que parece sacado de una película del oeste pero que se junta con el mar. Hablamos de una zona donde la tierra se corta de golpe en paredes altas de tonos rojizos y amarillos, creando un muro impresionante que protege una de las playas más tranquilas que quedan en Andalucía. Este tesoro se encuentra a las puertas del Parque de Doñana, justo entre las zonas de Mazagón y Matalascañas. Su nombre oficial es el Acantilado del Asperillo y, aunque la gente de la zona lo conoce bien, sigue estando libre del turismo de masas. Declarado Monumento Natural, esta playa es perfecta si lo que buscas es huir de las aglomeraciones y disfrutar de la naturaleza. Lo que hace especial a este lugar es cómo se formó. No es un acantilado de roca dura como los demás, sino un gigantesco sistema de dunas de arena que se ha ido endureciendo y amontonando con el paso de los siglos. Se calcula que las capas más antiguas de estas paredes tienen entre 14.000 y 15.000 años, una auténtica joya histórica que ha aguantado el empuje del viento y de las olas. Este paisaje se extiende por la costa y hay puntos donde las paredes llegan a medir más de 100 metros sobre el nivel del mar . Cuando caminas por la orilla y miras hacia atrás, da la sensación de estar dentro de un cañón. Las paredes cambian de color según les da el sol y tienen franjas negras, amarillas, blancas y naranjas. Estos colores tienen una explicación muy curiosa. Los tonos oscuros son restos de hojas y ramas que se acumularon hace mucho tiempo, y los rojizos surgen por el hierro que lleva el agua que brota de la tierra a través de unos pequeños manantiales denominados «chorritos». Llegar hasta esta playa es parte del encanto de la excursión. Para poder bajar sin estropear el entorno, hay una pasarela de madera de un kilómetro y medio de largo que se conoce como el sendero de Cuesta Maneli . Caminar por este sendero es un paseo muy agradable. A medida que avanzas, vas cruzando una zona de dunas entre pinos. Sus raíces funcionan como una red natural que sujeta la arena para que el viento no se la lleve. También te irás cruzando con matorrales típicos de la zona y, al estar al lado de Doñana, a veces se pueden ver animales como la tortuga mora, la víbora hocicuda o incluso el lince ibérico. Al final de la pasarela de madera, justo antes de empezar a bajar las escaleras hacia la arena, hay un mirador espectacular. Desde allí arriba se ve la inmensidad del mar y una playa larguísima que parece no terminar nunca: la Playa de Castilla . Como es una playa a la que solo se puede llegar andando y está escondida detrás del acantilado, aquí no vas a encontrar chiringuitos, ni música, ni filas de sombrillas apretadas en primera línea. Es un espacio inmenso de arena fina donde siempre hay sitio de sobra para poner la toalla lejísimos de los demás. El agua es limpia y el ambiente es muy tranquilo , perfecto para dar un paseo largo en plena naturaleza. Al ser una playa completamente salvaje, recuerda llevar contigo todo lo que vayas a necesitar, sobre todo agua para no pasar sed durante la caminata y algo de comer para pasar el día. Además, al ser un espacio protegido, es importante que toda la basura vuelva contigo en la mochila para dejar el sitio tan limpio como lo encontraste.