Feijóo y el Deportivo
Algunas horas antes de que se abrieran las urnas andaluzas, Alberto Núñez Feijóo compartió una publicación en X aireando su felicidad por la victoria del Deportivo de La Coruña, que pudo ver como espectador desde las gradas de Riazor. Quiso mostrarse exultante por haber podido acudir junto a su hijo. «Contento por tener al Deportivo a una victoria de volver a Primera división. El optimismo durará todo el día. ¡Vamos!».
No debería sorprender que un gallego sea seguidor de ese equipo concreto. Pero algo se activa al mezclar los conceptos «Feijóo” y «Depor». El fallo épico de su campaña de 2023 tiene una cierta equivalencia con el penalti marrado por Miroslav Djukic el 14 de mayo de 1994.
Recordemos. Aquel equipo, entrenado por Arsenio Iglesias, llegó a la última jornada de la Liga dependiendo de sí mismo para ganar el título. Suena mejor de lo que era en realidad. A falta de ocho partidos, su ventaja era de cinco puntos sobre el Barcelona. (En aquella época las victorias todavía otorgaban solamente dos puntos). Pero se complicó la vida con algunos empates y derrotas que contrastaron con una gran efectividad de los de Cruyff. La goleada en el Camp Nou frente al Sevilla y el empate en Riazor con el Valencia dejaría el campeonato en Barcelona merced al golaveraje. Y, entonces, al filo del tiempo reglamentario, un penalti. Los tiradores habituales no se encuentran ya sobre el terreno de juego. El defensa yugoslavo asume la responsabilidad. Su disparo acaba en las manos del portero José Luis González. Al Deportivo, ascendido a Primera tres años antes, se le escapa de entre los dedos un torneo que semanas antes parecía asegurado.
Lo bueno de las ligas es que, en cuestión de pocos meses, vuelven a empezar. Para unas próximas elecciones generales, en cambio, hay que esperar cuatro años. (Al menos tal era la costumbre). Es un periodo de tiempo que se puede percibir más largo cuando se está en la oposición allí donde se esperaba ocupar gobierno. Especialmente cuando tu discurso se ha construido sobre esta sucesión de ideas: a) no va a haber legislatura, b) la legislatura terminará apenas eche a andar y c) la legislatura está en punto muerto y terminará a no mucho tardar. Así hemos ido llegando al punto en el que no queda mucho para que un hipotético adelanto ya sea más técnico que otra cosa. (El sentido arácnido nos dice que esa eventualidad solo empezará a tener visos de realidad cuando el ejecutivo ya haya concedido la licencia del nuevo canal de Televisión Digital Terrestre).
El penalti fallado por Feijóo tenía una cosa buena para sus intereses. Le daba tiempo para trabajar un escenario en el que no tuviera que depender de Vox para un futuro ejecutivo. Hemos consumido ya tres cuartos del mismo sin grandes expectativas de mejora. El ciclo electoral diseñado por Génova para asfixiar al PSOE ha demostrado también que el PP necesitará al partido de Abascal tanto donde ya se daba esa situación como donde no.
¿Estuvo realmente el resultado electoral del domingo a la altura de aquel optimismo que el presidente de los populares pregonaba desde las gradas de Riazor? Por lo pronto, el lunes tuvimos la sensación de que, ante la Junta Directiva Nacional de su partido, el gallego leyó el discurso que tenía preparado para el escenario de la mayoría absoluta. La semana ha sido tan rica en acontecimientos que apenas le hemos hecho caso a esas palabras. Hablaban del precio de la cesta de la compra y de la vivienda, de un cambio de clima político, de la ruptura con aquello que ha «degradado la vida pública», de regeneración institucional frente a colonización. Mencionó incluso no «bailar al ritmo de sus distracciones». Flotaba una idea dirigida a buena parte del centroderecha sociológico: no habrá un «ahora nos toca a nosotros».
Suena bien. Pero ya estamos acostumbrados a que sean la clase de mensajes que más se enuncian y menos se cumplen. Feijóo lo recordó sin querer al remitirse al último congreso del partido, cuyas ideas-fuerza fueron quedando desmentidas por la práctica cotidiana en los meses que le siguieron.
Quién sabe. Quizá, esta vez sí, el jefe de la oposición –al que se le supone una ilusión de gobernar junto a Abascal perfectamente descriptible– haya encontrado un discurso con el que ahormar una mayoría que le permita construir una alternativa en solitario. De tiempo empieza a ir ya un poco justo.
(El Deportivo acabaría ganando la Liga en el año 2000).