El fútbol como problema (y como solución existencial)
Se cambia de pareja, de ciudad y de religión, pero nadie deja nunca de apoyar a su club de la infancia ni a su selección nacional. Cada año los estadios son más grandes, los jugadores más ricos y el precio de las entradas más inalcanzable (para que se hagan una idea: el coste medio de una entrada para ver la final del pasado domingo fue de 9.900 euros). Los imperios empresariales crecen y se derrumban, pero el fútbol nunca entra en bancarrota. Si la pelota fuese un líquido, sería el elixir de la eterna juventud. ¿Existe alguna explicación para esta euforia que no cesa?
Empezamos por alguien tan serio como el historiador británico Eric Hobsbawm, uno de los mayores expertos en el crucial siglo XIX. «La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos. El individuo, incluso el que se limita a animar a su equipo, pasa a ser un símbolo de su nación», escribía Hobsbawm como primer acercamiento. Luego explicó que, justo después de la Primera Guerra Mundial, los Estados-nación europeos comprendieron la fuerza de este deporte para crear espíritu colectivo. Alemania tuvo la inspiración de poner una banda en el hombro de sus capitanes como hacía con sus mariscales de campo. Empezaba así el deporte rey como batalla existencial.
El siempre potente y profético Pier Paolo Pasolini definió el fútbol como «el último gran ritual sagrado que queda en nuestro tiempo». El escritor y cineasta era un gran futbolero y llegó a organizar en 1975 un partido entre el equipo de rodaje de «Saló o los 120 días de Sodoma» contra Bertolucci y la cuadrilla de su «Novecento» (de alguna manera, para asegurarse ganar, estos últimos metieron en la pachanga a un profesional llamado Carlo Ancelotti). Pasolini trazó este paralelismo para describir el juego: «El balón como sedante antidoloroso, o bien: todo se olvida con un partido. Sucede en América Latina y también nos sucede a nosotros. En el fondo, al pobre le basta con poco, y un balón es lo ideal para soñar», apuntaba.
La relación entre el deporte y la religión
Merece la pena citar de manera extensa el pasaje donde Pasolini destripa la relación entre este deporte y la religión: «Mientras que otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el fútbol es la única que nos queda. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro. El cine no ha podido sustituir al teatro, pero el fútbol, sí. Porque el teatro es una relación entre, por una parte, un público en carne y hueso y, por otra parte, personajes en carne y hueso que actúan en la escena. Mientras que el cine es una relación entre una platea en carne y hueso y una pantalla, unas sombras. El fútbol, en cambio, vuelve a ser un espectáculo en el que el mundo real, de carne, en las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los atletas en el campo», resume.
Terry Eagleton es un filósofo británico, católico y marxista. Para dar la bienvenida al Mundial 2010 escribió un texto donde intentaba desentrañar el gancho infinito de este juego, sencillo y complejo al mismo tiempo: «El fútbol ofrece a sus seguidores belleza, drama, conflicto, liturgia, carnaval y la impar marca de la tragedia, por no hablar de la oportunidad de viajar a África y volver sin abandonar la borrachera. Como alguna que otra fe religiosa, el juego determina qué tienes que vestir, con quién tienes que asociarte, qué himnos has de cantar y qué relicario de verdades transcendentes has de adorar. Junto con la televisión, es la suprema solución al inveterado dilema de nuestros amos políticos: ¿qué hay que hacer con ellos, cuando no están trabajando?», resumía. Por supuesto, ese «ellos» somos nosotros. Para las élites, no hay modo más seguro de que la plebe esté tranquila y satisfecha que mirando un partido.
Nadie sabe con certeza quién fue el autor de la bonita frase «el fútbol es la más importante de las cosas que no son importantes». Es una manera de quitar hierro a un deporte melodramático, que saca lo mejor y lo peor de nosotros. El exjugador y comentarista Jorge Valdano defiende que el fútbol desnuda a la gente, sacando al exterior lo que tiene oculto. En una línea similar, el economista Branko Milanovi añade que también nos infantiliza y nos despluma. «El espectáculo –porque eso es ahora, un espectáculo– ha adquirido características de circo, muy visibles en la final de este año. Anunciar los nombres de los jugadores con una acentuación exagerada, lanzar fuegos artificiales, instalar pantallas gigantes (como en el nuevo Bernabéu), presentar la entrada de los jugadores al estadio como si fueran gladiadores», denuncia. Cree que la magia puede irse por el retrete al adoptar el estilo desarraigado del fútbol americano, donde los equipos son franquicias y se cambian de una ciudad cuando los compra un millonario. Se separa a los hinchas de su contexto geográfico y de sus vínculos de clase.
Parte integral de la sociedad
El antropólogo británico Jeremy MacClency explica que el deporte no es un reflejo aislado de la sociedad, sino parte integral. «Debemos entender que el fútbol no genera violencia por sí mismo. La genera una sociedad donde hay incertidumbre política, desempleo, pobreza, nacionalismos exacerbados que despiertan racismo y falta de educación. Toda esta presión contenida en la gente toma escape en los partidos de fútbol».
En la misma línea encontramos a la psicóloga argentina Beatriz Goldberg, experta en el análisis de las bases biológicas y sociales del comportamiento humano. «En la violencia que desata el fútbol confluyen tres sentimientos, que más bien son necesidades: universalidad, territorialidad e identidad. Es en esa conducta agresiva donde la afición más exacerbada construye su identidad y su impresión de pertenencia a la manada. La tensión entre rivales es pura descarga de adrenalina, un escape para sus vidas. En las gradas derraman las lágrimas que nunca lloran», recuerda. Goldberg hizo estas declaraciones mientras veía partir a la selección albiceleste hacia el Mundial 2026, preocupada por la energía irracional que levanta. Seguro que no le sorprendieron mucho las agresiones de la final, ni la posterior conspiranoia de los aficionados.
Sin samba ni tambores
En esta edición del campeonato no faltaron teorías sobre por qué los países católicos juegan mejor que los protestantes. Así lo condensaba un texto anónimo que se hizo viral tras la derrota de la «canarinha». «El fútbol brasileño tenía una identidad enraizada en la exuberancia, fiesta y colorido propios de una cultura hija del sincretismo entre lo católico y los imaginarios religiosos de origen africano. Cuando Brasil arrasaba en los mundiales sus jugadores llegaban a los estadios cantando samba y tocando tambores afrobrasileños. El juego en la cancha no era más que la extensión del festejo. Pero así era cuando los jugadores eran católicos y practicantes del sincretismo afrobrasileño. Hoy los jugadores de Brasil son mayormente evangélicos. Y el evangelismo, dada su matriz dispensacionalista y su escatología cerrada, expulsa toda forma de sincretismo: de diversidad. Es decir, acaba con el fútbol-fiesta. Los actuales jugadores de la selección brasileña llegan rezando a los partidos... Ahora tocar los tambores e invocar los santos del sincretismo afrobrasileño es cosa del diablo. Está muy mal visto. Se volvieron tristes, marciales y predecibles. Tanto en sus vidas como en la cancha», lamentaba el autor, antes de saber que la copa se la llevaría el país más católico de los que se habían clasificado.