¿Dónde perdimos la confianza?
El efecto mariposa es lo que tiene. Una rata contagia indirectamente a un crucerista en la Patagonia y todo se concatena de tal manera que, al final, Fernando Simón vuelve a asomar las cejas. Esas cejas, esa vocecilla, ese escalofrío recorriendo tu espalda. Dice Paulo Coelho que el universo conspira a tu favor, pero se le olvidó añadir que, a veces, conspira para burlarse. Ocupados como estábamos tratando de acertar la nueva quiniela inclusiva o de anticipar las condenas del caso mascarillas, el destino ha querido devolvernos al campeón nacional de los pronósticos. Ha sido decir el oráculo de la pandemia que el hantavirus no supondrá ningún peligro y, rápidamente, pedir los profesores de Psicología a sus alumnos que se asomen a las ventanas: «¿Veis a esa gente corriendo calle abajo? Pues a eso, chavales, se le llama estrés postraumático».
España es un país diverso, vertebrado por nuestra costumbre de comer uvas en Nochevieja y nuestro pánico a quedarnos sin papel higiénico. Con esos mimbres, era muy difícil que el crucero Hondius no generase una cierta inquietud. Solo en esta España tardosanchista un personaje como Fernando Simón podría seguir, a día de hoy, en su puesto de director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Solo en esta España, a alguien del Gobierno se le podría ocurrir que Simón era el más adecuado para hacer un pronóstico tranquilizador sobre un virus con capacidad mortal. Equivocarse gravemente en los albores de la covid, achicharrarse mediáticamente en aquellos días inefables en los que casi muere atragantado en directo por una almendra. Nada de eso penaliza en esta España donde la rendición de cuentas en los cargos públicos brilla por su ausencia.
Y aun con todo, este todólogo que suscribe, reconvertido a la fuerza estos días en virólogo de ocasión como tantos otros colegas, tras consultar con sus expertos de cabecera, se atreve a hacer un pronóstico: esta vez, sin que sirva de precedente, es muy probable que Simón tenga razón. Hemos tenido mala suerte con eso de que la cepa del Hondius sea precisamente la que tiene capacidad de contagiar de humano a humano. Y su tasa de mortalidad, cercana al 40%, no es nada desdeñable. Sin embargo, este caso no se puede comparar con el coronavirus. La capacidad de contagio no es tan endiablada y no se trata de un virus desconocido que nos coja en paños menores. Se sabe lo que es, se tiene aislados a los afectados y potenciales contagiados y, además, hay una referencia temporal de las hipotéticas incubaciones. Si la OMS concluye que Cabo Verde está muy bien como destino exótico, pero que la situación del crucero debe abordarse en un país desarrollado, y se señala a España como país competente y confiable para hacerse cargo, España debe dar la cara y no acularse en tablas.
Los audaces ven una oportunidad en los problemas; los cobardes solo ven el problema. ¿No tiene España los medios y los profesionales sanitarios para, de forma ordenada, aislar y tratar a los afectados? ¿Está diciendo Canarias que su sistema sanitario no está a la altura para garantizar la seguridad de sus turistas si les hacen acoger un barco como el Hondius? Seguramente el presidente Clavijo confía menos en sus propias posibilidades y en el respaldo nacional de lo que debería. El pusilánime pide que no le lleven el barco; al audaz le falta tiempo para transmitir la idea de que España es una potencia turística porque, entre otras cosas, es un país serio y desarrollado. Aun así, para no ser injustos como el presidente canario, hay que entender que Clavijo sufre el estrés de los traumas ya vividos y no resueltos. Nuevamente, la falta de información; nuevamente, verse abocado a confiar en el Gobierno que dejó a las autonomías a su suerte con aquel cuento de la «cogobernanza» en lo peor de la covid; nuevamente, confiar en la gestión de quienes no han resuelto el reparto migratorio… Canarias tiene derecho a exigir garantías, pero ni las islas ni el conjunto del país deben trasladar que no podemos gestionar este caso.
Estamos sobreactuando porque los traumas no resueltos vuelven a nuestra psique colectiva, como han vuelto las viejas caras de la pandemia para revolvernos los malos recuerdos. Nos dijeron que saldríamos más fuertes, pero no era verdad.
El holandés errante ha venido a recordarnos que los únicos que están tan pichis son los que, hagan lo que hagan, continúan en sus puestos o en cargos parecidos. Simón ahí sigue, igual que pretende seguir en primera línea María Jesús Montero. Volver a la Junta tras haber estado en aquella Junta de los ERE y en el Ministerio de Hacienda que pagó pensiones con fondos europeos. Fondos destinados a la transición ecológica y digital. Hemos inventado el ecojubilado; de ahí al pensionista eléctrico solo hay un paso. Nos falta confianza porque nos sobra caradura. Nos falta audacia porque sabemos que a los que mandan les sobra desahogo. A comienzos de siglo queríamos comer en la mesa de los grandes; ahora nos escondemos recelosos detrás de Cabo Verde. ¿Qué hicieron con nuestra confianza?