A un lado y otro del camino, el fuego se ha echado las casas a suertes: en unas ha entrado y en otras, no. Solo el infortunio conoce sus propias reglas de juego, las que han convertido el suroeste de Madrid en un infierno de carreras , de pavesas y de cenizas que caen del cielo como una nieve caliente que no moja. El cielo se ha vuelto amarillo, neblinoso, indescifrable y el sol brilla allá arriba, inerme y naranja como una brasa. Parece haberse eclipsado antes de tiempo. Van los bandos de estorninos y las torcaces de lado a lado, enloquecidos en este silencio, y los perros recorren las lindes barruntando el desastre allá lejos. Alguien, en la desbandada, ha abierto el portillo a las vacas, que miran sin atreverse a salir, absortas y blancas. Los animales huelen el desconcierto como nadie y salen corriendo o bien se quedan en el sitio, para morir calcinados. En las ramas, ya sin agujas, de un pino carbonizado, negro y brillante como si fuera de azabache, un pajarillo, alegre y fuera de contexto, parece querer arrancarse a cantar. Será el único sonido que oye uno, además del runrún de los helicópteros que van y vienen ahí arriba, de las sirenas y de los coches de bomberos y de la Guardia Civil que recorren las carreteras vacías de este apocalipsis situado a cincuenta minutos de la puerta de casa, en Madrid. Eso, y el motor de la moto que recorre, como queriendo no caerse, las pistas de arena que cruzan los pinares de Almorox camino del Encinar del Alberche. Allí, dicen, empezó todo. Recorremos la zona vacía, un espacio lunar e improbable donde ahora no puede entrar nadie. Pasamos entre los controles que cruzan miles de desplazados que se van y las llamas que avanzan por las crestas, aparentemente lentas, aparentemente inocentes, hipnóticas como una descomunal chimenea, siempre a punto de llevarnos por delante. Aquí nació la bestia, o al menos una de ellas. En la frontera entre Madrid y Castilla-La Mancha se desató una parte de la catástrofe. Pronto, el fuego avanzó comiéndose la urbanización del Encinar del Alberche , donde aún humean los pinos y uno pasea inquieto por esa quietud siniestra de columpios carbonizados y toboganes infantiles fundidos como una vela. Ahí aún hay llamas. En una puerta, alguien ha derramado pienso para gatos y ha dejado una ensaladera metálica llena de agua, se supone que para darle alguna oportunidad a alguno de los animales que huyeron. Ni la comida ni la bebida han sido tocadas. Mala señal. La única muestra de vida, además del pajarillo, extraño, ausente y poético, como escapado de una frase del Juan Ramón de Platero y yo, la constituye una pareja de ancianos. Han detenido un Peugeot antiguo junto a los contenedores. Ella espera en el asiento del copiloto, sujetándose el bolso sobre las rodillas, mientras él arroja una bolsa de basura. No responde a las preguntas del reportero. Como si no existieran él o el reportero, y ambos caminaran por dimensiones diferentes: una, la del que está trabajando y esta noche volverá a casa a escribir esta crónica y a quejarse del ruido de los niños que no lo dejan concentrarse; la otra, la del hombre que acaba de perderlo todo o ha estado a punto. De una situación a otra apenas median unos metros. La suerte, al fin y al cabo, funciona un poco así. En la frontera del control, en ese mundo más o menos normal, cruza Eva en un coche con el asiento de atrás lleno de gigantes mastines. Nadie sabe dónde están exactamente las llamas. Un poco más allá, en Cadalso de los Vidrios , devoran los pinares mientras los bomberos, vestidos de amarillo y tiznados de negro en su batalla contra el monstruo, toman aire en la cuneta y beben botellas de agua. Se me parecen a avispas. Tipos duros que miran con extrañeza al reportero y a su moto recorriendo la carretera en un viaje extraño, como salido de una novela de Cormac McCarthy. En el polideportivo de Almorox , donde hasta anteayer los padres llevaban a sus hijos a jugar al baloncesto, parece haberse desplegado una de esas solidaridades de fortuna en las que un vecino ordena el aparcamiento y las señoras hacen bocadillos y reparten un cariño que reconforta que no veas. Todo el mundo tiene una historia y miedo. A los que quieren llegar a casa, la Guardia Civil les impide el paso porque han evacuado Cenicientos, Cadalso de los Vidrios y Las Rozas de Puerto Real. Un poco más tarde evacuarían también algunas urbanizaciones de Almorox. Entre quienes quieren pasar se distingue claramente quién tiene a alguien en casa: su madre, su marido, su hijo. Su ganado, su caballo, su vida entera. Abren mucho los ojos y, cuando los agentes les aseguran que tienen que quedarse allí, se azoran, discuten y están a punto de enfrentarse con la Benemérita, porque les impulsa una fuerza que viene de muy dentro y les obliga a intentar salvar lo suyo. Aunque ya no se pueda. «No puedo dejar que ponga su vida en riesgo» , repite una y otra vez un guardia civil, comprensivo con los nervios de la gente, pero nervioso él también. ¿Está pensando también él como parece que podrían ser sus hijos los que hubieran quedado en aquella casa al otro lado de la colina?, parece preguntarse. El reportero queda intrigado, pero decide que, en estos casos, lo mejor es dejar tranquila a la Guardia Civil. Allá, en la zona de Ávila, en la otra cara del incendio, que cada vez se acerca más a esta, Pablo, el hermano de Cristina —los de las morcillas de Sotillo—, lleva toda la noche en la sierra trabajando con los del pueblo. «Los bomberos los mandan para abajo, pero ellos vuelven a subir», cuenta ella. «El monte lo es todo para nosotros. Es el turismo, es nuestro pulmón, nuestra identidad y nuestra vida». Desde Sotillo han evacuado a miles de personas camino de Arenas de San Pedro, muchos de ellos en autobuses en los que se apiñan mirando al infinito y callados, con la mirada de las cien mil sirenas de bomberos. Muy pocos ven las llamas, pero todos las intuyen y hablan de dónde están. Como si fueran un monstruo que se acerca de noche al pueblo. Cristina es concejal de un municipio que el reportero recuerda cuajado de faroles, de orquestas y de charangas en las fiestas y que ahora se vacía por efecto de la catástrofe. El frente que vino de Burgohondo, que se comió Cebreros y El Barraco y que más tarde se unió al otro incendio, ya ha rebasado la cumbre y desciende por la cara sur alimentándose de todo lo que encuentra a su paso por el valle del Tiétar, habitual paraíso de paisajes, de queserías y de turistas. El recuerdo costumbrista y la realidad descarnada pugnan en la mente del reportero en un pulso extraño en el que se entrecruzan recuerdos de un esplendor en la hierba, casi de poema Wordsworth, y los partes de emergencia que intentan contener, como pueden, hombres con chalecos de colores y walkie-talkies corriendo por las cunetas. El dato del puesto de mando que se ha movido a Navalcarnero convive con el recuerdo del estallido amarillo de los piornos en flor, como se conoce allí a las retamas. Cuentan que el monstruo ha cruzado el cerro de la Escusa desde el valle de Iruelas y que El Burguillo —el lago Como de aquí con más águilas— ya ha dejado de ser refugio. Está en La Adrada, en Sotillo y devora Piedralaves. Nadie se atreve a decir hacia dónde irá. Borja y su padre, Juan Pablo, vieron cómo su finca quedaba rodeada en 270 grados por el fuego, pero no se ha quemado. Borja maldurmió allí viendo el resplandor de las llamas correr por el cerro de enfrente y enviaba partes a los amigos desprovisto de emoción, como un médico al dictar el parte de una cornada Allí estaba a punto de arder toda su infancia, aunque, de momento, parece haberse salvado. La suerte sigue de su parte. Al cierre de esta crónica, ha vuelto a levantarse el maldito viento.