‘¡Papi, salgamos!’: vecinos relatan minutos de angustia durante el incendio en Pavas que mató a padre e hijo
A Eduardo Francisco Pérez Badilla, de 66 años, le tomó más de dos décadas construir su casa. Comenzó agregando una segunda planta, que levantó con láminas de zinc y donde almacenaba decenas de antigüedades. Con el tiempo, construyó el tercer piso y allí, de acuerdo con sus familiares, estaba su cuarto.
Este lunes, de aquella vivienda en Metrópolis de Pavas prácticamente solo quedaban escombros. Mientras los vecinos se asomaban desde las ventanas y permanecían al margen de la cinta policial que resguardaba la escena, bomberos, agentes judiciales y canes especializados recorrían lo que quedó de esta casa, en busca del punto donde se originó el incendio que causó la muerte de Pérez y de su hijo menor, de 14 años.
Rolando, uno de los cinco hijos del propietario, caminaba por las cercanías de la vivienda este lunes. Hace cuatro meses se fue de allí y recuerda que apenas el viernes durmió con su padre en esa casa, que él mismo ayudó a construir. Conoce bien la estructura y está convencido de que al menos su hermano pudo haber salido por una pequeña ventana trasera, aunque de inmediato se corrige y reconoce que era solo “un chiquito flaquito”. “¿Cómo iba a poder?”, se pregunta.
El joven estudiaba a 380 metros de su casa, en el Colegio de Rincón Grande de Pavas. Sus familiares lo recuerdan como un muchacho alegre, tranquilo y amante del fútbol.
“¿Qué iba a saber uno que iba a terminar en esto?”, continúa diciendo su hermano.
En lo que va del año, 15 personas han muerto en incendios y, con el siniestro de la madrugada de este lunes, Bomberos registra 648 incendios en estructuras. De acuerdo con vecinos, esta es la primera vez que en esta calle se vive una tragedia como esta, y es por esto que están profundamente impactados.
‘Papi, nos estamos quemando’
Erika Espinoza vive desde hace 20 años justo al lado de Eduardo y su hijo. Recuerda que, poco después de la 1 a. m., la despertaron los gritos de su vecina del frente. Le decía que sacara el cilindro de su casa, previendo que el fuego se propagara a las estructuras aledañas.
“Salí como loca, agarré el cilindro de gas, lo tiré al carro (...) El niño más que todo era el que se oía, decía: ‘¡Papi, nos estamos quemando!’ ‘¡Ayúdenme! ¡Papi, salgamos!’ Pedía ayuda, que por favor le tiraran agua. Fue algo traumante, en minutos todo el mundo quedó en shock”, lamentó.
Ana Chaverri, otra de las vecinas de esta familia, recuerda haber escuchado al padre pidiendo agua, pero también dolido por la pérdida de su casa. “Todo mi esfuerzo”, habría dicho el hombre desde las plantas altas de la casa, según Ana.
Desde afuera, entre los gritos que clamaban ayuda, a los residentes de este barrio los inundaba la impotencia de no haber podido hacer nada por las víctimas. Siete residentes de la zona relataron a este diario que cada noche, desde las 9 p. m. y hasta las 4 a. m., se corta el suministro de agua en Metrópolis, por lo que no tenían con qué disminuir el avance de las llamas.
Pese a ello, intentaron abrir la única entrada a esta casa con un mazo y otros dos vecinos subieron al techo de la casa de Erika para intentar quitar las latas y extraer a las víctimas; sin embargo, habría sido cuestión de pocos minutos para que una fuerte llamarada terminara de consumir la estructura y el segundo y tercer piso se desplomaran.
Entonces cesaron los gritos y quienes intentaron socorrer tuvieron que hacerse a un lado.
“No había manera, ¿quién iba a luchar contra esas llamaradas? Era un infierno”, dice Erika poco antes de teorizar que ese último avance voraz del fuego podría explicarse porque las llamas alcanzaron el cilindro de gas en la casa.
Tienda de antigüedades
Miguel Araya Álvarez, de Ingeniería de Bomberos, confirmó a este diario que la falta de agua en la zona dificultó la labor de los bomberos. “Lamentablemente, durante las labores de extinción, al llegar las unidades, tuvieron problemas de abastecimiento”, dijo.
Preliminarmente, el fuego habría comenzado en la primera o segunda planta y se fortaleció porque las escaleras de la casa estaban construidas de forma abierta. A ello, Araya agrega que el propietario almacenaba decenas de antigüedades.
“Eso provocó mayor carga de fuego, y que el incendio se complicara”, aseveró.
Esta cantidad de mobiliario no solo facilitó que el fuego se propagara, sino que también dificultó las labores de búsqueda. El cuerpo del menor de edad apareció poco antes de las 4 a. m. y bomberos hallaron a su padre hasta las 6:10 a. m.
Las llamas consumieron 350 metros cuadrados y afectaron otras tres casas, entre ellas la de Socorro Medina, de 55 años; su hijo Gabriel Antonio Romero, de 26; y su hija mayor, de 32 años. La familia, aunque logró salir a tiempo, lo perdió todo. “Siento que se murió algo de mí”, lamentó la madre.
El fuego también llegó hasta el camión de trabajo de Eduardo, un carga liviana marca Daihatsu, modelo 1980, valorado en ¢220.000, que esta mañana permanecía estacionado a pocos metros de la casa.
Rolando, uno de los hijos de Eduardo, contó que su padre guardaba las antigüedades en el segundo piso y las distribuía por redes sociales, en la misma casa y por encargo. Su negocio se conoce en la zona como Antigüedades Pérez.
“Era un señor serio, salía a trabajar, era callado, respetuoso, no se metía con nadie. A veces salía a las 4 a. m., venía en la tarde con el camión lleno de sus cosas”, cuenta otra residente de la calle, Elizabeth González.
Esta mañana, ya con las diligencias de investigación en curso, las antigüedades de Eduardo estaban colocadas sobre la calle. Parecía más como un enjambre de metal y con costos dejaba identificar algunas llantas de bicicletas y lo que parece ser una vieja radio.