Las prostitutas que defendieron la virilidad de Enrique IV
Enrique IV ha pasado a la Historia con un apodo del que ningún rey habría querido presumir: «el Impotente». Lo extraordinario es que, antes incluso de sentarse en el trono de Castilla, varias prostitutas de Segovia ya habían declarado que aquello no era cierto. Ellas lo sabían, dijeron, porque se habían acostado con él.
No era una fanfarronada de taberna ni una confidencia nacida en los burdeles. La capacidad sexual del príncipe de Asturias se había convertido en materia de un proceso eclesiástico, y aquellas mujeres fueron llamadas a sostener con su testimonio algo que afectaba al futuro de la Corona: Enrique podía mantener relaciones carnales.
El problema tenía nombre: Blanca de Navarra. Enrique se había casado con ella en 1440, cuando ambos rondaban los quince años. La boda obedecía a los pactos de las dinastías, pero el matrimonio arrastró muy pronto una intimidad desastrosa. Pasaron los años y no hubo hijos. Peor aún: la unión no había sido consumada.
En una Corte, la alcoba de un príncipe nunca pertenecía por completo a quienes dormían dentro. Si de aquella cama debía salir un heredero, cada noche estéril acababa convertida en un problema político. Enrique y Blanca llevaban más de una década casados cuando el futuro rey decidió romper el vínculo y casarse con otra mujer.
Para conseguirlo debía explicar por qué su matrimonio no existía plenamente ante la Iglesia. Y la explicación era humillante. Enrique alegó que no había podido consumarlo. Durante más de tres años, sostenía, había intentado unirse carnalmente a Blanca. La impotencia podía ser causa de nulidad, pero surgía una dificultad formidable: si el príncipe era incapaz con cualquier mujer, el estigma lo acompañaría a su siguiente matrimonio.
Entonces aparecieron las prostitutas de Segovia. Varias mujeres públicas declararon haber conocido sexualmente al príncipe y afirmaron que con ellas sí había podido mantener relaciones. Su testimonio servía para defender una idea tan extraña hoy como decisiva entonces: Enrique no padecía una impotencia absoluta. El problema afectaba a Blanca.
La sentencia de nulidad, dictada en 1453, aceptó una impotencia relativa entre los esposos. Incluso se recurrió a que un maleficio podía haber impedido la consumación de aquel matrimonio concreto.
Nuevo matrimonio
Así, la virilidad del futuro rey de Castilla quedó defendida por mujeres cuyo oficio las situaba en los márgenes de la sociedad. La historia habría podido terminar allí. Pero no fue así. Enrique se casó después con Juana de Portugal y subió al trono en 1454. Sin embargo, los años volvieron a pasar sin descendencia. Cuando la reina dio a luz en 1462 a una niña, también llamada Juana, los enemigos del monarca recuperaron la vieja herida y la convirtieron en un arma.
Si Enrique era impotente, aquella niña no podía ser suya. La princesa recibió el apodo que acabaría persiguiéndola durante siglos: «la Beltraneja», por la sospecha de que su verdadero padre fuese Beltrán de la Cueva. La intimidad del rey se convirtió en una batalla por el trono de Castilla.
«Sus adversarios entendieron que, para abrir el camino a otra sucesión, la virilidad del rey era más poderosa que un ejército»
Los cronistas hostiles a Enrique alimentaron su fama de hombre incapaz, mientras otros testimonios complicaban el retrato. Siglos después, médicos e historiadores intentarían diagnosticar al monarca a partir de descripciones antiguas. Gregorio Marañón dedicó un célebre ensayo a su biología; estudios posteriores han propuesto alteraciones endocrinas, urológicas e infertilidad. Ninguna exploración puede hacerse ya al paciente.
La certeza murió con Enrique. Lo que sobrevivió fue el apodo.
Resulta difícil encontrar una ironía más cruel. Antes de ser rey, Enrique había logrado que un tribunal anulase su matrimonio aceptando que su impotencia solo existía con Blanca. Para sostenerlo, varias prostitutas habían declarado que ellas conocían otra versión de su cuerpo. Años después, nada de aquello bastó.
Sus adversarios comprendieron que la virilidad de un monarca podía ser más poderosa que un ejército. Si conseguían convencer al reino de que Enrique no podía engendrar, también podían convertir a su hija en bastarda y abrir el camino hacia otra sucesión. Enrique IV murió en 1474. La guerra por la Corona estalló después. Y aquellas mujeres de Segovia, llamadas décadas antes para defender la capacidad sexual de un príncipe, quedaron atrapadas en uno de los procesos más insólitos de la historia castellana.
No conocemos sus voces, pero sabemos lo que dijeron ante los jueces de la Iglesia castellana. El rey al que la Historia llamó «el Impotente» había necesitado que unas prostitutas declarasen que, con ellas, no lo era.
Asuntos de la Iglesia
El proceso de nulidad entre Enrique y Blanca de Navarra obligó a la Iglesia a entrar donde casi nadie podía: en la cama de los príncipes. No bastaba con afirmar que el matrimonio carecía de hijos. Había que averiguar si se había consumado. Con tal fin se reunieron declaraciones sobre la intimidad de ambos esposos. Enrique sostuvo que había intentado mantener relaciones con Blanca durante años sin conseguirlo, mientras varias mujeres públicas de Segovia afirmaron haberlas mantenido con él, como ya sabemos.
La solución jurídica fue aceptar una impotencia relativa: el príncipe era incapaz con su esposa, pero no necesariamente con todas las mujeres. La sentencia de 1453 anuló el matrimonio y permitió a ambos volver a casarse. Pocas veces la razón de Estado descendió tan profundamente hasta un dormitorio. De aquella investigación dependía algo más que un matrimonio roto. Había que saber si Enrique podía engendrar al futuro rey de Castilla.