Cuando muere un elefante, su cadáver transforma la naturaleza de manera sorprendente, incluso después de varios años
La muerte de un elefante no significa el final de su impacto sobre el ecosistema. Un estudio realizado en el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica, encontró que las zonas donde mueren estos grandes mamíferos pueden permanecer alteradas durante al menos ocho años. El efecto comienza con la destrucción de la vegetación y continúa con cambios profundos en el suelo y en las especies que vuelven a ocupar el lugar.
Un equipo de la Universidad de California analizó 40 cadáveres de elefantes africanos de sabana (Loxodonta africana). Los investigadores recogieron muestras de suelo y plantas desde pocos días después de cada muerte y repitieron el procedimiento durante casi ocho años, comparando el área situada justo junto al cadáver con zonas cercanas y otras ubicadas a 15 metros.
El cadáver destruye la vegetación y cambia el suelo
En los primeros momentos, el enorme peso del animal aplasta prácticamente toda la vegetación. Después, la llegada de numerosos carroñeros remueve intensamente el terreno. “Las plantas en el lugar quedan, en esencia, ‘reiniciadas a cero’ después de la muerte del elefante”, explicó el ecologista Deron Burkepile.
“Los cadáveres de elefantes primero destruyen toda la biomasa y dejan enormes zonas desnudas”, añadió la investigadora y primera autora del estudio, Courtney Reed.
La descomposición provoca después una enorme liberación de nutrientes. Según el estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, la concentración de amonio en el suelo aumenta 31 veces, mientras que el nitrato se incrementa siete veces y el fósforo, en promedio, se triplica.
Pero este aparente aporte de nutrientes tiene un efecto inesperado. La elevada concentración de amonio puede resultar tóxica y reducir la diversidad de microorganismos y plantas. El impacto también se observa con cadáveres de otros mamíferos, aunque el tamaño de los elefantes hace que sus efectos sean mucho mayores y más duraderos.
El área afectada por un cadáver puede alcanzar unos 80 metros cuadrados. En comparación, los cadáveres de bueyes almizcleros afectan alrededor de 12 metros cuadrados y los de bisontes, todavía menos.
Años después, los herbívoros siguen regresando
Con el paso del tiempo, la zona es colonizada por plantas de crecimiento rápido y tolerantes al amonio. En el Parque Nacional Kruger, estas especies son especialmente atractivas para los animales que se alimentan de vegetación debido a su alto valor nutritivo. Como consecuencia, el pastoreo aumenta más de tres veces y numerosos herbívoros regresan durante años a estos lugares.
El estiércol que dejan mantiene durante mucho tiempo la riqueza de nutrientes del suelo y dificulta que vuelva una comunidad vegetal con mayor diversidad. Incluso ocho años después de la muerte del elefante, la diversidad de microorganismos y plantas todavía no había recuperado sus niveles anteriores.
Los investigadores describen así una paradoja: los enormes cadáveres de elefante son “puntos fríos” para la biodiversidad, pero al mismo tiempo se convierten en “puntos calientes” de actividad ecológica. Su influencia sobre el suelo, las plantas y los herbívoros es mucho mayor y más prolongada que la provocada por los cadáveres de animales pequeños.
El equipo advierte además que la reducción de las poblaciones de elefantes puede tener una consecuencia adicional. “Si los megacadáveres funcionan como puntos calientes de aportes de nutrientes al suelo y de actividad del ecosistema, su pérdida supone un doble perjuicio: con los elefantes no solo perdemos a los ‘ingenieros del ecosistema’ vivos, sino también los efectos ecológicos a largo plazo que producen sus cadáveres”, señala el equipo.