¿Puede el fútbol ser la señal oculta de una infidelidad? La escritora Liz Jones confiesa como el comportamiento de su marido durante el Mundial fue clave para descubrir que le engañaba: “No podía entender por qué apoyaba a Alemania”
El Mundial de 2006 no solo fue un evento deportivo de masas, sino el punto de inflexión en la vida matrimonial de Liz Jones. Con el afán de complacer a su marido (quien por aquel entonces se encontraba desempleado), Jones no escatimó en atenciones: adquirió un televisor de alta gama y un sofá de diseño para que él pudiera disfrutar de cada encuentro con la máxima comodidad. Sin embargo, una pregunta empezó a sobrevolar su mente: "¿Por qué demonios estaba animando a Alemania?".
La respuesta, lejos de ser una cuestión de lealtades deportivas, escondía una realidad mucho más dolorosa. Resultó que el interés repentino por la selección alemana estaba directamente vinculado a un viaje que él había realizado a la India, financiado con la tarjeta de crédito de la propia Jones. Allí había conocido a Daphne, una joven neoyorquina que se convertiría en la tercera en discordia. Mientras la escritora trabajaba sin descanso, cubriendo la Semana de la Moda de Londres, su marido permanecía ajeno a sus necesidades. "Dígales que se vayan a la mierda", fue la respuesta que recibió cuando le pidió ayuda para redactar sus crónicas periodísticas.
El fútbol como pilar y como abismo
Para la autora, el fútbol ha sido una constante ambivalente en su vida. Recuerda con nostalgia la magia de Italia 90, la valentía de jugadores como Gascoigne y la capacidad del deporte para inspirar tenacidad y esperanza. Sin embargo, en el ámbito doméstico, esa pasión se transformó en un ejercicio de asimetría. Jones se describe a sí misma como la encargada de "pulir el hielo en nuestro curling conyugal", mientras él se limitaba a provocar fracturas en la relación.
La asimetría afectiva y la ruptura final
La falta de reciprocidad es la herida que más duele. Jones relata cómo ella se esforzaba por comprender y participar en sus aficiones (llevándolo a partidos del Tottenham o gestionando entradas exclusivas), mientras que él mostraba una indiferencia absoluta hacia sus pasiones personales, como el cuidado de sus caballos o su propia historia familiar. "¿Por qué los hombres no tienen ningún reparo en aprender sobre nuestras aficiones? ¿Por qué no les importan?", se cuestiona con amargura.
Lo que comenzó como una supuesta afición compartida terminó siendo el escenario de un engaño persistente. Hoy, el fútbol le recuerda a Jones la amarga lección de su matrimonio: una relación donde el sacrificio siempre fluía en una sola dirección.