Pocas cosas me gustan más que los cómics que reflexionan sobre el arte y, especialmente, si dicha reflexión ataca al corazón del arte de vanguardia; o, si se prefiere, al constructo comúnmente aceptado sobre el surgimiento de la abstracción en el arte y, por ende, al mismo concepto del arte contemporáneo. Este es el caso que nos ocupa. 'Hilma af Klint, la voz en el templo' (2026) es un cómic que acerca al lector a una de las figuras más sorprendentes del arte del siglo XX, ya que, en cierto modo, esta artista se adelanta en el tiempo al propio Kandinsky, pues produce cuadros plenamente abstractos en fechas anteriores al pintor ruso. Su figura es hoy incontestable. Sin ir más lejos, mientras escribo estas líneas, acaba de inaugurarse en el Grand Palais de París una muestra en la que se exhibe la colección completa de sus monumentales 'Pinturas del Templo' (1906-1915) , consideradas una de las obras fundacionales del arte abstracto. Pero lo que me resulta realmente fascinante es que esta misma autora afirmaba que estas pinturas eran un mensaje para el futuro. Un futuro poco menos que dictado por una suerte de entidades provenientes de otros planos espirituales que ella denominaba «altos maestros». Esto la conecta con una realidad más propia del siglo XIX, momento en que, en Occidente, la razón enferma de orientalismo, y rosacruces, teósofos y otras doctrinas de pensamiento que abogan por la existencia de otra realidad más allá de la sensible se ponen de moda en la vieja Europa. Son los años en los que videntes y espiritistas afirman acercar el más allá al más acá. Los años en que triunfan los pintores simbolistas, muchos de ellos con un pensamiento romántico cercano a lo irracional, cuajado de alegorías y misticismos. Lo cierto es que le tengo especial cariño a personajes tan contradictorios como Hilma af Klint. Me recuerdan que la «vanguardia» es igualmente un mito construido que ensalza lo que encaja y arrincona lo que no lo hace. Pero, metiéndome en harina, ¿qué es lo que hace única a esta versión de Hilma en viñetas? ¿Qué le ofrece al lector no pueda descubrir en cualquiera de los textos de los catálogos de exposiciones dedicados a la obra de esta singular creadora? Pues, en pocas palabras: mucho y bien narrado . Como suele suceder en estos casos, la visión de los artistas sobre cualquier tema —y los historietistas de este cómic lo son sin lugar a dudas— acostumbra a distar de la de los teóricos del arte. César Herce , el guionista, parte de una exhaustiva documentación y, simplemente, decide trascenderla de forma genial. Y así, acierta y aporta ese plus que hace de esta obra algo único y especial. Para afrontar un reto de estas características se hace, a mi juicio, la pregunta fundamental: «¿Cómo enfrenta Hilma sus miedos, sus contradicciones? ¿Cómo enfrenta el dolor en su vida? Hilma lo hace a través del arte». En las páginas de este cómic, compara a Hilma con otras mujeres creadoras, como Georgiana Houghton , una médium británica nacida en las Islas Canarias que, en fechas tan tempranas como 1861, comienza a producir dibujos plenamente abstractos en sesiones espiritistas, en las que los espíritus guiaban sus manos. ¿Su razón? El dolor. ¿Su motivación? Contactar con una hermana muy querida fallecida en 1851. También nombra otros casos similares posteriores a Hilma, como Josefa Tolrà i Abril , médium y dibujante que, hundida por la pérdida de sus tres hijos, comienza a dibujar a los 60 años, escuchando voces y vislumbrando seres ingrávidos entre flujos de energía astral. Entre 1942 y 1959, año de su muerte, realiza casi un centenar de dibujos y, respecto a si son o no obras de arte, prefiero evitar el debate y zanjar la cuestión haciendo notar que esa es, al menos, la opinión de los responsables de uno de nuestros grandes museos, ya que llegan a exponerse en el Museo Reina Sofía junto a otros autores relacionados con el arte brut. Herce acierta de pleno porque decide tocar temas tan apasionantes como el «arte como terapia (o autoterapia)» y «la genialidad como un estado leve de locura», cuyos ejemplos más conocidos serían pintores como William Blake o Yayoi Kusama. Por último, a modo de síntesis hegeliana, Herce resuelve con eficacia las contradicciones del personaje, ofreciendo las respuestas que Hilma buscó toda su vida sobre su arte; respuestas que, evidentemente, son mucho más sencillas vistas desde la actualidad que forjadas día a día —el reto de todo creador que se precie—. No existen atajos para ello y el proceso es siempre doloroso. El creador ha de cuestionarse a sí mismo , mirando con fe, pero también con incertidumbre, hacia el porvenir. El trabajo de Manuel Romero en el apartado gráfico es igual de complejo, y lo resuelve con sorprendente maestría. Los museos han elevado las Pinturas del Templo de Hilma y el resto de sus cuadros y dibujos abstractos a la categoría de iconos de la modernidad. Pero han relegado (por no decir ignorado) toda su obra pictórica figurativa, incluyendo sus composiciones más clásicas, y lo cierto es que Hilma era una excelente pintora académica. Su obra, como su persona, tenía un pie en el pasado y otro en el futuro, en la tradición y en la modernidad. Era una mujer preocupada por la ciencia y los descubrimientos científicos y, a la vez, una firme convencida de otra serie de cosas que hoy tildaríamos de seudociencia o superchería. Hilma es quizá la perfecta representante del momento en que le tocó vivir, donde la vanguardia era aún para unos pocos y se mezclaba y confundía con una tradición que aún latía con fuerza. Romero consigue una especie de fusión entre ambos mundos aparentemente irreconciliables. Los grafismos más modernos conviven con los más clásicos. Las formas puras y geométricas se mezclan con las simbólicas y las alegóricas. Y, por si todo eso fuera poco, utiliza de manera magistral el color para marcar las transiciones entre lo que hay en este mundo y esas otras realidades que a Hilma le eran tan cercanas. El resultado: un todo orgánico en el que cada elemento parece encajar con el que tiene a su lado, por diverso que sea, sin perder ni traicionar el peculiar grafismo al que el historietista nos tiene acostumbrados. Cuando oí hablar por primera vez de este proyecto, pensé para mis adentros: «Va a ser difícil que supere el grafismo de Goya Saturnalia , su cómic anterior», y me gustaría reconocer públicamente que no podía estar más errado. 'Hilma af Klint, la voz en el templo' es, para mí, desde ya, uno de los cómics del año.