El péndulo estratégico de la Guerra Civil
Equilibrio de impotencias. Julio de 1936
Conforme terminaba julio, se demostraba que la sublevación no había triunfado, aunque el Gobierno había sido incapaz de sofocarla de raíz. Es lo que el historiador Julio Aróstegui denominó el «equilibrio de impotencias», que abrió las puertas al peor escenario imaginable: la guerra civil. Leales a la República permanecían Castilla la Nueva, Badajoz, parte de Andalucía, el Levante y Cataluña, la mitad oriental de Aragón y la cornisa cantábrica desde la frontera con Francia hasta Asturias, con la excepción de la ciudad de Oviedo. Era la España más industrializada y urbanizada, incluía a la mayoría de las grandes ciudades y la presencia de un movimiento obrero organizado. La sublevación, por su parte, había triunfado en el protectorado y las Canarias, amplias zonas de Andalucía, Cáceres, Galicia, todo el norte de la meseta, Álava, Navarra, el oeste de Aragón y las Baleares, a excepción de Menorca. En muchos casos, respondía a la España provincial, tradicional y agraria con realidades sociales más retardatarias.
La construcción de una guerra. Agosto-octubre de 1936
En Madrid, las noticias que llegaban del sur eran preocupantes. El Ejército de África marchaba a gran velocidad y sin oposición eficaz. Con las sangrientas caídas de Mérida y Badajoz, en agosto, todo el territorio sublevado estaba ahora unificado y, en breve, al comenzar septiembre, alcanzó Talavera, significativo enclave en el camino hacia la capital. Desde su bastión en Navarra y Álava, las columnas rebeldes penetraban en Guipúzcoa y amenazaban con lograr cortar la comunicación con Francia por Irún y San Sebastián. Por su parte, ni las milicias obreras asturianas que cercaban Oviedo ni las columnas que desde Cataluña y Valencia habían partido hacia Aragón para hacerse con las tres capitales provinciales lograban sumar ningún éxito para la República.
No pasarán. Octubre de 1936-febrero de 1937
El avance del Ejército de África los había situado el 6 de noviembre ante las puertas de Madrid por el oeste con unos quince mil hombres que se enfrentaban a cerca de veinte mil defensores. Un contingente muy limitado para asaltar una gran urbe, pero, hasta la fecha, las milicias republicanas habían retrocedido sin excepción.
La guerra, naturalmente, proseguía en el resto de los frentes, pero existía la conciencia de la hora decisiva. Madrid resistió y pasó a ser un frente secundario, aunque siempre presente. En modo alguno se alejaron los combates y la amenaza. Para la República no dejó de ser un bastión para defender a ultranza que consumía ingentes recursos bélicos.
Credere, obbedire, combattere. Febrero-marzo de 1937
Benito Mussolini demandaba a Franco una "guerra di rapido corso": resolver la contienda con una acción rápida, violenta y decisiva. Durante los meses de febrero y marzo de 1937, la guerra pareció adquirir una marcada impronta italiana. La primera de las intervenciones se proyectó contra la ciudad de Málaga a primeros de febrero mientras aún se combatía en el Jarama y la rápida conquista de la ciudad andaluza era un presagio del "rapido corso" de los acontecimientos. En lo sucesivo, era viable pensar en objetivos más ambiciosos y el mando italiano planteó una nueva operación para, desde Teruel, alcanzar Valencia. Las tropas italianas, acantonadas entre Medinaceli, Sigüenza y Alcolea del Pinar, iban a poner en juego su prestigio en los campos de Guadalajara, el último intento de embolsar Madrid.
Unificación y dispersión. Abril-julio de 1937
Los repetidos fracasos sublevados en dirección a Madrid parecieron tener efectos centrífugos en la geografía del conflicto. Sin que aún se hubiese entablado la batalla de Guadalajara, el coronel Juan Vigón, al frente del Estado Mayor de las Brigadas de Navarra, se lamentaba en una carta a Alfredo Kindelán, jefe de la aviación rebelde, de que «no se valora exactamente la influencia que podría tener en el curso de la campaña el que se acabase de una buena vez con este teatro de operaciones del Norte». Las recomendaciones de ambos militares surtieron efecto y el cuartel general de Franco dictó el día 21 a Mola las instrucciones para una operación sobre Bilbao. Empezaba la trascendental campaña del norte, el eslabón más débil de la República, que, desde abril a octubre de 1937, iba a condicionar, por acción o reacción, todas las operaciones militares del periodo.
El ocaso del norte. Agosto-octubre de 1937
La pérdida de la significativa ciudad de Bilbao auguró la sentencia en un plazo indeterminado de todo el frente cantábrico. Si no se había podido evitar la caída de Vizcaya, no cabía esperar otro desenlace para Santander y Asturias con unas fuerzas progresivamente mermadas y un territorio aún más aislado del resto de la zona republicana. Sí se podía, en cambio, prolongar la resistencia mientras fuera posible, lo que representaba un problema de tiempo y de medios humanos: las batallas de Brunete y Zaragoza habían conseguido detener la ofensiva en Santander.
A lo largo del verano y el otoño de 1937 las operaciones iban a seguir volcadas preferentemente en el Cantábrico, durante la segunda quincena de agosto en Santander y en septiembre y octubre en Asturias. Su resistencia no llegó al anhelado invierno, aunque fue particularmente obstinada en un territorio donde contaba el peso del movimiento obrero y el recuerdo de octubre de 1934.
La paradoja de Teruel. Noviembre de 1937-marzo de 1938
Una vez liquidado el frente norte sobre el que habían orbitado las operaciones durante meses, las alternativas que se ofrecían eran amplias y Franco contaba con importantes bazas. La caída de Asturias había liberado el Ejército del Norte, junto con todos los medios aéreos, que empezaban a concentrarse en torno a la provincia de Soria para emplearlos en el teatro que escogiera.
La clave residía en la iniciativa, la capacidad para imponer al oponente a conveniencia el momento y el lugar donde proseguir los combates y el Estado Mayor Central republicano optó por anticiparse al siguiente movimiento sublevado. La que se libraba a principios de 1938 tenía que haber sido una batalla limitada, pero durante dos meses ambos contendientes pugnaron por Teruel con todos sus medios hasta el agotamiento de las fuerzas republicanas. En febrero, las tropas sublevadas recuperaron la ciudad y estaban dispuestas para un ataque general en Aragón.
Del Mediterráneo al Ebro. Abril-octubre de 1938
Era en torno al 12 de junio de 1938. Hacía ya dos meses que, en un avance general en el este, las tropas franquistas habían penetrado en Cataluña hacia la línea del río Segre y alcanzado más al sur el Mediterráneo a la altura de Vinaroz. Se trataba del acontecimiento estratégico más relevante de esta fase de la guerra, que partía la geografía republicana y a su Ejército en dos.
Entre abril y octubre, la posibilidad de una guerra continental que diera un giro a los acontecimientos en España pareció real por las reiteradas reclamaciones alemanas en relación con los Sudetes checoslovacos que condujeron temporalmente a la política internacional europea al punto de máxima tensión.
En plena crisis, a Franco se le abrían amplias expectativas de continuar las operaciones desde el Mediterráneo, pero la República demostró su capacidad de reponerse y proseguir la lucha. Entre abril y julio, los trabajosos intentos sublevados de avanzar hasta Valencia se iban a agotar en la defensa planteada por las fuerzas republicanas. Para entonces, desde Cataluña, el Ejército Popular cruzaba el Ebro en una ambiciosa ofensiva que inició la batalla de desgaste más larga y sangrienta de toda la guerra. Lo que sucedió durante aquel choque armado de los «cien días» fue contemplado como la prueba de fuego de la política de resistencia.
Vencedores y vencidos. Noviembre de 1938-abril de 1936
Cuando los últimos soldados republicanos en el Ebro desanduvieron sus pasos el 16 de noviembre hacia la orilla oriental, el cuartel general de Franco era consciente de que el Ejército Popular había perdido ya sus mejores unidades y estimó que «una enérgica reiteración de nuestro esfuerzo debe determinar en breves días el colapso de una gran parte de sus elementos». La reiteración a la que se refería dejaba en el horizonte inmediato la última gran operación militar de la contienda, la campaña de Cataluña.
El 10 de febrero de 1939, el Ejército del Norte sublevado completó la ocupación de Cataluña al alcanzar los Pirineos después de siete semanas de campaña, lo que empujó a las tropas republicanas, a buena parte de los dirigentes políticos y a decenas de miles de civiles al éxodo por la frontera de Francia. Era la constatación de la derrota militar.
Para saber más...
- 'Sangre en la frente. La Guerra Civil en color' (Desperta Ferro), de Jordi Bru y Jesús Jiménez, 400 páginas, 39,95 euros.