¿Qué le pasa al cerebro de un niño que crece con la inteligencia artificial desde pequeño? La psicología destapa un riesgo que asusta a los padres
La pregunta inquieta a cualquiera de los padres que ve a su hijo de tres años, por ejemplo, manejar una tablet con más soltura que un juguete. ¿Qué ocurre en el desarrollo de un niño que convive con la inteligencia artificial desde que tiene uso de razón? La respuesta más reciente de los organismos internacionales y de la ciencia apunta en una dirección incómoda, y conviene conocerla antes de poner un asistente de IA en manos de los más pequeños.
La UNESCO ya marcó una línea roja que muchos desconocen. En su primera guía mundial sobre inteligencia artificial generativa en la educación, el organismo de Naciones Unidas estableció un límite de edad mínima de 13 años para el uso de herramientas de IA en las aulas.
De hecho, la UNESCO recomienda esa edad orientativa mínima principalmente por cuestiones de protección de datos y desarrollo cognitivo. Además, la directora general del organismo, Audrey Azoulay, fue tajante al advertir que reemplazar profesores con estos programas podría afectar el bienestar emocional de los niños y hacerlos más vulnerables a la manipulación.
Un riesgo para el cerebro, que está en su fase de construcción
El problema está en lo conocido como la descarga cognitiva. Cuando un cerebro delega de forma sistemática las tareas mentales en una máquina, deja de ejercitar las conexiones que debería estar construyendo. Según los expertos, las redes neuronales más fuertes durante la tarea de escribir son las de quienes no requieren de una ayuda externa, mientras el grupo que empleaba el modelo de lenguaje mostró la menor conectividad neural.
En un niño pequeño, ese riesgo se multiplica porque su cerebro está precisamente en plena fase de construcción.
Investigaciones sobre menores de entre uno y tres años alertan de que la exposición constante a programas y dispositivos con IA puede provocar una dependencia tecnológica que dañe la capacidad de los niños para concentrarse en actividades menos motivadoras, pero imprescindibles para su crecimiento emocional y social, como en este caso sería jugar sin pantalla, aburrirse, frustrarse y resolver los problemas por sí solos.
Eso sí, no todo es alarmante. La IA puede ser una aliada del desarrollo cognitivo cuando las herramientas educativas adaptan sus contenidos a las necesidades individuales de cada niño, favoreciendo un aprendizaje más efectivo y estimulando habilidades como el pensamiento crítico.
Incorporarla, nunca adentrarla como un elemento sustitutivo
Una revisión de 258 estudios sobre la inteligencia artificial en primaria halló que las herramientas de tutoría inteligente pueden tener efectos moderados en el rendimiento académico cuando se utilizan como complemento pedagógico, nunca como sustituto.
La clave que repiten los especialistas es el orden de los factores. Lo primero es el cerebro y el camino que toman sus redes neuronales, para luego aprender a apoyarse en la tecnología. Es entonces cuando se dejaría de lado el peligro de criar una generación que, educada con atajos de IA, carezca de pensamiento independiente. Lo perfecto sería incorporarla como un complemento, sin sustituir la interacción personal y las experiencias, cimiento del desarrollo infantil.