La memoria puede ser, en ocasiones, un basurero. Así, sin haberlo deseado, mi mente pantanosa enlaza el dispositivo que ha montado Cristina Garrido con el título de 'Piedra de toque' con una atroz canción de la tuna en la que los libros están «empeñados en el monte de piedad». Cobrar consciencia, en términos genealógicos, de que el Monte de Piedad es el fundamento de La Casa Encendida , no es la menor virtud de una exposición que demuestra lo efectivo que pueden ser la mirada de una artista entregada a la práctica curatorial. En realidad, la misma estética de esta creadora ya indagaba en el 'valor de exhibición' en una clave que va más allá de la parodia posmoderna. Garrido es capaz de concentrar su análisis de unas grandes colecciones para organizar varias 'instalaciones' que tienen clara legibilidad. En un ejercicio analítico que escapa del revisionismo historicista o de la fosilización archivística, pone literalmente los relojes en hora con esas seis soberbias piezas de época que, como cuenta, descubrió colocados en unas estanterías industriales en los sótanos donde se almacenan las piezas de la Colección de El Monte. Unos hermosos cuadros de flores de Arellano y el vídeo de Javier Peñafiel con el maltrato a la efímera belleza natural componen un horizonte de temporalidad anacrónica, cuestionadora de nuestro colapsado presentismo. En otro de los conjuntos se combinan cuadros como el 'elogio' de los copistas de museo de Amondarain, una firma de Miró que ocupa la totalidad de un lienzo o una 'miniatura' de Dalí junto a piedras de toque, manuales de gemología y otros elementos de tasación. El escurridizo tema del 'valor del arte' dinamiza el juego de las correspondencias con cuestiones como la autenticidad, la Historia, la falsificación o las proyecciones emocionales sobre los objetos. El patrimonio está sometido al proceder alegórico no tanto para provocar la melancolía sino con el fin de cuestionar los procedimientos de valoración, «Con el tiempo –declara Cristina Garrido– he entendido que la exposición no habla únicamente de obras de arte, sino también de personas, mecanismos y formas de cuidado que permiten que los objetos continúen circulando, sobreviviendo y produciendo sentido mucho tiempo después de haber sido creados». En la sala en la que ha dispuesto la estantería con los 'objetos diversos' se ejemplifica esa 'lógica de la circulación' a la que alude. El Monte conserva una cantidad de cosas que fueron empeñadas y nunca recuperadas, perfectamente embaladas, atadas con cuerdas con el aspecto de una versión intempestiva de los 'empaquetamientos' de Christo y Jeanne-Claude. Un fantástico y fantasmal cuadro de Chema Cobo es el 'decorado' de esos 'prestamos' abandonados; los muebles cubiertos por sábanas introducen la clave de unos espacios deshabitados, a la espera de un retorno que no se producirá. La pieza con la que Rafael Canogar evocó, en 1972, a su amigo Manolo Millares es un broche de oro extraordinario a esta valiosa, nunca mejor dicho, exposición: un brazo perfecto sostiene un paquete también con sus cuerdas que sintonizan con las de los objetos empeñados. Aprender a coser historias, disponer metáforas, exponer pasajes de historia olvidadas, supone dar valor a la práctica curatorial, enseñarnos, en definitiva, a mirar las cosas de otra forma, tocar el sentido con 'la piedra de toque'.