Las protestas xenófobas y el colapso económico sacuden Suráfrica
La nación arcoíris se ha teñido de gris y fuego. Las calles de sus principales ciudades se vieron inundadas por turbas que dirigieron su furia hacia quien consideran responsable de sus males: el Otro. De la misma manera que tantas naciones han culpado sus fracasos al extranjero a lo largo de la Historia, incapaces de mirarse al espejo y señalar sus propios errores, Suráfrica, la patria del icónico Nelson Mandela, ha caído en la misma trampa con una virulencia letal. Y fueron cuatro personas las que murieron el pasado martes en las protestas xenófobas que fueron convocadas en todo el país.
Un vistazo rápido a la economía surafricana permite explicar la desesperación local. El rand ha perdido aproximadamente un 50% de su valor frente al dólar en los últimos 25 años. Un 32% de la población está parada y la tasa de desempleo juvenil roza el 60%. La tasa de homicidios es de las más altas del mundo. El crecimiento del PIB se ha estancado en la última década. El PIB per cápita se ha desplomado desde 2011. La corrupción entre la clase política está a la orden del día y, por si fuera poco, las exportaciones surafricanas a EE UU fueron gravadas con un arancel del 30%, lo que añade presión adicional sobre sectores exportadores justo en el peor momento. La economía surafricana hace décadas que cae en picado y quienes lo sufren no son sus gobernantes (hace escasos años que se descubrió que el presidente, Cyril Ramaphosa, guardaba más de medio millón de dólares debajo de los cojines de un sofá de su rancho), sino una población ansiosa por buscar culpables que se encuentren a mano.
El Otro. El otro es el culpable. Tal es así que hace décadas que se repiten de forma cíclica sucesos similares a los de esta semana: miles de surafricanos furibundos toman las calles en formato de protesta, increpan a extranjeros (nigerianos, ghaneses, zambianos, mozambiqueños…), roban y apedrean sus negocios, matan a unos pocos que permitan expandir el mensaje. En ocasiones, en medio de la rabia que les domina, han llegado a asesinar a compatriotas surafricanos a los que confundieron con extranjeros.
Pero el discurso es variado, en ocasiones incluso contradictorio. Mientras culpa a los extranjeros de las penas surafricanas y se exige su salida del país, Nkosinathi "Phakelumthakathi" Ndabandaba, co-líder de la organización antiinmigración March and March y activista cultural zulú, también afirmó en una entrevista reciente que “podemos pagar a cada surafricano un millón de rands al año durante el resto de su vida. Ni siquiera necesitamos que trabajen. Podemos traer a estos inmigrantes ilegales a Suráfrica para que trabajen para nosotros, como en Dubái. En los Emiratos Árabes Unidos, solo trabajan extranjeros; los árabes no trabajan”.
Las principales organizaciones antiinmigración (March and March, pero también Operation Dudula y ActionSA) alcanzaron su punto de inflexión cuando dieron hasta el 30 de junio de 2026 para que los extranjeros abandonasen el país. Más de 25.000 personas de Malaui, Zimbabue, Mozambique, Nigeria y Ghana abandonaron el país en las semanas previas al ultimátum, muchas en autobuses organizados por sus propios gobiernos.
El Gobierno surafricano ha rechazado en múltiples ocasiones el activismo xenófobo, inclusive este ultimátum. Pero Ngobese-Zuma, fundadora de March and March, nombró explícitamente entre los apoyos políticos del movimiento a “algunos miembros del ANC, incluyendo al premier de Gauteng, Panyaza Lesufi”.
La fecha límite impuesta se cumplió el pasado martes y, como era de esperar, ocurrieron manifestaciones que devinieron en protestas que concluyeron con cuatro personas asesinadas y las imágenes de negocios extranjeros en llamas. Entre los cánticos que resuenan como una oración macabra se escuchan los que encumbran la identidad zulú, mayoritaria en Suráfrica. Y se mezclan la precariedad económica con la búsqueda de chivos expiatorios y con el nacionalismo zulú que en ocasiones acusa al difunto Nelson Mandela de ser un “vendido”. Vendido porque terminó con el apartheid, puede ser, pero no consiguió equilibrar el reparto de riquezas en una nación señalada por el Banco Mundial como la más desigual del mundo. Y el aspecto racial (que no la inmigración) es uno de los factores determinantes, en una sociedad donde 10% de la población posee más de 80% de la riqueza.
Arden las calles de Suráfrica. Dan caza al inmigrante. Cuando su equipo nacional jugaba en el mundial, el resto de los africanos jaleaban en redes a quienquiera que se enfrentara a ellos. Y se repite el discurso que pronunciaba un manifestante surafricano: “Estamos hartos de vosotros, estáis entrando en nuestro país, llevándoos a nuestras mujeres, quitándonos nuestros trabajos. Estamos haciendo el mismo trabajo, pero tú conduces un coche bonito y yo no tengo uno. Vuelve a tu país”.