Kathleen Turner y Glenn Close: psicóticas apasionadas
Con la posmodernidad, el cine se sexualiza hasta extremos nunca vistos. El primer signo es «Fuego en el cuerpo» (1981), un recital de desnudos y sexo explícito entre William Hurt y Kathleen Turner. Un ama de casa aburrida, que renueva el estereotipo de la mujer fatal doméstica, capaz de las mayores traiciones en nombre del amor. Remake encubierto de «El cartero siempre llama dos veces» (1981), que tuvo una nueva versión, famosa por la escena de sexo en la mesa de la cocina entre Jack Nicholson y Jessica Lange. Si en la primera versión de Lana Turner y John Garfield el sexo se manifiesta por una pasión amorosa apremiante, de una violencia nueva en el cine negro, en la de Bob Rafelson el sexo explícito, lindante con el porno, es el motor que lleva a los amantes a asesinar al marido para quedarse con su fortuna. Un deseo violento, sin remordimientos, que los une más allá de la muerte.
También trajo consigo un nuevo tipo de mujeres fatales: las malvadas psicóticas. Apenas tienen precedentes en el cine: la perturbada Mrs. Danvers, en la genial interpretación de Judith Anderson en «Rebeca» (1940). Una psicótica hitchcockina, que prende fuego la mansión de Manderley antes de que la siga profanando la nueva señora de Winter.
Estas malvadas psicóticas son mujeres obsesionadas por un hombre que las rechaza o por una pérdida cuya obsesión las lleva al brote psicótico. En «La mano que mece la cuna» (1992), Rebecca De Mornay borda el papel de la nurse, enferma de odio, que pierde el juicio a medida que se mete en el papel de madre vengadora. En cierto sentido bebe de «Atracción fatal» (1987). En ambas se trata de salvar la familia amenazada por una mujer fatal que desea recuperar con su venganza a la familia perdida o al amante que la ha abandonado. Es tal la pasión que sienten por el objeto de su amor que dispara en ellas el deseo de obligarlos a saciar su requisitorias o morir. Una dislocación de la personalidad que las hace vivir en un mundo imaginario que tratan de imponer por la fuerza.
«Una dislocación de la personalidad hace vivir a estas mujeres fatales en un mundo imaginario»
El precedente es «Que el cielo la juzgue» (1945). Un filme con un Technicolor precioso, en la que Gene Tierney se va deshaciendo de forma cruel de cuantas personas la rodean. En su psicosis, no quiere que nadie se interponga en el amor que siente por su marido. Un filme insólito de cine negro con una mujer fatal atormentada por los celos imaginarios.
Mujer fatal y hombre débil
No será hasta los años 80 cuando se inicie la moda de las mujeres fatales psicóticas con «Atracción fatal» (1987). Glenn Close interpreta a Alex Forrest, una hermosa mujer que después de una noche de sexo con Michael Douglas lo acosa por no querer proseguir el romance. De nuevo se enfrentan en la pantalla la mujer fatal dominante y el hombre débil, que labra su propio infortunio al ser incapaz de poner fin a la relación de la psicópata que lo acosa por temor a que su mujer se entere de su traición. Repite Michael Douglas con otra Domine, Sharon Stone en «Instinto básico» (1992), con tanto sexo violento y apremiante por una mujer fatal que se muestra tan desinhibida que acaba identificándose con ella, sospechosa de homicidio.
El filme se hizo muy popular por la escena del cruce de piernas de Sharon Stone en la escena del interrogatorio policial, en la que, durante una fracción de segundo, enseña su sexo. Paul Verhoeven ya se había mostrado ser un erotómano consumado en «Delicias turcas» (1973), un filme de culto rodado en Holanda, con un debutante Rutger Hauer. Pero, sin duda, la cinta más singular de los años 90 es «Misery» (1990), con una psicótica asesina, Annie Wilkes, que borda Kathy Bates. Esta interpreta a una admiradora de un escritor de novelas románticas, al que salva tras sufrir una accidente en un paraje nevado. El brote psicótico se dispara cuando, al leer su última novela, descubre que se deshace de Misery, la heroína romántica. El sadismo de Annie Wilkes es tan desmesurado, que le obliga a escribir una nueva novela donde la resucita, martirizándolo con una tortura que haría las delicias de Sade y Sader-Masoch.