Canadá planta cara a Trump tras décadas de estrecha relación con Estados Unidos
Durante generaciones, Canadá y Estados Unidos construyeron una relación difícil de comparar con cualquier otra. Comparten casi 9.000 kilómetros de frontera, cadenas industriales, energía, defensa y una circulación cotidiana de personas que convirtió la línea entre ambos países en algo más administrativo que político. Washington y Ottawa podían discrepar, pero prevalecía la certeza de que eran aliados. Esa certeza se ha resquebrajado bajo Donald Trump.
La crisis comercial que estalló definitivamente el pasado fin de semana es la manifestación económica de un deterioro más profundo. Lo que comenzó con aranceles y reclamaciones comerciales ha terminado convertido en Canadá en una discusión sobre soberanía, dignidad nacional y hasta sobre qué significa tener a Estados Unidos como vecino.
Trump lleva tiempo alimentando esa ruptura. Ha insistido en presentar a Canadá como un país que se aprovecha económicamente de Estados Unidos y ha repetido sus provocaciones sobre convertirlo en el «estado 51». Esta semana fue más lejos. El lunes pidió a los dirigentes canadienses que «se alineen» o se enfrentarán a consecuencias «mucho peores» y este martes planteó incluso rebautizar el lago Ontario como «Lake America».
En otras circunstancias, esas frases podrían haber quedado como parte del repertorio retórico del presidente. Pero coinciden con una ofensiva económica que ha llevado la relación bilateral a uno de sus puntos más bajos en décadas.
El sábado entraron en vigor aranceles estadounidenses del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares en productos canadienses, después de que fracasaran tres días de negociaciones en Washington. Las medidas afectan a poco más del 5% de las exportaciones canadienses hacia Estados Unidos. El alcance económico es limitado respecto al conjunto del comercio bilateral, pero su significado político es mucho mayor.
Al otro lado de la frontera, Mark Carney también ha cambiado.
El antiguo gobernador de los bancos centrales de Canadá e Inglaterra había intentado durante meses combinar firmeza y pragmatismo. Su Gobierno negoció intensamente con Washington y ofreció retirar aranceles de represalia en sectores estratégicos si Estados Unidos reducía los suyos. Ottawa estaba incluso dispuesta a facilitar el regreso de bebidas estadounidenses a las tiendas provinciales.
El viernes, Carney decidió que había llegado demasiado lejos.
Ordenó regresar a los negociadores canadienses y suspendió las conversaciones. Según su versión, Washington modificó sus condiciones en el último momento de una manera «injusta» y «antieconómica» que además ponía en duda la fiabilidad de cualquier acuerdo. Estados Unidos ofrece una explicación diferente: el representante comercial Jamieson Greer sostiene que fue Canadá quien se negó a cerrar un pacto cuyos términos habían sido acordados previamente.
La discrepancia importa porque muestra hasta qué punto se ha erosionado la confianza.
También existen versiones enfrentadas sobre algunas de las exigencias estadounidenses. Carney asegura que Washington intentó introducir hasta el último momento cuestiones que afectaban a la capacidad canadiense de proteger la lengua francesa y su cultura. Su Gobierno, dijo, nunca estuvo dispuesto a negociar esos asuntos. La Administración Trump rechaza la interpretación canadiense de sus demandas.
Pero la conclusión política de Carney fue inequívoca: «Pidieron demasiado y ofrecieron demasiado poco».
El sábado, el primer ministro pronunció probablemente uno de los discursos más duros de un dirigente canadiense sobre Estados Unidos en tiempos recientes. Recordó que durante buena parte de su historia Canadá había podido contar con una relación estable, reglas conocidas y un acceso cada vez mayor al mercado estadounidense. «América ha cambiado», afirmó. Y sostuvo que Washington está utilizando ahora la integración económica «como un arma».
Es un cambio notable para un país cuya política exterior ha estado condicionada durante décadas por una realidad geográfica imposible de modificar. Estados Unidos no es simplemente el principal socio comercial de Canadá. Las dos economías están construidas una alrededor de la otra. Canadá suministra, según los datos citados por Carney, el 99% del gas natural importado por Estados Unidos, el 85% de sus importaciones de electricidad y el 60% de las de petróleo crudo. Canadá, a su vez, depende extraordinariamente del mercado estadounidense.
De ahí que durante años la prudencia frente a Washington fuera casi una doctrina canadiense.
Sin embargo, este martes esa prudencia cedió terreno cuando Ottawa anunció aranceles de represalia sobre unos 20.000 millones de dólares de importaciones estadounidenses, que comenzarán a aplicarse el 8 de septiembre, además de un paquete de 7.500 millones de dólares canadienses para proteger empresas y trabajadores afectados. El Gobierno reconoció incluso que parte de la respuesta ha sido diseñada para ejercer presión política sobre determinados estados estadounidenses antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
Carney sabe que Canadá no puede competir en tamaño con la economía estadounidense. Su apuesta consiste en demostrar que tampoco puede ser tratado como una prolongación de ella.
La paradoja es que los vínculos sociales entre los dos países permanecen. El propio Carney reconoció que los lazos entre canadienses y estadounidenses siguen siendo fuertes y que una relación mutuamente beneficiosa continúa siendo posible. Su ruptura es con la forma en que Washington está ejerciendo actualmente su poder.
Durante décadas, Canadá asumió que vivir junto a Estados Unidos significaba adaptarse a una potencia mucho mayor. Trump está poniendo a prueba los límites de esa convivencia. Y Carney, el tecnócrata que llegó al poder prometiendo estabilidad, parece haber llegado a una conclusión distinta: hay momentos en los que el coste de enfrentarse al vecino puede ser menor que el de aceptar sus condiciones.