Alfonso XIII, absuelto del desastre de Annual un siglo después
A lo largo del siglo XX, especialmente desde la oposición antimonárquica y en el clima político que precedió a la Segunda República, se construyó una imagen de Alfonso XIII como instigador directo de la política militar en el Protectorado de Marruecos, responsable del Desastre de Annual, donde hubo más de 10.000 muertos, y beneficiario de supuestas inversiones privadas en dicho país. Sin embargo, es preciso desligar la imagen creada por los antagonistas que buscaban erosionar la monarquía de la realidad que muestra la investigación histórica.
El análisis del reinado de Alfonso XIII y su vinculación con el laberinto de Marruecos exige una revisión historiográfica que, como propone el catedrático Antonio Moral Roncal en «Un Rey calumniado. Alfonso XIII y la guerra del Rif», se aleje de los mitos políticos y abrace el rigor documental. Esta es la tónica de un historiador que ha publicado, entre otros, «Victoria Eugenia, reina de España (1887-1969)» (Ediciones 19, 2024), «Leopoldo O’Donnell» (Gota a Gota, 2018) y «El general Manuel Gutiérrez de la Concha: una espada liberal en las guerras carlistas» (Ministerio de Defensa, 2014). Bajo esta perspectiva historiográfica, la etapa alfonsina se revela como un periodo de modernización en el que España alcanzó niveles de población inéditos, duplicó su PIB y floreció en la denominada «Edad de Plata» de la cultura. Este progreso convivió con la herida abierta del Protectorado, una empresa geoestratégica ineludible para evitar la presión francesa sobre la presencia española y asegurar el control del Estrecho de Gibraltar. Como bien subraya Moral Roncal, Marruecos, lejos de ser un capricho imperial del monarca, se asumió como la «última carta» para mantener el prestigio nacional tras el desastre de 1898.
La gestión de este territorio nació viciada por una estructura administrativa deficiente y por el fenómeno de las Juntas de Defensa, que califica como el «cáncer» del Ejército al socavar la disciplina e insistir en la asunción de un papel político en la vida pública. En este escenario emergió la figura del general Manuel Fernández Silvestre, cuya imagen ha sido históricamente caricaturizada. Las investigaciones de Moral Roncal demuestran que Silvestre no fue un general temerario impuesto por la voluntad regia, sino un oficial con una brillante hoja de servicios, experto en el mundo árabe, que fue nombrado comandante general de Melilla a petición expresa de su superior, Dámaso Berenguer. Las cartas inéditas de Silvestre rescatadas por el autor revelan a un hombre consciente de sus limitaciones que denunciaba la falta de carreteras y recursos en el Protectorado antes del colapso. La visión que aporta Moral Roncal contradice la leyenda de su impulsividad irracional y lo define más como un hombre reflexivo que se equivocó.
Identificación del pueblo
El desastre de Annual, en julio de 1921, fue consecuencia de una mutación en la amenaza rifeña liderada por Abd-el-Krim y de errores técnicos en la cadena de mando. La tragedia no fue el resultado de una orden directa de Alfonso XIII. Al producirse el repliegue, Silvestre tampoco se suicidó por cobardía, como sostuvo el rumor. El diario personal del Rey y varios testimonios de testigos confirman que murió combatiendo junto a su Estado Mayor, asumiendo con su vida la responsabilidad del fracaso. La reacción nacional ante la derrota fue una impresionante oleada de solidaridad coordinada desde la Corona.
El autor documenta la labor de Victoria Eugenia en la Cruz Roja, profesionalizando el cuerpo de enfermeras y enviando a Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria, a organizar una asistencia sanitaria en Melilla, labor elogiada incluso por críticos como el socialista Indalecio Prieto. Así, su reinado, como señaló Javier Moreno Luzón en «El rey patriota. Alfonso XIII y la nación» (Galaxia Gutenberg, 2024), fue una «monarquía escénica» marcada por el empeño de los reyes por realizar labores sociales para que el pueblo se sintiera identificado con la institución. Desde el Palacio Real se impulsó la Oficina Familiar del Soldado y la Oficina de Informes y Fichero de Marruecos, organismos inspirados en la labor humanitaria de la Gran Guerra que gestionaron más de 64.664 telegramas para aliviar la angustia de las familias españolas. Esta cuestión la describió muy acertadamente Zorann Petrovici en «La guerra del rey: La labor humanitaria de Alfonso XIII durante la Primera Guerra Mundial» (La Esfera de los Libros, 2025). Dicha labor solidaria, dirigida por Emilio de Torres, secretario particular del rey, sirvió para cohesionar a una nación que reclamaba justicia y la reconquista del territorio. Mientras los españoles se volcaban en donativos, las Cortes se convertían en un campo de batalla por las responsabilidades políticas. Ahí nació la «leyenda negra» que vinculaba al Rey con el desastre de Annual a través de supuestas comunicaciones privadas.
Uno de los aportes más significativos de Moral Roncal es su investigación técnica en el Gabinete Telegráfico de la Casa Real para demoler el mito del telegrama que supuestamente el Rey envió a Silvestre diciendo: «¡Olé los hombres! El 25 te espero». Ha revisado exhaustivamente cada registro de los fondos telegráficos de 1921 en Palacio y en el Ministerio de la Guerra, donde se custodian copias de todos los mensajes reales a los jefes militares, y ha demostrado que tal comunicación jamás existió. Alfonso XIII siempre usó un lenguaje formal y reglamentario, y sus únicos telegramas fueron de felicitación por éxitos ya alcanzados, y siempre por conducto ministerial. La frase del «olé» fue una construcción literaria de Vicente Blasco Ibáñez en su panfleto «Alfonso XIII desenmascarado» (noviembre de 1924), quien se inspiró en exabruptos previos de Unamuno con la misma expresión y en giros que él utilizaba en sus novelas. Y así nació un mito malintencionado que ha llegado hasta hoy.
Del mismo modo, Moral Roncal desmiente mediante los documentos del Expediente Picasso la falsedad del «cajón descerrajado» en el despacho del general Fernández Silvestre para robar documentos que implicaban al Monarca en el desastre de Annual. La investigación revela que esto no ocurrió. Toda la documentación de servicio de la Comandancia estaba debidamente custodiada en el Servicio del Estado Mayor, y ni el general Berenguer ni los nuevos mandos denunciaron jamás la desaparición de archivos oficiales. El cajón que se abrió fue el del comandante Hernández Olaguibel tras su muerte cumpliendo un pacto de honor entre compañeros para retirar papeles personales relacionados con líos de juego y mujeres, y evitar así disgustos a su familia. Otro de los mitos es el colapso del sistema constitucional en 1923 como maniobra urdida por el Rey para ocultar responsabilidades.
Lo cierto es que la crisis fue la consecuencia de la parálisis de los partidos dinásticos ante la situación política y social. Moral Roncal argumenta que el monarca aceptó la dictadura de Primo de Rivera para evitar una guerra civil sangrienta, dada la unanimidad militar en favor del golpe y la impotencia del Gobierno liberal de García Prieto, que dimitió reconociendo su incapacidad. Moral Roncal recoge al respecto el testimonio del embajador portugués de la época, afirmando que Alfonso XIII intentó hasta el último momento buscar una salida constitucional, pero se encontró con un Ejército que le amonestó diciendo que ellos mandaban ahora «para bien de España». Esta cuestión la reflejó bien Roberto Villa en «1923. El golpe de Estado que cambió la Historia de España. Primo de Rivera y la quiebra de la monarquía liberal» (Espasa, 2023).
Víctima del sistema
Tras la victoria final en 1927 con el desembarco en Alhucemas, Alfonso XIII visitó Annual e Igueriben en un acto de recogimiento privado que cerraba una herida personal. Sin embargo, la sombra de 1921 fue utilizada de nuevo en 1931 por las Cortes republicanas para condenarlo por «alta traición» en un juicio político carente de garantías jurídicas y basado en las mismas calumnias de Blasco Ibáñez que el rigor archivístico ha demostrado falsas. Incluso la comisión republicana que investigó la fortuna del Rey tuvo que admitir su honradez económica, aunque prefirió ocultar el informe para mantener viva la sospecha política. En 1935, el Tribunal Supremo de la República archivó definitivamente la causa de Annual, reconociendo que no existían pruebas para encausar a terceras personas, lo que incluía implícitamente al Monarca. En conclusión, la obra de Moral Roncal rescata la figura de un rey que buscó la modernización de su país pero que acabó devorado por el laberinto que él mismo intentó clausurar con honor. Alfonso XIII no fue el culpable de Annual, sino la víctima de un sistema político agotado y de una campaña de difamación sin precedentes que utilizó la tragedia militar para socavar los cimientos del trono.