Charlie Parker, el detective que habla con los muertos
Los detectives interrogan a testigos, persiguen al criminal y consultan archivos…, pero Charlie Parker carga con un inconveniente añadido: los muertos siguen habitando su conciencia. Con tantos detectives parecía difícil encontrar una herida nueva, pero John Connolly logró, en 1999, con «Todo lo que muere», llevar el género un paso más allá. El antiguo policía no solo persigue a «los malos»: camina por una frontera difusa entre los vivos y quienes se resisten a abandonar este mundo.
Parker, «Bird» para los amigos –el apodo juega con el nombre del legendario saxofonista–, fue inspector de policía en Nueva York antes de que su vida saltara por los aires. Una noche, después de una discusión familiar, se quedó bebiendo en un bar. Cuando regresó a casa encontró asesinadas a su esposa, Susan, y a su hija Jennifer. Desde aquel instante, dejó de ser el hombre que había sido, abandonó el cuerpo y emprendió la búsqueda del Viajero, el asesino de su familia. La dipsomanía y la autodestrucción casi acabaron con él, pero logró rehabilitarse y fijó su residencia en Maine para ejercer como detective privado.
No es el típico investigador que bebe para ser el rey de la barra. En una profesión donde el whisky parece una herramienta de trabajo, su sobriedad resulta casi extravagante. Corre, va al gimnasio y procura mantenerse en forma porque sus clientes suelen disparar, apuñalar o golpear antes de presentar una reclamación. También come mejor que la mayoría de sus colegas de ficción. Eso sí, el pescado no le gusta. Nadie es perfecto.
«Parker cuenta con dos aliados, que son pareja sentimental: Angel, ladrón latino, y Louis, asesino negro, gay y republicano»
Al comienzo de la serie tiene treinta y cuatro años, el cabello negro salpicado de canas, ojos azul grisáceos y una constitución enérgica. Pero envejece. Parker acumula cicatrices, pérdidas y desgarros. Connolly no pulsa el botón de reinicio al comenzar cada novela: cada caso deja una huella. Lo que realmente distingue a Parker de Marlowe, Spade o Rebus es su relación con los muertos. A veces los ve; otras, sabe que están cerca. No es un médium ni monta una consulta de tarot. Investiga como cualquier buen detective: observa, pregunta, recurre a antiguos contactos y sigue pistas. Pero siempre percibe cuándo hay algo más. El mal no siempre espera en un callejón. Es una presencia que ha rozado su vida y le ha dejado la certeza de que existe un mundo donde su mujer y su hija continúan aguardándolo.
Y, por si los espectros no fueran suficiente compañía, cuenta con dos aliados que harían temblar a cualquier departamento de Recursos Humanos: Angel y Louis, pareja sentimental. El primero es un ladrón latino de aspecto desastrado; el segundo, un antiguo asesino a sueldo, negro, elegantísimo, republicano y fanático del country. Parker lo define como el único criminal gay, negro y republicano que conoce. Los tres forman una peculiar familia: lealtad, humor y una asombrosa facilidad para meterse donde cualquier persona sensata saldría corriendo.
También está Rachel Wolfe, psicóloga y «profiler», de quien Parker se enamora y con quien tendrá una hija, Sam. Pero la vida sentimental de este hombre jamás podía convertirse en una comedia romántica. La muerte lo persigue y, por eso, rehúye cualquier intimidad duradera.
Empatía por sus víctimas
Su forma de actuar nace de una convicción: la ley y la justicia no pertenecen al mismo universo. Parker siente una empatía casi física por las víctimas, especialmente por los indefensos. No investiga los crímenes como un sudoku, sino como una deuda. Él puede mentir, cruzar límites y recurrir a la violencia, pero no disfruta matando. Poco a poco deja atrás la venganza para descubrir una forma más profunda de compasión.
Desde su debut, su universo no ha dejado de crecer durante más de un cuarto de siglo. Entre las principales entregas destacan «El poder de las tinieblas», «Perfil asesino», «El camino blanco», «El ángel negro», «La ira de los ángeles», «La mujer del bosque», «Tumbas sin nombre» y «Las furias». Una saga que conviene leer en orden porque Parker cambia, envejece, arrastra heridas y vuelve a cruzarse con personajes y enemigos anteriores.
Pese a todo, Charlie Parker no es un cenizo de manual. Conserva un humor áspero y una mirada socarrona que impiden que tanta oscuridad asfixie al lector. Ahí reside el talento de Connolly: ha creado un detective de novela negra que parece haberse equivocado de puerta y haber entrado en una historia de fantasmas. Parker resuelve asesinatos, sí, pero su verdadero caso nunca termina. Quiere averiguar si el mal nace en el corazón de los hombres o si existe desde mucho antes que ellos. Porque, al final, la gran duda no es si existen los fantasmas. La gran duda es cuántos de ellos siguen caminando entre nosotros.