Nadie hoy encarnaría mejor el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza que Rafael Moneo : sabio, liberal, atento. En lo suyo, la arquitectura, admirable; tanto como, dicen, ha sido un pedagogo ejemplar. Si Cervantes empleó la palabra «discreto» como juicioso, inteligente, agudo, prudente, sagaz, y, por supuesto, también discreto, discreto es la palabra que mejor se aviene para definir a ese hombre que a punto está de cumplir los noventa años. Y si no se añade aquí «elegante» , que también le define, es porque la elegancia está sujeta a las contingencias del tiempo y de las modas. Es la impresión que ha sacado uno de la lectura de la biografía monumental 'Rafael Moneo, construir las ideas' (Acantilado), de Carmen Díez Medina. Las ciudades las recorren a pie tres clases de personas. Las que suelen caminar mirando al suelo (los misántropos). Con la mirada al frente (distraídos, si no abrumados por la vida diaria). Y, en fin, los que marchan con la barbilla en alto escrutando las fachadas de las casas , sean importantes o no, bonitas o feas. Estos son una minoría. Llegamos a viejos y nos morimos sin haber reparado en la mayor parte de las casas de las ciudades en las que hemos vivido a veces durante décadas. Este libro lo leerán, sin duda, quienes saben mucho de arquitectura , pero también gentes como yo y acaso tú, si eres de los que suelen recorrer las calles mirando hacia los balcones, entrar en las estaciones de tren y museos ponderando la altura de los techos y preguntarse por qué no viviríamos en tal piso, pero sí en tal otro. Díez Medina, arquitecta, historiadora de la arquitectura y discípula suya, ha escrito «el libro» de Moneo. Lo que empezó siendo una tesis doctoral, hace treinta años, se ha convertido ahora en uno de los mapas más fiables de la modernidad arquitectónica en España. Ha contado con los fabulosos archivos del maestro y también con aquello que le ha ido contando él de viva voz (la parte personal de estas más de quinientas páginas, a veces íntima y aquí en letra pequeña, contribuye a agrandar su figura; preciosos sus recuerdos como becario de la Academia de España en Roma ). Asombra, se mire por donde se mire. Quien nonagenario sigue trabajando en todo el mundo, hizo con apenas cuarentaitrés años la que probablemente quede como una de las obras más hermosas de la arquitectura española del siglo XX: el Museo Romano de Mérida . Algo dificilísimo de entender: cómo trasvasar el mundo clásico a la modernidad sin destruirlo ni banalizarlo, o al revés, cómo ser moderno sin parecerlo apenas. No hay más que visitarlo un domingo, con mucho público local de los pueblos vecinos mezclado con estudiosos cosmopolitas venidos del orbe entero a verlo: a unos y otros parece iluminarles por igual la sonrisa de felicidad con que disfrutan de ese espacio prodigioso. En el libro se recogen las obras más importantes que han salido de su estudio (del Kursaal de San Sebastián a la Estación de Atocha de Madrid), pero es la suma de vida y trabajo la que impresiona. Qué fuerza de la naturaleza para compatibilizar la docencia (como jefe del departamento de arquitectura de la Universidad de Harvard durante quince años), concursar con cien proyectos (unas veces ganando, otras perdiendo), levantar edificios en los cinco continentes, pasarse la vida subido a un avión, ocuparse de la familia (su mujer Belén Feduchi es parte inseparable de todo ello), dinamizar a sus colaboradores (a partir de un momento también su hija Belén, arquitecta como él) e intervenir en los debates junto a los arquitectos más influyentes del mundo (su premio Pritzker le ha sentado al lado de los más grandes caballeros de esa Tabla Redonda de la arquitectura, de Rossi y Venturi a Siza o Utson). La 2GMundial y cuanto destruyó permitió dinamizar la arquitectura en Europa, Estados Unidos y Japón como nunca. La prosperidad que siguió hizo posible desescombrar las ruinas, y rehumanizarlas de una manera… discreta, sencilla y, sí, elegante. Así es la arquitectura de muchos de esos colosos, también la de Moneo. La gente que camina a diario por la ciudad o entra en una estación de tren o acude a un hospital probablemente no repara en que alguien ha pensado en él, en hacer de su tiempo algo apacible y racional, suprimiendo del espacio estorbos y tropiezos . No otro es el cometido de la gran arquitectura: mejorarnos la vida con el mayor respeto a lo mejor que fuimos y cambiar lo peor sin ofendernos. Como hacían, por cierto, los viejos institucionistas, modernos también sin parecerlo.