¿Y si no hay mal que por bien no venga?
El año que la humanidad llegó a la luna no sólo sirvió para que unos soñaran con la conquista del universo mientras otros desataban todo tipo de teorías conspirativas. 1969 también nos dejó como legado el trabajo de Elisabeth Kübler-Ross, la psiquiatra que desarrolló la teoría del duelo en cinco fases. Fue tan acertada su visión que, a día de hoy, la realidad sigue dejándonos ejemplos palmarios de que doña Elisabeth tenía más razón que una santa. Cuatro días después de la segunda estrella de España, los argentinos continúan en la tercera fase del duelo. Pasaron por la negación, pasaron por la ira y ahora parecen atascados en la negociación: la fase en la que tu cabeza trata de negociar una versión de la realidad que te permita conllevar la pena, aunque sea haciéndote trampas al solitario. Es ahí donde entran todas las teorías conspirativas en torno a la idea de que la FIFA (la misma que adoraba a Messi como producto mercantil y cuyos árbitros permitían el juego duro albiceleste) habría prohibido a los argentinos rendir a su nivel en la final. Desde luego, el que no se consuela es porque no quiere. A nuestros hermanos porteños les queda la depresión y la aceptación para completar el ciclo del duelo. Suerte con ello, muchachos. Aquí en España hemos esquivado las fases del duelo, pero, quieras o no, seguimos absortos en el mundo de la cabalística. No hay psiquiatra ni científico que pueda explicar todos los inquietantes paralelismos con los que hemos ganado el segundo mundial. La canción de Shakira, el grupo H, Mourinho firmando por el Real Madrid, el Barça llevando ocho convocados, que nuestro portero volviera a ser hijo de guardia civil, que un lateral izquierdo catalán volviera a enterrar una moneda en el césped poco antes de la final… es todo para ponerle musiquilla de Expediente X. Y, sin embargo, de todas esas cábalas la que más inquieta a Moncloa es la que todavía no se ha producido. Si se completa el paralelismo de 2010, al presidente socialista que presenció la victoria mundialista le quedaría un curso político para perder el poder. Oye, pelos como escarpias.
En 2011, antes de su gusto por las joyas y los testaferros delatores, fue Zapatero quien tuvo que llegar a la fase de aceptación tras atravesar un largo duelo negando la crisis de 2008. Llegaron a decir que estábamos en la Champions de la economía o que no había burbuja inmobiliaria cuando el drama ya nos estaba comiendo por los pies. Las cinco fases del duelo sanchista no tienen que ver con la economía, sino con la corrupción y el cambio de humor social. Sánchez puede tener su fase de negación (las continuas mentiras negando la evidencia), su fase de ira (inventarse la máquina del fango mientras la cloaca hacía su trabajo) e incluso su fase de negociación (hay una conspiración de jueces y periodistas para echarnos) antes de llegar a la depresión y aceptación. En todo caso, lo que más debería preocupar al Gobierno no son las cábalas futbolísticas, sino las pequeñas señales que emite la sociedad española. Sánchez ha estado desdibujado frente al Rey en las celebraciones; amenaza con hacerse costumbre que algunos jugadores le den la mano sin mirarle a la cara; un catalán como Cucurella ha dado vivas a España y un capitán como Rodri ha dado vivas a la monarquía con festiva intención; un jugador como Ferran Torres ha lucido una gorra que parafraseaba a Trump y los corifeos de la corrección progresista no han tenido ánimos para recriminárselo. De hecho, Podemos ha claudicado y ha dejado de lado su camiseta republicana para lucir la oficial de España. Hasta esa izquierda freudiana que practicaba el antiespañolismo dentro de España parece haber entendido que es mejor alegrarse de que la selección represente también a los inmigrantes antes que desear que los inmigrantes sustituyan a los españoles. Y todo porque hay algo en el ambiente, una sensación sutil pero innegable, que confirma que la juventud española ha decidido sacar su españolidad del armario y vivirla sin complejos. Entre otras cosas, porque la amalgama formada por la izquierda y los nacionalismos periféricos, que silenció a varias generaciones durante décadas, ya no tiene autoridad moral para acomplejar a nadie. La izquierda está herida de corrupción e hipocresía y los nacionalismos han mostrado estos años sus colmillos xenófobos. Cada pantalla que prohíben en la calle, cada agresión en la terraza de un bar les hunde más todavía como los verdaderos intolerantes que son.
Tras casi 40 años de matraca chovinista por parte del franquismo, España atravesó un largo duelo de complejos identitarios. Ese proceso puede haber terminado para que, por fin, la idea de España sea de todos y, a partir de ahí, que gobierne el que más se lo merezca. No sé si se acabará completando la cábala futbolística de manera que Sánchez pierda el poder en 2027, pero si sus innumerables desmanes han contribuido a que la gente se harte definitivamente de los estúpidos complejos que nos encorsetaban, habrá que convenir que no hay mal que por bien no venga.