Ester Expósito, primavera en vena
Hay en Ester Expósito una cualidad sobrehumana, un algo de replicante. Como si se tratase de una de esas criaturas fruto de la bioingeniería que descubrimos en «Blade Runner» y nos fascinaron en el acto porque eran una versión mejoradísima de nuestra especie, tanto en belleza y fuerza como en inteligencia; con la sola pero notable desventaja de que su ciclo vital era mucho más exiguo que el nuestro por aquello de que la estrella que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Hablo de los seres de esa película de culto, claro, no de ella, que quizá llegue a cumplir el siglo, aunque para entonces no será la misma y ni ustedes ni un servidor lo veremos.
Su belleza, la de Ester, parece nacida en un laboratorio en el que se han empleado los mejores ingredientes, las más sofisticadas técnicas y el más afilado de los talentos. Como ese científico loco que se propone dar con la quintaesencia de nuestra raza y va el tío y lo consigue. Y así pasa que cuando la ves aparecer en la pantalla frenas en seco e interrumpes lo que estabas haciendo, incluso si es urgente o imperioso, y te dedicas por entero a observarla, a contemplarla, a retenerla avaramente en la retina. Pues es tan magnética como una habitación cargada hasta el techo de lingotes de oro o una piscina verde esmeralda en la profundidad del desierto.
No sé por qué se le llama magenta al rojo oscuro que tira a morado ni creo que supiera asignarle esa tonalidad a algún objeto. Y lo mismo me ocurre con la señorita Expósito, a la que situaría en un lugar equidistante entre la rubia y la pelirroja por más que desconozca qué nombre recibe tal color, si es que existe. Pero ese punto de partida, el de la mujer blonda, ya sea hacia arriba o hacia abajo, nos sirve para hacernos una idea nítida de que lo suyo no es la hondura indescifrable de las morenas, que encierran abismos y carreteras solitarias que parecen no tener final, sino esa brisa de primavera que recibimos con placer y a la que siempre acompaña un sol pletórico.
Camina Ester entre flashazos dentro de un vestido igual de ligero que un pájaro en abril y la elevan del suelo unos zapatos que desconocen la suerte que tienen de acoger esos pies. O bien baila en la Casita de Bad Bunny o se broncea en la cubierta de un yate o entra y sale de una boutique de lujo de la mano de su eminente novio, con una guardia pretoriana abriéndoles el paso, o es entrevistada en algún plató en el que demuestra que belleza e inteligencia no tienen por qué ser antónimos. Porque es ahí, en la prueba de fuego de las entrevistas, donde uno suele mostrar lo que es, cuando sorprende su naturalidad de chica criada en un barrio de clase media alta de Madrid: la desenvoltura que exhibe en todas las respuestas, a las que atiendes sin dejar de recorrer cada gramo de su risa o la luz de sus ojos, nos habla de una muchacha lista cuyo techo aún no se aprecia, puesto que cuenta con mucho margen de mejora. Si ella quiere, si se lo propone, puede hacer un carrerón en el cine –otras actrices menos dotadas y no tan bellas lo han logrado–, todo depende de la longitud de su ambición y de sus ganas.
La hemos visto llorar y reír, tanto en la pantalla grande como en la televisión, y siempre hemos pensado, ustedes y yo, que juega en una liga distinta, la de los bendecidos por la diosa Fortuna. Que mujeres así son un unicornio o una cosa aún más extraordinaria: dos unicornios en uno. A Ester, ya lo he dicho, no basta con mirarla sin más, no: hay que remirarla por ver si así, a fuerza de insistir, le detectamos alguna falla, una minúscula mácula que nos confirme su condición humana. Pero ni por esas. Todo en ella es juventud, lisura, primavera en vena. Todo en ella es un derroche de vida y luz, la constatación siempre asombrosa de la belleza neta. Como un Tadzio en chica capaz de emitir ese resplandor emocionante que primero te ciega y un segundo después te paraliza.
A Ester es muy fácil soñarla, pero es improbable o directamente imposible encontrártela en cualquier otro sitio que no sea una pantalla. Ni en el súper ni en la cola del bus ni en las calles chillonas del centro de Madrid. Y qué lástima.