Viendo este viernes el Palacio Vistalegre a esa enorme banda de cien músicos aparecer sobre el escenario, con sus trajes negros, sus violonchelos, sus marimbas y su arpa, uno puede llegar a entender lo que Billy Corgan declaró hace dos meses en la entrevista que concedió en exclusiva a ABC Cultural: «Todo esto ha sido un auténtico milagro». El líder de Smashing Pumpkins no se refería solo al inesperado éxito de un disco tan largo y oscuro como ‘Mellon Collie And The Infinite Sadness’ (Virgin) en 1995, sino también a la extraña y original adaptación para orquesta sinfónica que ayer escuchamos en Madrid. Al final, sin embargo, no resultó todo lo milagroso que cabría esperar, a juzgar por la decepción mostrada por algunos seguidores al final del concierto. Apareció el director pasadas las 21.00 horas y fue recibido con una gran ovación y gritos de emoción. Tantos, que sorprendía. «¡Anda, pero si no es Billy Corgan! Se parece mucho», comenta un seguidor entre risas. «¡Pues dale una guitarra eléctrica!», grita otro siguiendo la broma. Pero no. El homenajeado involuntario, James Lowe, fue mucho más protagonista con la batuta que el propio líder de The Smashing Pumpkins , al que no se le vio mucho la cara. No hubo tampoco distorsión que valga. Arrancó la actuación con las notas de piano del tema que da nombre al icónico disco, acompañado de unos violines ‘in crescendo’ por aquí y unas violas por allá. Pronto quedó claro que en vez de escuchar a la banda que pujó por coronar el rock alternativo mundial con Pearl Jam y Nirvana, asistimos a una especie de representación del ‘Macbeth’ de Verdi o, quizá más acertado, a un concierto de Cinematic Orchestra. Supongo que esa era la intención de Corgan cuando le propuso esta aventura a la Lyric Opera de Chicago hace un año: que nos olvidásemos un poco de la banda original. Lo que no imaginó entonces es que acabaría llenando siete noches seguidas aquel respetado recinto y que llevaría después esta propuesta por medio mundo. La del viernes era la primera cita en la capital. Hoy será la segunda, las únicas fechas en España. El público de la pista estaba sentado, como mandan los cánones. El aforo de 3.500 seguidores se encontraba frente a uno de los escenarios más grandes jamás construidos en Vistalegre, anuncia la organización. Y detrás del impresionante coro de 50 miembros –más numeroso que los músicos con instrumento, uno de los aciertos de la propuesta– una pantalla gigante proyectando imágenes futuristas que recordaban un poco al Sandman de Neil Gaiman o a la serie de animación 'Arcane' . Lo que algún despistado no sabía, y escuché a varios seguidores rabiar por ello, es que Corgan no iba a aparecer hasta que la orquesta ya hubiera interpretado 'Tonight, Tonight', 'Galapogos' y ese caos de ruido y distorsión que es 'Jellybelly', pero que en esta ocasión resultó casi irreconocible con los trombones y las flautas traveseras. Aunque Corgan no haya contado para esta aventura con James Iha y el resto de compinches de Smashing Pumpkins, casi todos los presentes esperaban anoche que al menos hubiera acompañado a la orquesta en la mayoría de las canciones, pero no. El bueno de Billy solo apareció en cinco, que fueron, sin duda, las más aplaudidas, como era de esperar. La primera de Corgan, 'Thirty-Three', sonó muy bonita, con la voz cascada y sufrida del vocalista perfectamente mimetizada con la orquesta. 'Zero', sin embargo, mucho más minimalista que la original, y 'To Forgive' dejaron al público frío, que aplaudía sin pasión, casi por educación, a su ídolo que iba y salía del escenario andando serio y solemne, sin decir una palabra. Lucía este un abrigo negro largo diseñado por House of Gilles, la firma de alta costura regentada por su mujer, Chloé Mendel Corgan. Hubo un descanso de 15 minutos, como marcan también los cánones, antes de que la orquesta Mad4Strings y el Coro Filarmónica de Madrid atacasen 'In the Arms of Sleep' sin mucha suerte. En muchas ocasiones dio la sensación de que algo en esta adaptación libre y valiente no encajaba, como si no tuviera nada que ver con The Smashing Pumpkins ni tampoco fuera el ambiente perfecto para disfrutar de un buen concierto de música clásica. El sonido, en momentos puntuales, no acompañó. «Parece un musical de Disney, me quedo muerta», lamentó una seguidora. En realidad, todo resultó ser mucho más terrenal de lo esperado, con más sombras que luces. Entonces volvió a aparecer Corgan para cantar ‘1979’, el mejor momento de la noche, y todo el mundo pareció olvidarse de que no había guitarrazos ni baterías haciendo que te temblase el pecho con el bombo. No era la sala Canciller, ese antiguo templo del heavy metal y del grunge de Madrid, sino una versión modesta del Palacio Real. Con 'Bullet With Butterfly Wings’ la noche recuperó un poco el pulso, con un coro soberbio sobrevolándolo todo, desplegando la misma violencia gustosa de una ópera de Puccini. Y a eso de las 23.00, Corgan cerró la cita interpretando de nuevo ‘Tonight, Tonight’, esta vez acompañado de su voz y dejando el concierto mucho mejor de lo que empezó. El discreto protagonista cerró la función, finalmente, sin dirigirle la palabra al público. No un «hola», ni un «adiós», y mucho menos una explicación sobre este atrevido salto en su carrera. A la salida, eso sí, no faltaron las bromas: «¡Qué levante la mano a quién le haya gustado!», «bueno, he escuchado cosas peores» o «me ha fastidiado la banda sonora de mi vida», entre otras lindezas. .