El 1 de abril de 2025 se puso al frente del Guggenheim Bilbao , sustituyendo a Juan Ignacio Vidarte , único director del museo hasta entonces desde su apertura en 1997. Hija del histórico dirigente del PNV Xabier Arzalluz, fue directora del Palais Galliera-Museo de la Moda de París de 2018 a 2025 y dirigió entre 2006 y 2013 el área de Colección y Exposiciones en el Museo Balenciaga de Guetaria. Miren Arzalluz (Bilbao, 1978) ha vuelto a casa. Dosifica mucho sus entrevistas. Lleva poco más de un año en el puesto y, tras muchos intentos, recibe a ABC en su despacho. Es un día muy caluroso en Bilbao. Unos andamios cubren el 'Puppy' de Koons, a la entrada del museo. Toca 'vestirlo' de verano. Antes de la charla (en la que se muestra muy afable, sin eludir ninguna pregunta, por incómoda que sea), posa para la fotógrafa sin demasiado entusiasmo, pero con mucho oficio. Días después de la entrevista, la actriz Tilda Swinton haría durante dos días una performance en el museo. — ¿Habrá continuidad o ruptura con el proyecto de Vidarte? ¿Qué le falta y qué le sobra al museo? —Yo, desde luego, inscribo el cambio más en la continuidad y en la profundización del proyecto que en grandes revoluciones. Es un proyecto que ha demostrado su gran éxito. Hay que analizar muy bien lo que hay que cambiar, lo que no o simplemente lo que hay que añadir, o hacer crecer o profundizar en un museo joven que aspira a ser un proyecto histórico. Mi primera conclusión es que las cosas funcionan muy bien, que la programación -cuando llegué ya estaba consolidada hasta finales de 2027- es excepcional y me siento una privilegiada de heredarla. Lo más normal es que haya todavía mucho margen de crecimiento, de definición, de profundización. Estamos ya trabajando en la programación a partir de octubre de 2027, cuando celebraremos el 30 aniversario del museo. Cada director tiene sus ideas, sus sensibilidades, sus querencias; yo también. Pero no es bueno hablar de directores estrella. Desde luego yo no me identifico con ello. — ¿Es demasiado pronto para saber cuál será su sello propio, su impronta? —Desde enero hemos lanzado una reflexión estratégica interna que nos va a permitir definir un nuevo plan estratégico para los próximos años. Vamos a presentarlo en diciembre, primero ante el Patronato y después ya empezaremos a comunicar cuáles son las líneas estratégicas que van a guiar la actividad del museo en estos próximos años. En esa reflexión están todas estas preguntas: cómo nos definimos, qué voz queremos transmitir, qué posición queremos ocupar tanto en el panorama local como en el panorama global internacional dentro de la red Guggenheim, cómo queremos conectar con nuestras audiencias, con nuestro público; qué contribución podemos hacer desde nuestra propia especificidad, historia y experiencia de este museo; qué contribución también en lo artístico, en lo curatorial podemos hacer. Estas son preguntas que nos estamos haciendo internamente. No es que no tenga respuesta, pero no me quiero adelantar. — Melissa Chiu, al frente del Guggenheim Nueva York; Karole Vail, de la Fundación Peggy Guggenheim de Venecia; usted, del museo de Bilbao, y Mariët Westermann es la directora ejecutiva y consejera delegada de la Fundación Guggenheim. Hay una fuerte apuesta por las mujeres. ¿Es algo buscado? —No creo que haya sido algo buscado, pero es un reflejo de cómo se va consolidando la presencia, y no solo la presencia, sino el reconocimiento de las mujeres en el ámbito cultural. Siempre han sido protagonistas, pero no en sus puestos directivos. Nos consta que los porcentajes en las plantillas de todos los museos del mundo son eminentemente femeninos, pero hasta ahora no se ha trasladado a puestos de dirección, y es lo que está ocurriendo por fin. Es un movimiento general. El hecho de que todas seamos mujeres en este momento en la Fundación Guggenheim es un reflejo de estos avances. — También las artistas protagonizan las programaciones de los últimos años en el museo. —Fíjese dónde estamos todavía. El drama es que incluso mujeres como Ruth Asawa o Helen Frankenthaler, que gozaron de reconocimiento en vida, todavía parece que son descubrimientos. Todavía tenemos mucha labor de redescubrir el trabajo de mujeres, ponerlas en valor... Es lo que estamos haciendo. — Usted ganó un concurso internacional para dirigir el Guggenheim Bilbao. Su nombre aparecía en todas las quinielas. En las bases se valoraba el conocimiento de la realidad vasca y del euskera. ¿No cree que con ello el 99,9% de las candidaturas quedaba sin opciones? —Si se queda en una valoración positiva, pero no en un requisito, no es una limitación. Pero no quiero entrar a valorar los criterios que establecieron ni la decisión que tomaron. No fui yo quien estableció los criterios. Lo que sí creo es que este museo es eminentemente internacional, pero también fuertemente arraigado en el País Vasco y representa muchas cosas en nuestro entorno más directo con el papel que ha tenido en la transformación, no solo de la ciudad, sino también del país. Hay también una participación institucional, una realidad local que hay que entender. Todos los museos internacionales nos movemos en esa tensión entre lo global y lo local. Es interesante contar con una persona que entienda las claves. Pero, repito, no soy yo la que estableció los criterios. — Sin desmerecer, por supuesto, su currículum, podría parecer un traje hecho a medida. —Fueran los que fueran los criterios, el hecho de que yo esté aquí iba a generar ese tipo de interpretaciones, porque eso es así. Quiero decir que con eso vivo. No es ninguna novedad en mi vida y estoy acostumbrada a ese tipo de juicios. Si hubiera tenido en cuenta estas cuestiones, creo que no hubiera hecho absolutamente nada en mi vida. Oí cosas, incluso cuando me nombraron en París, que jamás hubiera pensado escuchar. Lo único que puedo hacer es trabajar y dedicarme a lo que me apasiona, con lo que estoy comprometida, que es con la cultura, con el arte, con el servicio público. Es lo que llevo haciendo muchos años de mi vida. Es toda una trayectoria. Y luego lo que cada uno quiera interpretar, está absolutamente fuera de mi control. No puedo dejar que eso guíe mis decisiones. — Hablemos del 'Guernica'. El Gobierno vasco ha vuelto a pedirlo para el 90 aniversario del bombardeo de la ciudad. Y lo reclama para exhibirlo temporalmente en este museo. Hubo un informe en 1998, que seguramente conoce, elaborado tras un simposio internacional en el que participaron 33 especialistas de todo el mundo. La conclusión fue que no debe viajar nunca más. Se estableció como definitivo. ¿No cree que es una reclamación más política que artística? Incluso se ha acusado al Reina Sofía de estar politizado. —Está claro que la reclamación está motivada por una cuestión simbólica, que tiene que ver con la reparación histórica. Esa es su fundamental motivación, porque obviamente nadie solicitaría esta obra exclusivamente para organizar una exposición. La carga simbólica es la motivación fundamental, que además es una reivindicación histórica. No responde a un capricho puntual de un responsable político o de un museo, sino a una reivindicación histórica que existe en la sociedad vasca desde los años de la transición. Es el planteamiento de un diálogo y de una conversación para plantear posibilidades. Se han producido muchos avances en los últimos años en ingeniería mecánica avanzada, en el transporte de obras de arte... — Volver a enrollarlo sería muy peligroso por su fragilidad… —No. Obviamente, no puede viajar enrollado, eso es una cuestión que está fuera de toda duda. Me gustaría, sinceramente, que esta solicitud se interpretara como una oportunidad histórica y no como un problema o una causa de conflicto institucional. Lo que se pide es una apertura a un diálogo y a una conversación. Nadie implicado en esta cuestión jamás va a querer que la obra sufra, ni asumir ningún riesgo que la ponga en peligro. Partimos de esa realidad. Todos somos profesionales. — Disculpe, pero sorprende que siendo usted directora de un museo, y conociendo perfectamente los problemas del 'Guernica', no crea que el informe del 98 invalide la petición. —Ese estudio ya tiene unos años y ha habido muchos avances. Se está llevando a cabo el transporte de obras extremadamente delicadas en el mundo por cuestiones que trascienden las puramente artísticas. Creo que hoy se podría entablar una conversación. — Entiendo que no da la batalla por perdida. ¿Es optimista? —Lo que quiero, o sea, lo que desearía es que se abra una conversación para valorar las distintas posibilidades y volver a hacer este análisis. — ¿No le vale ese informe? —No es que no me valga, es que creo que podemos abrir otra conversación. Podemos volver a valorar el estado de la obra. — Se supone que la salud de la obra no ha mejorado en estos años. El ministro de Cultura volvió a pedir otro informe y la conclusión fue la misma. —Ver si existieran modos para transportar la obra que garanticen que no corra ningún riesgo. Eso es lo que creo que se está pidiendo. Nada más. — El PNV apoya al Gobierno de Sánchez. ¿No cree que se podría utilizar como moneda de cambio, como rehén? El 'Guernica' a cambio de votos. —No lo interpreto así. Sinceramente, creo que esto responde a una reivindicación histórica que es una cuestión de memoria, de reparación… Una cuestión que está en unas claves que desde luego yo las entiendo fuera de la dinámica política del contexto específico del momento. Prueba de ello es que esto ha sido recurrente. Las solicitudes empezaron en los años 70 y han continuado hasta hoy, con un amplio apoyo de diferentes ámbitos sociales, políticos, económicos y sobre todo culturales en el País Vasco. Es una más en un histórico de solicitudes que se han producido desde las instituciones públicas vascas desde los años 70. Un histórico en el que también han participado en varios momentos en estos años activamente, por ejemplo, el mundo cultural y artístico vasco, que ha militado por esta exhibición del 'Guernica' en el País Vasco. Creo que situarlo en un contexto político determinado es reducirlo. Estoy convencida de que no responde a un interés en este momento concreto, sino que es un intento más en un histórico de reivindicaciones. — Su padre [Xabier Arzalluz, histórico dirigente del PNV] fue muy duro con Madrid. Dijo que se llevaba el arte y el País Vasco las bombas. Su discurso es completamente distinto. Pero sorprende este empeño, este empecinamiento. —Hay museos de todo el mundo que están participando en procesos de este tipo. Si el Guggenheim o cualquier otro museo del País Vasco puede contribuir a una iniciativa que está íntimamente relacionada con la memoria y con la reparación histórica, lo vamos a hacer. Eso también forma parte de nuestra misión y de nuestra responsabilidad. Me parece absolutamente alineado con el papel que un museo puede y debe jugar en una sociedad, y más en la sociedad con la que está conectada y a la que sirve. Todos somos profesionales, todos manejamos informes de restauración, de conservación, todos hemos vivido situaciones complicadas de préstamos difíciles. Pero el 'Guernica' no tiene nada que ver con nuestros intereses de programación. — Dejamos a un lado el 'Guernica'. Decía Miguel Falomir que el Prado «no necesita ni un solo visitante más». ¿El Guggenheim tampoco? —Creo que estamos en una situación muy satisfactoria. Lo más importante no es el número, no es sumar, sino la calidad. Es decir, en qué forma atraemos a un público lo más diverso posible, que pueda venir al museo atraído por diferentes razones, por diferentes motivos. La calidad asegura una experiencia satisfactoria en eso en que creemos, en que el arte tenga esa capacidad o ese potencial transformador en la vida de los visitantes que vienen al museo. Ahí está el reto, más en la calidad de la experiencia que en obsesionarnos en el número o en la cifra. — En 2025 hubo 1.305.000 visitantes. El récord, 1.324.000, se obtuvo en 2023. El Louvre está a punto de morir de éxito. ¿El Guggenheim Bilbao puede permitirse seguir aumentando sus visitas? —Creo que sí. Hay muy pocos museos en el mundo que tengan ese problema de congestión, este no es uno de ellos. Lo que pasa es que son los que atraen nuestra atención. Tenemos un número de visitantes muy considerable. El reto está en asegurar que, aunque se aumente el número de visitantes, la calidad esté garantizada. Y algo que ya se está produciendo, la desestacionalización. Es decir, distribuir a los visitantes a lo largo del año y que no se concentren en periodos específicos. Esto ya se está produciendo. Es verdad que hay momentos en el año en que se producen mayores concentraciones, pero la desestacionalización es una tendencia que va a quedarse. Tenemos que trabajar en proponer una programación que sea atractiva a lo largo de todo el año y, por supuesto, responder tanto al público local como al público internacional. — El 69% de los visitantes del Guggenheim Bilbao son extranjeros. ¿Lo ve como un desapego nacional? —No. Estamos en una ciudad con unos 350.000 habitantes. Hay casi 130.000 visitantes locales, me parece un dato muy positivo. Tenemos más de 24.000 amigos del museo, de los que más del 90% son de Bilbao y alrededores. Es una muestra muy importante del apoyo social y de la conexión que tenemos con nuestro entorno: 140 empresas forman parte del programa corporativo. Todo eso nos habla de un apego social y una conexión con nuestro entorno que tiene mucho peso. — Vuelvo a citar al director del Prado. Decía hace unos días: «Jugamos en la Champions de los museos con presupuestos de segunda regional». ¿Es también el caso del Guggenheim Bilbao? —No nos podemos quejar. Es verdad que tenemos un modelo económico mixto, en el que la aportación privada es muy importante y, por supuesto, contando con la lealtad absoluta de las instituciones vascas. Pero la aportación privada es muy importante para nuestro modelo económico. Tenemos que seguir en esa línea. Tenemos un presupuesto muy digno. Siempre se puede pedir más, siempre se puede hacer más, pero con lo que tenemos, tenemos la responsabilidad de hacer una programación de calidad. — En las salas de este museo hemos visto insectos, coches, motos, pólvora, diseños de Armani… El modelo Guggenheim recibe muchas críticas: dicen que está muy vinculado al mercado, a la globalización, al arte espectáculo… Contrasta con la ideologización que prima hoy en los museos: descolonización, ecología, feminismo… —Se han construido unos clichés en torno al museo. No sé en qué medida están justificados. Usted sigue la programación del museo. Plantea un discurso crítico cada vez que hace una exposición. Y esto del espectáculo... Cuando se introducen otras disciplinas en un museo dedicado al arte, con qué facilidad se desprecian algunas temáticas por considerarlas comerciales. Y, habiéndome especializado en moda, obviamente es un tema con el que estoy en absoluto desacuerdo. — ¿Hay alguna consigna de la Fundación Guggenheim al respecto? —No tenemos consignas de la Fundación, creo que conviene aclararlo. Demasiado frecuentemente escuchamos una serie de aseveraciones que poco tienen que ver con la realidad. Nosotros somos absolutamente autónomos en nuestra programación, en nuestra visión curatorial, en nuestras adquisiciones. Estamos construyendo una colección que, además, es de titularidad pública, de propiedad pública, lo mismo que el edificio. Tenemos una absoluta autonomía en cómo decidimos y qué decidimos mostrar en este museo. Hay algunas cuestiones en las que colaboramos y para mí son absolutamente positivas, como es una exposición bianual que tenemos acordada con la Fundación Guggenheim en Nueva York a partir de sus colecciones. Por ejemplo, la muestra de Dan Flavin que habrá a final de este año. Es una relación absolutamente sana y muy interesante, que plantea más oportunidades que limitaciones. — Pero, ¿tendría cabida la descolonización en los museos Guggenheim? —Son cuestiones inevitables, igual que hablamos de diversidad, de inclusión, de sostenibilidad medioambiental, hablamos de descolonización. No hay en ningún caso una posición neutra en ese sentido, sino que quizás ha habido unas exposiciones en las que se han abordado de otras formas. Es verdad que cuando se apuesta, por ejemplo, por muchas retrospectivas, suele haber una carga menor de ese tipo de discurso crítico. Todas estas cuestiones son las que estamos revisando. Nuestra responsabilidad es presentar una mirada muy amplia en la que, por supuesto, tiene que haber un discurso crítico y en la que se pueden tratar todos los temas. No nos ponemos ninguna limitación, ni nos limitamos a una orientación en particular. — La inauguración del Guggenheim Abu Dabi lleva retraso. Con la situación en Oriente Medio, ¿se va a retrasar aún más su apertura? ¿Abrirá este año? —Desde luego, no me corresponde a mí anunciar cuándo se va a abrir. Obviamente, no puede abstraerse de la situación de tensión que se vive en la región, e inevitablemente eso va a impactar, como impacta en la cotidianidad de todo el mundo en estos países. Pero creo que próximamente veremos la apertura del museo. — Hay ciudades donde no ha cuajado un Museo Guggenheim: Helsinki, Río de Janeiro, Las Vegas, Guadalajara (México), Berlín (después de 15 años, se cerró en 2012)... ¿A qué lo atribuye? —Son tantos los factores que tienen que coordinarse y funcionar. En el caso de Bilbao son las instituciones públicas vascas las que lideraron este proyecto y llegaron a un acuerdo con una fundación privada como es la Fundación Guggenheim. Y, claro, en ese acuerdo tienen que funcionar muchas cosas. Tiene que construirse una relación de confianza, tiene que partir de una situación de estabilidad... Cuando hablamos, por ejemplo, del 'efecto Guggenheim', vemos hasta qué punto se ha frivolizado, se ha simplificado, cuando en realidad lo que había eran no solo unas instituciones, unas posibilidades económicas, una visión... Lo que había ya de partida era un plan estratégico general sobre la ciudad, una estabilidad política, económica, una autonomía también por parte de las instituciones públicas vascas para llevar a cabo determinadas iniciativas. Quiero decir que se tienen que producir muchos factores para que una operación así funcione. Y, efectivamente, lo que prueba el caso de Bilbao es que no es nada fácil llegar a esa fórmula perfecta para que un proyecto así cuaje. — Tampoco ha cuajado la ampliación en Urdaibai. Se hablaba de limitaciones territoriales, urbanísticas, medioambientales, la contestación social... ¿Cree que era un buen proyecto? ¿Y necesario? —Creo que era un proyecto muy interesante, que proponía una extensión discontinua, con una propuesta específica complementaria a lo que propone el museo en Bilbao, con una experiencia en plena naturaleza. Son cuestiones que, cuando se plantearon por primera vez, en 2009-2010, fueron absolutamente innovadoras. Luego, a lo largo de los años, hemos visto cantidad de iniciativas parecidas que además se desarrollan con gran éxito. Desgraciadamente, es un proyecto que se ha complicado por toda esa combinación de factores. Pero fue una decisión que hubo que tomar. Estoy convencida de que es una decisión acertada, teniendo en cuenta el contexto. — Por su parte, ¿no se volverá a plantear? —Estamos reflexionando ahora precisamente sobre esa idea de crecimiento, porque el museo aspira y ambiciona a seguir creciendo como proyecto. Lo que tenemos que valorar es si eso pasa necesariamente hoy, en el contexto de 2026, por una ampliación física, por la construcción de otra sede y por reproducir exactamente las claves del proyecto o no. Creo que hay muchas cuestiones que se habían planteado en el proyecto Urdaibai que son absolutamente pertinentes para imaginar iniciativas. — ¿Necesita el Guggenheim una ampliación física para exponer más obras? —No tiene sentido obstinarse en ganar metros cuadrados. Aquí lo importante es el proyecto, lo que ofreces, lo que aportas que sea novedoso y que ofrezca una experiencia diferente al público. Esa es la clave del proyecto. No es obstinarse en si se va a construir otro museo, si se va a hacer otra sede, cuántos metros cuadrados va a tener... No se trata de eso. — Y hablando de ampliaciones, tienen un vecino que está concluyendo la suya, el Museo de Bellas Artes. Se dice que cuanta más competencia haya, más sube el nivel. ¿Cómo se lleva ese tándem Zugaza-Foster vs. Arzalluz-Gehry? —Estoy convencida de que salimos ganando todos, de que crecemos todos, que esto solo suma, que solo multiplica y que vamos a crecer en todos los sentidos, no solo en atraer más visitantes, sino también en entablar una relación que puede ser muy interesante explorar entre los dos. Se multiplican también las posibilidades de colaboración, de coproducción… Miguel y yo hablamos mucho. — ¿No habrá una guerra en las programaciones? La muestra de Baselitz, por ejemplo, que vimos en el Bellas Artes, podría haber estado perfectamente en el Guggenheim. —Yo creo que son complementarias y van a seguir siéndolo. El Museo de Bellas Artes tiene una colección excepcional que puede abordar múltiples temas que nosotros no solemos abordar en este museo. Lo interesante es que podamos colaborar y plantear proyectos conjuntos, complementarios, ahí está la verdadera oportunidad. — Se encontró cerradas las programaciones de 2026 y 2027. ¿Habrá líneas rojas? —No, en absoluto. Partimos de construir una programación de gran calidad, de gran rigor, pero que conecte también con la sensibilidad, con las inquietudes de nuestro público, y que a la vez nos permita hacer una aportación en el panorama internacional. — En esta época de museos descolonizadores, ¿tiene sentido hacer exposiciones de motos, coches, moda...? ¿Es incompatible? —Por mi perfil, por mi trayectoria, soy alguien especialmente sensible a la interdisciplinariedad. Tenemos que movernos, y creo que es hacia donde nos estamos moviendo todos, derribando esas fronteras entre disciplinas. Los mismos artistas las están derribando. No creo que haya que ponerse etiquetas, no le conviene a nadie. Creo que todo cabe. Lo más importante es que el museo entienda el mundo en el que vive, y responder a las inquietudes, a las necesidades. Si este museo aspira a convertirse no solo en un lugar de exposición, sino también en un lugar de diálogo, de conversación, de cuestionamiento, de reflexión; tiene que acertar en los temas que quiere presentar, cómo los quiere presentar y cómo quiere conectar con sus audiencias. Esa es también nuestra responsabilidad. — Una pregunta poco original. ¿Veremos a Balenciaga en el Guggenheim? —¿Por qué no? No está ahora mismo en la programación, pero ¿por qué no? Hay algunos sectores en nuestro oficio, en nuestra profesión, que consideran que introducir la moda en un museo de arte es una frivolidad. Pero estoy convencida de que la moda se puede tratar desde múltiples prismas y hay una forma de abordar la moda en un museo como este que necesariamente será diferente a como se aborda en un museo dedicado exclusivamente a la moda. — ¿Quién diría que Balenciaga es menos artista que cualquier otro? —No puedo estar más de acuerdo. — ¿Convivirán exposiciones más 'comerciales' de nombres como Jeff Koons, Murakami o Kusama, con otras centradas en África o Latinoamérica? —Ahora tenemos a Igshaan Adams, un maravilloso artista sudafricano con una exposición excepcional. Tenemos a Ruth Asawa, que es una gran artista, pero su nombre es menos conocido, sobre todo en Europa, y es una de las más importantes de su generación. Y a Jasper Jones, en una gran retrospectiva cuando todavía él está en vida, y siempre merece ser revisado. — Dos proyectos icónicos del museo son 'La materia del tiempo', de Richard Serra, y 'Puppy', de Jeff Koons. ¿Son compatibles en una filosofía de museo? —No veo ninguna incompatibilidad. Los dos se han erigido en obras icónicas de la colección del museo, que atraen a un público muy diverso por motivos muy diversos. Hay gente que está absolutamente fascinada con 'Puppy' por motivos que podemos o no compartir. En la relación con el arte no debemos ni juzgar ni querer controlar. — ¿Un museo internacional como el Guggenheim tiene que apostar por el arte vasco? —Un museo tiene que estar conectado con la escena artística local, tiene esa responsabilidad y además es una oportunidad. Es una manera de apoyar la escena artística vasca y a los artistas vascos con esa capacidad de proyección y de visibilización internacional. — La exposición de Refik Anadol fue un gran éxito, con más de 890.000 visitantes. Es un artista que utiliza la inteligencia artificial en sus instalaciones. ¿Cree en la IA y en las redes sociales como TikTok para atraer a nuevos públicos? —Atraer a nuevas generaciones, a gente joven, es el reto de todos los museos. Es importante. Entender la manera en la que la gente consume la cultura, la manera en la que la gente se comunica, la manera en la que la gente expresa su propia creatividad... Todo eso forma parte del mundo en el que vivimos. Y ponernos de perfil o de espaldas a esa realidad es un error. La inteligencia artificial también es otra ventana de oportunidad para artistas que quieran explorar otras formas de crear y de expresarse. — ¿Cuál es el papel de los museos en el siglo XXI? Hay quienes critican que son mausoleos, que deben posicionarse ante temas como la guerra y no ser neutrales. En la Bienal de Venecia hubo un espectáculo bochornoso... —Creo que la responsabilidad de los museos es presentar una multiplicidad de miradas y de visiones del mundo. No le corresponde a un museo dirigir al público, sino ofrecerle, proponerle o posibilitar todas estas miradas y visiones diferentes del mundo. — ¿Usted vetaría a un artista o a un museo de Rusia o de Israel? —No creo en vetos, hay que analizar caso por caso. Depende del contexto y de la cuestión que se esté tratando. Creo que no debemos partir de esa premisa de dedicarnos a vetar a nadie, pero sí tenemos la responsabilidad de, en cada caso, analizar la gravedad o no de la situación que se plantea. — He leído que usted estaba en la cola del Louvre cuando se produjo el robo de las joyas. Aparte de los robos, están las protestas ecologistas atacando obras en museos. ¿El Guggenheim Bilbao es 100% seguro? —Todos hacemos todo lo que está en nuestras manos para prever cualquier situación que se pueda presentar. Eso no quiere decir que estemos al cien por cien protegidos y, desde luego, en el Guggenheim tenemos un plan excepcional de seguridad. Pero tenemos que asumir también esos riesgos. No quiero banalizar, pero el hecho de que el museo se haya convertido en un lugar en el que se quieran manifestar determinadas cuestiones o expresar determinadas cuestiones... El museo es un lugar que importa, un lugar central en la discusión, en el debate, en la reivindicación. Me quedo con que eso es positivo. Hay que respetar que alguien quiera manifestarse en un museo porque considera que es un lugar adecuado, siempre y cuando respete las obras y el derecho de quienes están visitando el museo.