La democracia se defiende con periodismo, no con silencio
La historia política de América Latina demuestra que la democracia es una lucha social constante no una conquista definitiva. Cada generación ha debido defenderla frente a nuevas formas de autoritarismo, censura y manipulación.
Después de las dictaduras militares del siglo XX, muchos creían haber alcanzado un punto de no retorno; se creyó en una institucionalidad pluralista capaz de enterrar las cenizas de la tiranía. Sin embargo, la experiencia reciente nos ha obligado a reconocer una dolorosa realidad que se cuenta desde el exilio y nos enseña con la voz de protagonistas cómo aquel demócrata populista no es nada más, que una nueva forma de político cósmico que supo jugar su oportunidad electoral.
Esos nuevos autoritarismos ya no llegan con tanques ni uniformes, ahora se maquillan con trajes y discursos que apelan a ser portavoces cívicos. Llegan polarizando ideas, haciendo campañas de desinformación, muchas veces también con recursos e inversiones sin documentación o con noticias falsas tratando concentrar del poder.
Además recurren a una receta muy fiable con una visión selectiva de la justicia y ataques permanentes contra quienes ejercen el periodismo. Vale la pena recordar, que esas formas de gobernar pueden venir de muchos frentes y siempre nos llevan al mismo destino: uno peligroso.
La libertad de expresión no protege únicamente a quienes hablan; protege, sobre todo, el derecho de la sociedad a conocer la verdad. Por eso, cuando se ataca a un periodista se atenta contra el derecho a la información. Cada amenaza, cada demanda abusiva, cada campaña de odio, cada asesinato o proceso judicial intimidatorio constituyen una agresión contra el debate sano de un país democrático.
Fotografía de la región
En lo que va del 2026, el Barómetro de Reporteros Sin Fronteras (RSF) contabiliza al menos 19 periodistas asesinados en el mundo y 472 detenidos por motivos relacionados con su profesión. El año pasado, el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ): registró 129 periodistas y trabajadores de medios asesinados a nivel mundial, siendo la guerra en Gaza el epicentro de la mayoría de estas muertes.
La violencia contra la prensa continúa siendo una de las mayores deudas de muchos países. Los crímenes de periodistas no son resueltos casi nunca, debido a la corrupción que se extiende. Y como si fuera poco, la impunidad envía un mensaje devastador: investigar al poder puede costar el patrimonio familiar o la vida. Las respuestas legales resultan insuficientes cuando quienes deben investigar forman parte del mismo ecosistema o la justicia es lenta y se convierte en un viacrucis para las víctimas.
A ello se suma un fenómeno relativamente reciente, las amenazas a periodistas por internet y redes sociales. Algo que muchas veces no se toma en serio por las autoridades ni la ciudadanía. El entorno digital ha democratizado la comunicación, pero también ha multiplicado los mecanismos de intimidación, persecución y acoso coordinado. Muchas agresiones virtuales terminan convirtiéndose en violencia física. Ignorarlas significa normalizar el miedo.
Por eso, organismos internacionales han advertido sobre el deterioro del ejercicio periodístico. En varios países la profesión de periodista se ha convertido en la más peligrosa del mundo. No porque informar sea un delito, sino porque revelar la corrupción y exigir transparencia afecta intereses económicos, políticos y criminales profundamente arraigados.
Como si la historia insistiera en repetirse, los dictadores no son fantasmas del siglo pasado la corrupción está, existe y es nuestro deber vigilar; no taparlo con justificaciones absurdas de que son los nuevos haciendo las cosas.
Marlon Mora Jiménez es periodista.