El disputado voto del señor CERA
Dice Begoña Gómez que, como ha sido invitada a la cumbre de la OTAN en Turquía, el juez Peinado debería devolverle el pasaporte para hacer escala en Londres y acudir así a la graduación de su hija. Estás imputada por confundir lo público con lo privado y no se te ocurre otra cosa que solicitar que te levanten las medidas cautelares para aprovechar el porte de un avión oficial. Va a ser verdad que la «primera dama», si puede ahorrarse un céntimo de su bolsillo con la sinergia de lo público, se lo ahorra.
Cada vez más, nuestra vida institucional (y aledaños) parece protagonizada por personajes sacados de una serie de esas en las que cada boutade va acompañada de risas enlatadas. Aunque para risa la que te da a ti cuando escuchas eso de «graduación en Londres». Tú, tan demonizado por el progre «state of mind» por llevar a tus hijos al colegio concertado del barrio. No hace tanto, la izquierda era aspiracional. Cogía al obrero por las solapas y le decía «tienes derecho a tener tu propia casa, tu propio coche y tus vacaciones pagadas igual que el señorito». Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el progresismo se ha vuelto regresivo: no conduzcas, no viajes, no comas carne y disfruta del «coliving».
Es una izquierda que se asustó del crecimiento de la clase media acomodada que otorgó a Aznar la mayoría absoluta de 2000. Una izquierda que, un cuarto de siglo después, parece descaradamente reconfortada en una sociedad demasiado asistencial, en la que la clase trabajadora no acabe de estar muerta matada, pero tampoco boyante. Es en ese contexto en el que la élite gobernante suele caer en el clásico cinismo de «haz lo que yo te diga, no lo que yo haga». Miraremos con recelo tu colegio concertado mientras acudimos a nuestras graduaciones en el extranjero. Tengo la teoría de que en un país con una tolerancia tan alarmante con la corrupción, el principal problema del sanchismo para mantenerse en Moncloa sigue siendo la desconexión con la clase media, más incluso que el volcán de escándalos. Si la corrupción fuera su criptonita, ya les habría matado. De ahí que Sánchez no pierda la esperanza de mantenerse colgado de la cornisa, rascando votos de aquí y de allá, poniendo a prueba su suelo electoral y soñando con que la derecha se canse antes del combate lanzando puñetazos demoscópicos al aire. El espectáculo de la investidura andaluza, por lo que tiene de repetitivo, resulta agotador.
Los problemas de la izquierda parecen bastante claros y la duda es si Sánchez los salvará de forma pírrica o no. Ahora bien, ¿cuál es el problema de la oposición? A tenor del pánico desatado súbitamente por el incremento del censo electoral en el extranjero, se diría que el problema de la derecha se llama estrés postraumático. De alguna manera, el espectro conservador sigue atrapado en el chasco de julio de 2023 cuando la esperada victoria se convirtió en la resurrección de Puigdemont y la degradación definitiva de Sánchez. La derecha observa la facilidad del presidente para reírse de la porquería que le rodea y la idea de otro 23J le provoca escalofríos. Vaya por delante que un servidor no participa del buenismo pasaportero. El nieto de un exiliado republicano que no ha pisado España en su vida no debería tener derecho a votar en las generales así como así. O mejor dicho, si lo tiene, también debería tener derecho a votar en Andalucía el andaluz que se vio obligado a emigrar por motivos económicos, el catalán que no pudo votar en los años del procés el destino de su tierra en un momento tan dramático porque vivía en otra autonomía, por no hablar de los exiliados del País Vasco que abandonaron su hogar por la persecución asesina de ETA. Aquello sí fue alterar el censo electoral de manera antidemocrática y el Gobierno no tiene ningún interés en reparar ese atropello para no soliviantar a sus estimados PNV y Bildu.
Es más que evidente que la «ley de nietos» busca una conexión ideológica con el exilio republicano. Pero ya era evidente cuando se puso en marcha la ley. Como ya era evidente que Sánchez usará todos los recursos a su alcance para practicar el proselitismo. Fraga también sedujo a los emigrantes gallegos para amarrar victorias. Estamos en un punto en el que ya no basta con indignarse ni por las formas ni por el fondo. Desde que se celebran elecciones generales, el voto exterior sólo ha modificado cuatro diputados. Si hay malicia o talento para la supervivencia, combátase con más talento y más malicia. No con pánico preventivo. Es lo que espera el votante asqueado por esta encrucijada esperpéntica. Que el sanchismo no tiene arreglo ya lo sabemos. Que la oposición tenga más alternativas que la mera queja o la denuncia de lo evidente es lo deseable. Con la montaña de corrupción que asola al Gobierno, si unos cuantos miles de nuevos votantes mantuvieran a Sánchez en Moncloa, tanto la derecha como la sociedad española en su conjunto deberían hacer un pensamiento.