Resuelven uno de los mayores enigmas de la extinción de los dinosaurios
El meteorito que impactó la Tierra hace 66 millones de años y desencadenó la extinción de los dinosaurios no aviares habría pertenecido a una rara clase de meteoritos conocida como condrita carbonácea CO, según un estudio internacional publicado en la revista Science Advances.
La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Columbia Británica (Canadá) junto con especialistas de Francia, Bélgica y Austria, analizó isótopos de níquel presentes en una delgada capa de arcilla que se formó en todo el planeta tras el impacto del Cretácico-Paleógeno.
Los resultados indican que el objeto espacial era distinto a la mayoría de los meteoritos hallados en la Tierra. De acuerdo con los investigadores, las condritas CO contienen menores cantidades de elementos volátiles, como carbono, agua, zinc y azufre, lo que modifica las hipótesis sobre los factores que agravaron la extinción masiva.
El profesor Philippe Claeys, participante del estudio, explicó que la baja concentración de azufre reduce la posibilidad de que este elemento haya sido el principal responsable de los cambios climáticos posteriores al impacto.
En su lugar, señaló que el polvo y los finos fragmentos expulsados a la atmósfera habrían desempeñado un papel decisivo al bloquear la luz solar y alterar las condiciones del planeta.
Las condritas carbonáceas representan apenas el 5 % de los meteoritos estudiados en la Tierra, mientras que las de clase CO constituyen una fracción aún más pequeña. Los científicos las consideran algunos de los materiales más antiguos y mejor conservados del sistema solar.
Aunque la composición del impactador comienza a esclarecerse, los investigadores aún desconocen su origen exacto. Entre las posibles procedencias figuran regiones del sistema solar exterior con abundantes escombros o la parte externa del cinturón de asteroides, cerca de la órbita de Júpiter.
El asteroide tenía un diámetro estimado de entre 10 y 15 kilómetros y chocó contra la Tierra a unos 64.000 kilómetros por hora.
El impacto formó el cráter de Chicxulub, actualmente enterrado bajo la península de Yucatán, en México, y desencadenó una de las mayores extinciones masivas de la historia del planeta.