El valor de pensar distinto, por Guillermo Estrugo
* El autor es vicepresidente del Consejo Interreligioso del Perú – Religiones por la Paz
Perú acaba de atravesar un proceso electoral que volvió a poner frente a nosotros lo diversa que es nuestra sociedad, así como lo profundamente dividida que se encuentra. Tenemos distintas ideas sobre el país que queremos, distintas maneras de entender la política, la sociedad, la fe y el futuro. Sin embargo, el problema no se encuentra en nuestras diferencias, sino cuando dejamos de verlas como una oportunidad para comprendernos.
Una democracia saludable no necesita que pensemos igual. Necesita que aprendamos a escuchar y valorar a quien piensa distinto. Aunque parezca una contradicción, nuestras convicciones pueden verse fortalecidas al encontrarse con aquello que las cuestiona. Estoy seguro de que una mirada diferente podría ayudarnos a descubrir por qué creemos en lo que creemos, identificar aquello que debemos revisar y encontrar nuevas razones para defender nuestros valores.
Esta fue una de las reflexiones que dejó el Simposio Internacional de Libertad Religiosa, realizado recientemente en Lima, donde representantes de distintas tradiciones religiosas y expertos de nueve países dialogaron sobre los desafíos de la libertad de religión y de creencias en sociedades cada vez más polarizadas.
Quienes vivimos una experiencia de fe sabemos que nuestras creencias forman parte profunda de nuestra identidad. Pero también entendemos que nadie posee toda la verdad sobre la experiencia humana. Escuchar al otro no significa abandonar nuestra fe ni relativizar nuestras convicciones. Más bien, significa reconocer que podemos aprender incluso de quien no las comparte.
Cuando escuchamos abiertamente a quien piensa distinto, descubrimos, muchas veces, que detrás de una posición que nos resulta difícil de comprender existen experiencias, preocupaciones y valores que no habíamos considerado y que son similares a las nuestras.
En tiempos de polarización, debemos cuidarnos para no convertir la discrepancia en amenaza. Si alguien piensa distinto, no debemos asumir que está en contra nuestra; si cuestiona nuestras ideas, no sintamos que cuestiona nuestra identidad. Así dejamos de escuchar y comenzamos a buscar argumentos para derrotar al otro, cuando lo que necesitamos es encontrar razones para comprenderlo.
Por eso, es urgente recuperar una cultura del diálogo. Esto implica reconocer los puntos comunes y centrales o más importantes de la discusión y trabajar sobre ellos con el fin de encontrar soluciones de gran impacto social.
La defensa de la libertad religiosa en el Perú no es una tarea de algunas organizaciones de fe, es una tarea generosa y de confianza. Es la noble tarea de defender la libertad del otro.
Defender la libertad religiosa no significa únicamente reclamar el derecho a vivir y expresar nuestra propia fe, sino reconocer ese mismo derecho en quienes creen de otra manera o no creen en divinidad alguna. La defensa de la libertad adquiere su verdadero valor cuando estamos dispuestos a cuidarla incluso para quien piensa de manera muy distinta a nosotros.
Quizá allí encontremos una oportunidad que hemos perdido de vista en medio de tanta confrontación: el otro no tiene que pensar como yo para merecer todo mi respeto y admiración.
El estar abierto al diálogo significa tener la madurez y firmeza suficientes para escuchar sin miedo. Una democracia madura no es aquella en la que desaparecen las diferencias, sino aquella en la que podemos encontrarnos a pesar de ellas. La libertad de expresión, de religión y de culto son medidores de cómo estamos en el respeto del derecho más básico y fundamental de todos los derechos, la dignidad humana. Y es ese derecho innato y su respeto irrestricto el que tiene que hacernos reflexionar sobre el tipo de personas y de país que queremos llegar a ser.