Dunant, el inventor de la compasión moderna
La fecha: 1901
Jean-Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, recibió el primer Premio Nobel de la Paz por haber transformado el modo de mirar el sufrimiento humano.
Lugar: Solferino
Encontró el infierno en la batalla donde franceses y sardos combatieron contra las tropas austríacas; al caer la noche, 40.000 hombres ya eran baja.
La anécdota
Según varios testigos, Dunant repetía sin cesar una consigna que se convertiría desde entonces en un símbolo de la nueva ética humanitaria: «Tutti fratelli».
Jean-Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, fue uno de los personajes más influyentes del siglo XIX. Sin embargo, hoy casi nadie recuerda ya su nombre. Esta es la historia del hombre que transformó para siempre la manera de mirar el sufrimiento humano. Hay personas cuya fama sobrevive a su muerte. Y hay otras, mucho más extrañas, cuya obra sobrevive mientras su nombre se desvanece. Jean-Henri Dunant pertenece a esta segunda categoría. Millones de personas reconocen el emblema de la Cruz Roja. Lo han visto en ambulancias, hospitales, campos de refugiados y escenarios de guerra. Pero muy pocos podrían identificar hoy al hombre que imaginó aquella institución, y menos aún saben que su creación nació de una de las escenas más espantosas del siglo XIX.
La tarde del 24 de junio de 1859, Dunant llegó al norte de Italia por motivos comerciales. Tenía treinta y un años y perseguía una entrevista con el emperador francés para resolver problemas empresariales relacionados con unas concesiones agrícolas en Argelia. Lo que encontró, sin embargo, fue el mismísimo infierno. Ante él se desarrollaba la batalla de Solferino, uno de los enfrentamientos más sangrientos de su tiempo: franceses y sardos combatían contra las tropas austríacas. Al caer la noche, más de 40.000 hombres habían muerto, desaparecido o resultado heridos.
Lo que impresionó a Dunant no fue solo la magnitud de la matanza, sino el abandono total de aquellos seres humanos. Miles de soldados yacían sobre el terreno sin atención médica de ningún tipo. Algunos llevaban días esperando ayuda y sus gritos se escuchaban a kilómetros de distancia. Los testimonios de la época describen hombres delirando de fiebre, heridas infestadas de gusanos y amputaciones realizadas sin anestesia suficiente. Dunant no era médico ni militar, pero hizo algo extraordinario: movilizó a los habitantes de la cercana localidad de Castiglione delle Stiviere para atender a los heridos sin distinguir uniforme ni nacionalidad. Según varios testigos, repetía una frase que acabaría convirtiéndose en todo un símbolo de la nueva ética humanitaria: «Tutti fratelli» («Todos hermanos»).
Aquella expresión condensaba una idea revolucionaria para una Europa dominada por nacionalismos, imperios y guerras: el sufrimiento de un enemigo merece la misma compasión que el de un aliado. De regreso a Ginebra, Dunant no logró olvidar lo que había visto. Durante tres años trabajó obsesivamente en un libro. Lo financió de su propio bolsillo, corrigió personalmente las pruebas de imprenta y envió ejemplares a reyes, ministros, generales y diplomáticos de toda Europa. El libro se titulaba Un recuerdo de Solferino y su impacto fue inmediato. No era un tratado político ni un ensayo militar. Era algo mucho más incómodo que todo eso: una acusación moral dirigida a toda Europa, sin ambages ni excepciones. Una auténtica bomba de relojería. Dunant proponía dos ideas concretas: la primera, crear sociedades de voluntarios entrenados para asistir a los heridos de guerra; y la segunda, garantizar internacionalmente la neutralidad de quienes prestaran ayuda. Hoy ambas ideas parecen evidentes, pero en 1862 eran revolucionarias.
Una propuesta seria
Un año después, en Ginebra, un pequeño grupo de ciudadanos tomó en serio sus propuestas y de aquel encuentro surgiría el embrión de la Cruz Roja Internacional. En 1864, doce Estados firmaron el primer Convenio de Ginebra. Por primera vez en la historia moderna, las naciones aceptaban limitar parcialmente la brutalidad de la guerra. Parecía el triunfo definitivo de Dunant, pero en realidad era el comienzo de su caída. Mientras su prestigio internacional crecía, sus negocios se hundían. Durante años había descuidado sus empresas para dedicarse a la causa humanitaria. Las deudas aumentaron hasta provocar la quiebra de su compañía en 1867. El escándalo financiero arruinó su reputación en la estricta sociedad ginebrina y, como consecuencia de ello, muchos antiguos aliados le dieron la espalda. Incluso dentro del movimiento que había ayudado a fundar quedó progresivamente marginado.
La ironía era devastadora: el hombre que había cambiado el rumbo del mundo no podía gestionar su propia vida. Durante décadas, vagó por Europa casi olvidado por todos. Vivió en pensiones modestas, dependió de ayudas de amigos y pasó largos periodos en condiciones cercanas a la pobreza. En ocasiones apenas podía pagar una modesta habitación donde dormir. Pero aun así, jamás abandonó sus ideales ni arrojó la toalla. Sus cuadernos muestran a un hombre que seguía imaginando reformas humanitarias cuando ya nadie parecía escucharle. Defendió iniciativas para los prisioneros de guerra, denunció la esclavitud y propuso mecanismos internacionales de arbitraje para evitar conflictos armados. Muchas de aquellas ideas anticipaban instituciones que no existirían hasta décadas después.