El audaz sepulturero de los trenes (y del sanchismo)
Óscar Puente tiene prisa. Mucha. No sabemos si por llegar a tiempo a algún sitio -la experiencia de los viajeros de Cercanías invita a no hacerse demasiadas ilusiones-, pero sí por llegar a La Moncloa. El que hasta ahora era considerado el más fiel escudero de Pedro Sánchez ha roto definitivamente su lealtad institucional al anunciar su firme intención de desmantelar el "sanchismo", llegando incluso a fijar una fecha concreta para activar el proceso de sucesión del presidente del Gobierno.
Sánchez ganará las próximas elecciones, dice Puente, pero esa será su última legislatura por «cuestiones personales». Es una curiosa manera de anunciar públicamente la jubilación de Sánchez. Ha abierto la puerta y, de paso, se ha colocado detrás de ella. Por si acaso.
Pero en política no basta con querer llegar; hay que acreditar que se está preparado para gobernar. Y su paso por el Ministerio está lejos de ofrecer esa credencial. Más que una carta de presentación se ha convertido en el inventario de un deterioro que afecta a lo más básico: la capacidad de garantizar que los ciudadanos puedan desplazarse con normalidad. Cercanías funciona a golpe de averías, retrasos y cancelaciones, mientras las incidencias ferroviarias se han instalado en la vida cotidiana hasta dejar de ser noticia. Y cuando a este paisaje se suma el accidente ferroviario de Adamuz, ya no hablamos solo de incomodidades o de mala gestión, sino de la gravedad que entraña dirigir un servicio esencial cuya seguridad y fiabilidad deberían estar fuera de toda discusión.
Lo único que sí ha demostrado en tener una cuenta demasiado activa en X donde los retrasos no existen y uno puede tener la última palabra siempre. Se mueve con tanta facilidad que hasta podría decirse que es su segundo Ministerio. Su repertorio de insultos ha terminado siendo casi tan reconocible como su cargo. Ha tenido tiempo para meterse con adolescentes extranjeros o para ajustar cuentas con matemáticos, periodistas, políticos y cualquiera que se cruce en su camino. La bronca se ha convertido en sustituto de la gestión y la provocación en una estrategia de comunicación.
Ahora bien, si la gestión de Sánchez es tan buena como sostiene Puente, resulta extraño que esté preparando ya su relevo. Y si no lo es, resulta todavía más extraño que haya pasado tantos años defendiéndola.
Puente quiere ser la solución al sanchismo después de haber sido uno de sus ministros más visibles. Quiere representar el futuro mientras empieza a certificar la defunción de su propio jefe. Y todo ello con una hoja de servicios en Transportes que difícilmente parece diseñada para vender eficacia, tranquilidad y buena gestión.
Puente ha empezado a celebrar la sucesión antes de que Sánchez haya perdido el partido. La verborrea le puede y su lengua corre más que sus trenes.