Migró cuando la URSS cayó, sin saber español ni qué era Costa Rica; hoy tiene 30 años de elevar la música del país a la excelencia
Alexandr Sklioutovski sienta al piano, uno a uno, a sus jóvenes alumnos del Instituto Superior de Artes (ISA). Las pequeñas manos vuelan en un prodigioso y frenético baile por las teclas, mientras de pie, aquel soviético de casi 80 años marca el compás con manoteos que van mutando en estridentes palmadas acompañadas de tarareos.
Lo que musita va in crescendo (uno de los pocos términos que pueden distinguirse en su profundo y didáctico canto) hasta llenar una de las salas de estudio de la academia, escondida en una calle poco transitada de San Francisco de Dos Ríos.
Hace tan solo unos meses, don Alexandr fue operado del corazón y lo recomendable sería que no se exaltara hasta ese punto, pero es que la pasión lo desborda.
“Estoy con titanio dentro”, dice entre risas, señalándose el pecho. Lo cierto es que ese hombre, que aunque los médicos y el stent lo conduzcan a latir más lento, sigue siendo irremediablemente el corazón de esa institución.
Es por eso que contar los 30 años de historia que cumple el ISA este 2026 no tiene ton ni son, ni nada, si no se pasa por todos los bemoles que componen la vida de Sklioutovski.
En paso de celebración, el fundador del Instituto Superior de Artes atendió a La Nación como preludio del concierto conmemorativo que estudiantes y egresados darán este martes 30 de junio, a las 6:30 p. m., en el Teatro Nacional.
Además de invitar al público a comprar su entrada en www.teatronacional.go.cr, Sklioutovski dio un recital de su historia, cuyos primeros pasos sucedieron en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que, cada día, suman y suman compases de sueños.
El ruso que quedó encantado con la Costa Rica de brazos abiertos y ‘eterna primavera’
Alexandr nació un 10 de agosto de 1946 en lo que hoy es Bishkek, capital de Kirguistán. En aquel momento, la ciudad llevaba el nombre de Frunze y era territorio de la sólida URSS en la que se crió y que lo dotó de una formación artística del más alto nivel.
Es hijo de dos rusos, herencia inconfundible en el marcado acento de su grave voz. Su madre era química y su padre pianista, por lo que desde los cinco años ya se vio estudiando horas de horas frente al instrumento. “Pero mamá me obligaba más que papá”, acotó entre risas.
El rigor era máximo. Manuales, métodos, literatura: tuvo que memorizar miles de libros durante su paso por los conservatorios de Uzbekistán y el Chaikóvski de Moscú hasta alcanzar el doctorado. También preparar al milímetro recitales y escribir artículos, todo para que esas estanterías y años de práctica se condensaran en un dominio completo del saber hacer.
“Estoy agradecido por toda mi vida. Recibí la mejor educación del mundo y por eso podía trabajar donde quería y, trabajando aquí (en Costa Rica) me invitaron a Estados Unidos, a dar clases, a diferentes festivales; por la formación que recibí. En Minnesota me traducían de ruso primero a inglés, después a mandarín para dar clases”, comentó.
“Yo no soy genio. Yo soy doctor. Siempre digo que genios son mis alumnos; yo soy doctor: sé qué hacer desde el primer paso hasta el último”, añadió.
Su carrera le dio giras por todos los rincones soviéticos y también la dicha de conocer a la también pianista y musicóloga Tamara Meltser, su esposa. Con ella tuvo que vivir lo “catastrófico” que fue la disolución de la URSS.
De golpe, su salario quedó totalmente devaluado y Rusia pasó a ser como una “enorme feria”. Tenían casa y electrodomésticos, pero les faltaba la capacidad adquisitiva y se vieron obligados a incursionar sin partituras en el ajeno mundo de los negocios.
“Mi suegra vendía en bazares y ferias, y un día me mandó a otra ciudad a comprar. Compré 18 tenis y regresé muy contento, pero cuando abrí, todas las tenis eran para pie izquierdo (risas). Un músico no puede comprar tenis, ni me entró en la cabeza que pudiera pasar algo así”, relató con esa entrañable risa que le pone a brillar el turquesa de los ojos.
Aquella anécdota fue una confirmación de que las ventas no eran lo suyo. Entonces, no duraron demasiado en seguir el camino de su hija, bailarina que ya estaba en suelo tico, y en 1994 Alexandr y su esposa migraron a pesar de que no sabían ni una palabra de español.
“Yo entiendo el español perfectamente. Hablo como puedo, pero comprenderme es problema de mis alumnos”, dice a modo de broma.
Con cierto pudor, también reconoce que buscaba a Costa Rica hasta en África y no lograba dar con la desconocida tierra en el mapa. De todos modos, ninguna enciclopedia le hubiera hecho esperar los cálidos brazos abiertos con que fue recibido en este suelo.
“Agradezco a este país mucho porque, aunque respeto sobre todo a mi patria, tengo muchas dudas de si un costarricense o extranjero llegara a Rusia a trabajar podría llegar al nivel que llegué aquí. Nosotros llegamos absolutamente sin nada y nunca me sentí extranjero, desde que llegué”, narró con ternura.
“Cuando di mis primeras clases, todavía recuerdo a los niños (gesto de estar atentos)... ninguna vez me dijeron: ‘Señor, tú no hablas español’. Así es como este país está formado: tolerante. Por eso, en el mundo está todo patas arriba y aquí no hay problemas así”, aseguró.
Para esa época todavía daba recitales y un ruso radicado en Miami le consiguió su primera gira en Estados Unidos. En Norteamérica se presentó varias ocasiones, dio clases y hasta tuvo la oportunidad de vivir, pero ya Costa Rica lo había cautivado.
“Mi hija aquí se casó y ellos tuvieron la idea —absoluta locura— de vivir en Estados Unidos. Se fueron y allá nacieron sus cuatro hijos. Al año siguiente de mudarse me mandaron invitación, recibí visa y llegué a ver esta cosa que era muy parecida a mi país, que conozco muy bien. Hicimos papeles, pero llegando yo comprendí que eso no era lo que yo buscaba. Llegué a la embajada y dije que muchas gracias", explicó sobre su decisión de asentarse en el país.
“Además, está la cosa del clima. El clima ideal no existe, pero el de aquí es muy agradable. Mientras mueren de calor a 40 grados o con el frío bajo cero, yo digo que aquí es una eterna primavera. El clima y las condiciones de vida, que el estándar es muy avanzado, me atraparon”, apuntó.
Acá fue acogido por grandes nombres, como Luis Monge, pianista y para entonces director de la Escuela de Música de la Universidad Nacional, o el mismísimo Guido Sáenz. Ellos y otros tantos colegas lo hicieron sentir como en casa y tomó otra gran decisión: retirarse de las presentaciones y dedicarse a la docencia.
“Normalmente, un pianista toca bien hasta los 55 años; ya después merma la memoria, técnica y muchas cosas. Y yo pensaba, ¿cuántos años voy a tocar y recibir dinero por giras? Necesitaba dejar algo después de mi muerte y decidí esta carrera solo como profesor”, comentó.
“No tuve ningún arrepentimiento: estoy absolutamente realizado; comprendí mi lugar en el mundo”, agregó con el mismo convencimiento con el que entró como profesor a la UNA, en donde se jubiló como catedrático este enero.
La fundación del Instituto Superior de Artes
Así, entregado al arte de instruir, en 1996 llegó otro hito. Ante la necesidad de una academia que formara a los músicos antes de la etapa universitaria, fundó junto a Meltser, su esposa, el Instituto Superior de Artes, en una propiedad que le prestaron en el barrio La Soledad, en San José.
Ella también impartió clases en la UNA y fue un motor igual de vital para el instituto, aunque desde hace un tiempo está algo alejada del trajín por temas de salud.
Luego, en 2001, consiguieron el edificio actual, ubicado en San Francisco de Dos Ríos, donde por 25 años formaron con rigor a cientos de artistas y donde actualmente trabajan más de una docena de profesores, algunos egresados de la institución.
Con orgullo de abuelo cariñoso, Sklioutovski señala las paredes y, a pesar de que se le dificulta subir, pide revisar el segundo piso, donde hay una cantidad mayor de cuadros que dan fe de los más de 900 premios internacionales que han obtenido sus alumnos.
Pero no se queda a mirar las vitrinas, pues la vocación va extendiéndole la sinfonía y trayéndole nuevas satisfacciones conforme los días avanzan en el pentagrama. En tiempos donde ve que los robots son capaces de bailar, sabe que no será raro que lleguen a tocar más rápido y precisos que los humanos, pero insiste en esa “cosa finísima” e inimitable que son las conexiones emocionales entre quien enseña y aprende.
“Yo enseño a alumnos lo que es preparar, salir al escenario. Es muy complicado porque hay emociones positivas y negativas. Pero yo todo eso lo comprendo como músico y créame que los aplausos lo recuperaban todo. Y cuando toca nuestra alumna, los aplausos nos recuperan todo igual”, expresó.
Esas satisfacciones le han mantenido el ánimo en máximas revoluciones, sin renunciar a su vocación incluso en los momentos más difíciles. Eso sí, ahora intenta estar más tranquilo debido a que lo operaron del corazón el año pasado.
Además, lo sostiene como pilar Vivian Rivera, la amable y eficiente secretaria del ISA desde hace un cuarto de siglo, de quien afirma, tiene todo bajo control siempre y es la verdadera directora de la academia.
“Si yo no trabajo, no vivo; aunque intento ser tranquilo, no cantar, ni gritar. A veces los alumnos me dicen: ‘Alexander, tranquilo, usted no puede hacer esto’. Y ya yo me calmo”, cuenta sonriente.
La calma también implica ausentarse algunos días para recibir las terapias posteriores a su cirugía. Lo lógico es pensar que se apega a sus cuidados cardíacos por su salud, pero quien llega a verlo, un día cualquiera, cantando en ruso, detectando falencias con ojo clínico y endosando prácticas, sabe que hay algo más.
A don Alexandr es la pasión la que, en realidad, lo hace querer seguir latiendo como en las últimas tres décadas, convertido en el irremplazable corazón de su amada academia.