La Oreja de Van Gogh en Madrid, un directo de estudio
Cuando se subió al escenario de Karol G, en julio de 2024, la oleada solidaria en torno a Amaia Montero fue instantánea. Se comprendieron sus nervios y se reconoció su gigante esfuerzo para volver al directo. Pero la gira de La Oreja de Van Gogh es un asunto distinto. Ya no es una invitada: ahora es el principal gancho. Y, ojo, no es sólo suyo el peso: también están sobre el escenario Xabi San Martín, Álvaro Fuentes y Haritz Garde. El arranque de «Tantas cosas de contar» en Bilbao el 9 de mayo supuso el reencuentro de la banda original con su público tras casi dos décadas. Pero, sin la guitarra de Pablo Benegas y tras la ruidosa partida de Leire Martínez, se había perdido cierta naturalidad. No era un reto sencillo, una presión que aumentó ante las críticas que recibió la cantante tras Bilbao, por perder el control a nivel vocal. Y el segundo asalto este jueves, en el Movistar Arena de Madrid, tampoco era reto fácil. Pero la banda bien salvó la foto. Apareció una Amaia, sobre fondo blanco y con vestimenta galáctica, futurista, abrazando cada nota de «20 de enero» y de «El último vals» (poco se hizo esperar el único guiño a la era de Leire del show), disipando en tan solo minutos la tensión por el posible fallo vocal, por la traición de los nervios. De hecho, demostraba en ocasiones del concierto que su característico vibrato sigue con ella.
Ante un público que nada tardó en convertir la velada en un nostálgico karaoke, la banda ofreció un show cargado de letras y ritmos que sonaban a tocadiscos: no se arriesgaron, el concierto se desarrolló correcto, de carátula. Salvo un brevísimo problema técnico en pleno tercer bloque del concierto, la voz de Amaia y las imprescindibles manos de Xabi San Martín, ofrecieron al público lo que andaba buscando. Los asistentes volvieron a aquellos dulces años 2000 con «Dulce Locura», «Pop» o «Cuídate», y no fue el único salto temporal, pues canciones como «Mariposa» y «Vestido azul» dotaron al show de un toque futurista. En La Oreja, aquella banda que profesionalizó el éxito de la música comercial, se han puesto modernos, ofreciendo lo que parece que es la moda actual: un directo de estudio, hecho a medida para vivir lo que se espera. Sin presiones ni riesgos.
La respuesta del público demostró que la música de La Oreja ha envejecido muy bien. Pocos grupos pueden presumir de una setlist tan cargada de versos y letras atemporales e inconscientemente reconocibles. Pero han pasado veinte años, y eso no debe tomarse a la ligera. El grupo se atrevió lo justo y necesario, sin perder de vista el que parece el objetivo de la gira: devolver al público lo que alguna vez fue suyo. Quizá fuese Xabi San Martín, compositor de muchos de los éxitos de la banda, el más experimental del escenario, pues no sólo tocó el teclado hasta el punto de sostener, a nivel de sonido, el hilo conductor del concierto. También se atrevió con el theremín, y fue quien comenzó cantando «Tan guapa» al piano, para posteriormente unirse en dúo con Amaia. El resto siguió la fórmula necesaria para cumplir las expectativas: se coreó la inmortal «Rosas», se cerró con la animadísima «Puedes contar conmigo», y el buen rato estaba servido.
Los recuerdos se han convertido en un filón infalible para artistas y promotoras. En pleno entorno en crisis y sobreestimulado, se recupera el lado más suave del pasado como método de alivio. Una mirada cariñosa hacia atrás que es capaz de movilizar a miles y miles de personas, no sólo de la mano de La Oreja: no es la primera banda que ha exprimido el "remember", ese romanticón anglicismo, para reivindicar (o justificar) su existencia en la actualidad y con la absoluta confianza de obtener respuesta. Y este jueves se demostró con creces. El Movistar Arena acogió a un público de gran diversidad generacional. Ocuparon pista y gradas tanto aquellos que compraron los CDs de La Oreja con pesetas como quienes han conocido sus temas con el euro. Es cierto que la música no entiende de edades, pero nadie es inmune al paso del tiempo. Aunque a veces sea posible maquillarlo con un buen baño de nostalgia.