Un balcón interminable sobre el Mediterráneo: una semana a bordo del Costa Smeralda
Cuando el sol se esconde tras los islotes del norte de Ibiza, el Costa Smeralda se adormece. En cubierta el letargo se apodera de los navegantes, ataviados ya con sus mejores galas para la cena. Suena música y brotan los cócteles y los aperitivos inspirados en el destino. Durante unos minutos, el barco se convierte en el mejor mirador posible del Mediterráneo.
Costa llama a estos momentos «Sea Destinations». Porque nadie recuerda un crucero por el número de cubiertas o por la potencia de sus motores. Lo que permanece son los atardeceres, las conversaciones amasadas por la brisa o esa sensación de despertarse cada mañana frente a un paisaje distinto. Sin prisas.
Durante siete noches, el Costa Smeralda recorre el Mediterráneo occidental con un itinerario que une Barcelona, Ibiza, Palermo, Roma –con escala en Civitavecchia–, Savona y Marsella. Una ruta clásica reinterpretada con una propuesta donde cada pasajero decide cómo quiere vivir el viaje
Italia aparece por todas partes. En los nombres de las cubiertas, dedicadas a ciudades del país; en el diseño firmado por Adam D. Tihany; en el mobiliario, la iluminación o los pequeños detalles que recuerdan al mejor diseño italiano contemporáneo.
Incluso hay un museo, The CoDe, dedicado exclusivamente al diseño Made in Italy, una rareza inesperada en un crucero y una buena excusa para hacer una pausa entre piscina y piscina.
Porque aquí siempre pasa algo. El Coliseo, un espectacular espacio central de tres alturas, cambia completamente de ambiente a medida que avanza el día. Por la mañana es un lugar de paso; por la tarde acoge actuaciones y espectáculos; por la noche se convierte en el corazón del barco. Muy cerca, la Piazza di Spagna, abierta al mar, invita a sentarse sin hacer absolutamente nada, mientras la Passeggiata Volare, suspendida a 65 metros sobre el agua, ofrece una de las mejores panorámicas de toda la travesía.
La vida a bordo también se organiza alrededor de la mesa. El Mediterráneo convive con Japón, América o la cocina más popular italiana en una oferta gastronómica que permite cambiar de registro cada día. Una comida en Sushino, una parada para probar las propuestas del Food LAB, una pizza recién salida del horno en Pummid'Oro o una cena en Teppanyaki, donde los cocineros convierten la plancha en un espectáculo, bastan para comprobar que aquí la gastronomía forma parte del entretenimiento y no únicamente del servicio.
La primera escala importante es Ibiza, aunque lejos de la imagen habitual asociada a la isla. La excursión conduce hasta las cuevas de Can Marçà, un laberinto de galerías naturales excavadas durante miles de años frente al Mediterráneo. Más tarde llega Benirràs, probablemente uno de los lugares donde mejor se entiende el espíritu más libre de Ibiza. Cuando cae la tarde y empiezan a sonar los tambores, el paisaje adquiere una atmósfera difícil de explicar. No hace falta participar; basta con sentarse sobre la arena y dejar que el tiempo transcurra al mismo ritmo que la puesta de sol. La fiesta sigue abordo en un atardecer que parece no tener fin.
Palermo propone un cambio radical de escenario. Sicilia huele a café recién hecho, a cítricos y a mercados donde la vida cotidiana sigue imponiéndose al turismo. Las fachadas gastadas, las iglesias barrocas y el bullicio de sus calles conforman la belleza absoluta hasta en sus imperfecciones. De hecho, ahí reside su encanto.
Roma siempre juega en otra liga. Llegar desde Civitavecchia obliga a elegir cómo aprovechar las horas disponibles y Costa ha convertido esa decisión en parte de la experiencia. Sus excursiones se adaptan al tipo de viajero: desde quienes quieren descubrir lo imprescindible en una jornada hasta quienes prefieren alejarse de los recorridos habituales o buscan actividades pensadas para compartir en familia. La ciudad eterna admite todas las formas posibles de recorrerla; el viaje también.
De vuelta al barco, el ritmo vuelve a cambiar. Algunos pasajeros buscan el ambiente de los espectáculos, los conciertos o el teatro. Otros prefieren desaparecer durante un par de horas en el Solemio Spa, uno de esos lugares capaces de sorprender incluso a viajeros acostumbrados a los grandes hoteles. Entre piscinas de talasoterapia, hammam y tratamientos inspirados en la tradición mediterránea aparece una estancia poco habitual: una sala de nieve donde el contraste de temperatura completa el circuito de bienestar. Una extravagancia en alta mar.
Quienes todavía guardan energía pueden elegir entre las cuatro piscinas, el parque acuático, el gimnasio o las clases de yoga y pilates. Los niños cuentan con espacios propios y actividades durante todo el día, mientras los adultos encuentran rincones tranquilos donde simplemente leer, conversar o contemplar el horizonte. Esa es quizá una de las mayores virtudes del Costa Smeralda: no obliga a seguir un ritmo concreto. Cada pasajero construye el suyo.
Costa lleva más de siete décadas navegando y parece haber entendido que el lujo ya no consiste solo en ofrecer más servicios, sino en la libertad para elegir cómo se quiere viajar. Esa filosofía se refleja tanto en sus experiencias en tierra como en esos pequeños instantes que solo pueden ocurrir en alta mar: un firmamento lleno de estrellas regado por decenas de cócteles, desde los clásicos a los más sofisticados.
Para quienes quieran un primer acercamiento al mundo de los cruceros, la ruta es perfecta, aunque en invierno el Smeralda se desplazará a Canarias y África. Solo un consejo: contrate un paquete completo para disfrutar sin restricciones. Merece la pena.