Hay un momento de la vida en el que una persona siente que se ha hecho mayor de verdad. Y no es cuando cumple los 18 años, cuando ya no tiene veranos de estudiante y le toca trabajar ni cuando todos sus amigos se empiezan a casar o a tener hijos. Ahí todavía hay margen. Sin embargo, pasarán unos años y empezará a surgir una duda en la cabeza. ¿Debo hacer testamento? Históricamente, lo del testamento era algo asociado al final del camino. A la muerte. O, al menos, a la aparición de una enfermedad que podía desembocar ahí. Por suerte, con el paso de los años y la modernidad de los tiempos, el testamento también ha ido dejando de ser una cuestión tabú, ha ido dejando de dar miedo y se ha ido normalizando. No obstante, no deja de ser algo que ronda la cabeza cuando ya hemos cumplido, al menos los 50 años. Y lo cierto es que tener ese asunto controlado puede evitarnos quebraderos de cabeza. Sin embargo, hay otro documento muy similar, pero mucho menos conocido, que pocas personas tienen en cuenta, pero que existe por algo: para evitar situaciones dramáticas apareciendo como un salvavidas en mitad del océano. Se trata de los poderes preventivos, algo que la experta María Cristina Clemente recomienda hacer. «Si me admitís un consejo como notario, esto creo que podría evitar situaciones familiares muy penosas, muy triste y muy angustiosas», explica esta notaria, que cuenta que es una opción muy positiva porque solo «es plantearos hacer una escritura que no es el testamento. Incluso por delante del testamento». Esta experta cuenta que es un recurso muy útil para cuando surgen dificultades como la aparición de alguna enfermedad que incapacita al propietario de un bien. «Ese padre o esa madre que es diagnosticado de Alzheimer. La enfermedad sigue su curso y llega un momento en que ya no es posible que continúe en casa porque se exige internamiento en una residencia y eso genera muchos gastos». Muchas veces se necesitan ingresos para poder costear esos cuidados, pero la única vía para obtenerlos es vender un bien del enfermo en cuestión. «A veces la liquidez no está en el banco, está en la que era su vivienda habitual y hay que venderla, pero esa persona ya no está en condiciones de venir a notaría. Se inicia por tanto ese 'calvario judicial'. ¿Sabéis que eso se podría haber evitado si antes se hubieran otorgado esos poderes?». En este tipo de situaciones conviene haber actuado con previsión y margen para evitar, no solo problemas legales y judiciales, sino también batallas familiares y personales muy desagradables. Por ello, si los síntomas de esta u otra enfermedad empiezan a aparecer, lo mejor es actuar a pesar del dolor que esto supone. Porque, por desgracia, el resultado es irreversible. «La ley, desde hace unos años, permite que cuando todavía estás en condiciones de tomar decisiones por ti mismo, incluso cuando estás en esos primeros estadios y diagnosticada la enfermedad, tú puedes venir a la notaría y allí decidir qué persona de tu absoluta confianza será la que se ocupe de tomar decisiones cuando tú ya no puedas hacerlo». «Por tanto, lo único que se exige es tener esa persona a tu lado que sabes que te acompañará hasta el final. Y esa persona no necesitará acudir a un juzgado para obtener ninguna autorización judicial. Ella será la que se ocupe de hacer todo lo que estime mejor para tu cuidado».