El mar como territorio de derechos: MarViva lanza guías para una gobernanza participativa y un patrimonio cultural vivo en el Golfo de Nicoya
El Golfo de Nicoya es mucho más que un lugar en el mapa. Es un tejido vivo donde el mar, los manglares y las comunidades han convivido por siglos. Allí, las mareas guardan historias de pescadores, rituales lunares, recolección de moluscos y fiestas religiosas. Sin embargo, esa relación tan íntima entre la gente y su entorno hoy está amenazada por la pesca ilegal, la descoordinación entre instituciones y el cambio climático.
Para hacer frente a esta situación, la Fundación MarViva lanzó dos herramientas pensadas desde y para las comunidades del Golfo.
El primero es la herramienta denominada “Gobernanza marina en el Golfo de Nicoya: metodología de evaluación aplicada a un diagnóstico participativo”, escrito por Pablo Zamora y Laura Vargas, que evalúa qué tanto participan las comunidades en las decisiones sobre el mar y si tienen acceso real a la información, la justicia, la educación, la cultura y los servicios básicos.
La segunda es un manual gráfico, escrito por Ifigenia Quintanilla, que recoge, con textos sencillos e ilustraciones, el patrimonio geológico, arqueológico y cultural de la región desde lo precolombino hasta la actualidad.
El diagnóstico de gobernanza, construido con ocho comunidades piloto, reveló un panorama de contrastes. Por un lado, hay una fuerte organización comunitaria y un profundo amor por el mar. Las personas conocen los ciclos de la luna, las mareas y las épocas de pesca porque ese saber se ha transmitido de generación en generación.
Sin embargo, las debilidades son alarmantes: muchas personas no saben cómo denunciar la pesca ilegal o la contaminación, sienten que las leyes se imponen sin tomar en cuenta su realidad y que la vigilancia es más dura con el pescador artesanal que con actores externos.
Uno de los hallazgos más preocupantes que documenta el informe es el crecimiento de los “despojos azules”. Este concepto se refiere a un proceso en el que las comunidades pierden, poco a poco, el acceso, el control y hasta el vínculo cultural con sus espacios marinos.
Esto ocurre cuando intereses económicos externos, como grandes proyectos turísticos o acuícolas, o modelos de gestión centralizados, donde las decisiones se toman desde oficinas lejanas sin consultar a la población local, desplazan a las comunidades de sus territorios.
En la práctica, un despojo azul puede verse cuando una playa de uso común se privatiza y los vecinos ya no pueden entrar, o, en otros países cuando una zona de pesca tradicional se entrega en concesión a una empresa camaronera y los pescadores locales pierden su fuente de trabajo y su lugar en el mundo. No se trata solo de perder un espacio físico, sino de una ruptura profunda con la historia, la identidad y el modo de vida que está amarrado a ese mar.
Por su parte, el manual gráfico recorre la historia viva del Golfo: los cambios geológicos que formaron la península, los sitios arqueológicos escondidos entre los manglares, que demuestran que estos ecosistemas han sido habitados por siglos, el impacto de la conquista española y, sobre todo, el patrimonio inmaterial que sigue palpitando en las costas e islas.
Ahí están las artes de pesca tradicionales, las recetas de la gastronomía local, las leyendas de aparecidos en los manglares y las fiestas religiosas que unen a la comunidad.
Ambos documentos forman una lectura del panorama de gobernanza marina en la zona para pasar de un modelo donde las comunidades miran el mar desde afuera, sin poder decidir, a uno donde sean protagonistas. La propuesta es clara: reconocer el saber local como un conocimiento valioso, transparentar los datos ambientales y pesqueros, y crear canales accesibles y eficaces de justicia ambiental.
Con estas dos publicaciones, MarViva pone sobre la mesa una radiografía rigurosa del estado de gobernanza en nuestras comunidades costeras, y lejos de ser un reclamo al Estado costarricense, se extiende una invitación a pasar de la opacidad a la transparencia, de la exclusión a la participación, del despojo a la justicia.
El mar, como el territorio que lo abraza, tiene quien lo proteja y lo gestione: las comunidades que lo han habitado, trabajado y soñado por generaciones.