Chile, donde el otoño es primavera
Hay cosas que parecen inevitables. Que después del verano llegará el otoño es una de ellas. Pero viajar consiste también en descubrir que algunas cosas dejan de serlo cuando cambiamos de lugar. Incluso las estaciones.
Basta cruzar de hemisferio y aterrizar en Santiago de Chile. Mientras aquí el otoño empieza a asomar, al otro lado del planeta más de 4.000 kilómetros de territorio chileno se preparan para recibir la primavera.
Allí los Andes aparecen detrás de los edificios, el Mapocho atraviesa la capital y un funicular centenario trepa por el cerro San Cristóbal.
Santiago desde las alturas
Arriba, en la cumbre, espera una de esas imágenes que permiten entender un destino antes de recorrerlo: una enorme metrópoli extendida a los pies de la cordillera.
Subir por el Parque Metropolitano en el icónico funicular es toda una experiencia. A medida que gana altura, la ciudad va quedando abajo y revela su particular geografía: Santiago ocupa una cuenca entre los Andes y la cordillera de la Costa.
La Plaza de Armas sigue siendo el corazón histórico, rodeada por la Catedral Metropolitana, el edificio de Correos y el Museo Histórico Nacional. Más que acumular visitas, aquí interesa detenerse: una plaza que lleva siglos siendo punto de encuentro de la ciudad.
Unas calles más allá aparece el Palacio de La Moneda, sede de la Presidencia y uno de los edificios más cargados de significado de Chile. Su historia quedó ligada al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y a las imágenes del palacio bombardeado que dieron la vuelta al mundo.
Cambio de registro
En Lastarria, las distancias se acortan y el ritmo también: cafés, librerías, galerías y terrazas se suceden en pocas calles que invitan más a pasear que a seguir un itinerario. Es el Santiago de sentarse, mirar y continuar caminando.
Al otro lado del Mapocho, Bellavista cambia de nuevo la escala del viaje. Entre fachadas de colores, restaurantes y vida nocturna se esconde La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda. Habitaciones, libros y objetos permiten entrar por un momento en la vida privada del poeta y premio Nobel chileno.
Y después de caminar, toca sentarse a la mesa. El Mercado Central conserva su estructura de hierro del siglo XIX y sigue siendo un clásico para probar pescados y mariscos del Pacífico. Congrio, machas, centolla o ceviche recuerdan que, aunque los Andes dominen el horizonte, el océano está a poco más de cien kilómetros.
Su primavera trae además una de las celebraciones más importantes del país: las Fiestas Patrias, cada 18 y 19 de septiembre. En las fondas se bailan cuecas al aire libre, ondean banderas en los balcones y el olor a asado y empanadas se mezcla con el de los primeros días templados, como si la fiesta nacional y la llegada de la primavera compartieran el mismo impulso.
De la nieve al vino
A poco más de una hora de Santiago, la carretera sube hacia Farellones y Valle Nevado. Este último, a unos 3.000 metros, es uno de los principales centros de esquí de Sudamérica. Al inicio de la primavera, según la temporada, todavía puede encontrarse nieve en las cotas altas mientras abajo la ciudad empieza a dejar atrás el invierno.
Tomar la carretera en sentido contrario cambia otra vez el paisaje.
A unos 80 kilómetros de Santiago, camino del Pacífico, el Valle de Casablanca debe buena parte de su prestigio al vino. La cercanía al océano y las brisas marinas generan un clima fresco, favorable para Sauvignon Blanc, Chardonnay y Pinot Noir. Muchas bodegas permiten caminar entre las viñas antes de una cata o una mesa.
En primavera el paisaje empieza a cambiar. Tras meses de reposo aparecen los primeros brotes y las hileras de viñas recuperan el verde. La vendimia llegará meses después; ahora empieza todo lo que la hará posible.
Más allá de Santiago
Santiago podría justificar por sí sola el viaje. Pero es la puerta de entrada a un país que cambia a medida que se avanza por sus más de 4.000 kilómetros de longitud.
Hacia el norte se halla un desierto que no duerme. San Pedro de Atacama sirve de base para descubrir el desierto no polar más árido del planeta. El Valle de la Luna, el Salar de Atacama o los géiseres del Tatio —a más de 4.000 metros de altitud— dibujan un territorio de sal, volcanes y lagunas.
Pero Atacama no termina cuando cae el sol: la oscuridad forma parte del paisaje. La sequedad del aire, la altitud y la escasa contaminación lumínica ofrecen condiciones excepcionales para observar el cielo y explican la presencia en el norte chileno de algunos de los observatorios astronómicos más importantes del mundo.
Hacia el sur, prácticamente todo cambia. Allí manda el viento.
En la Patagonia chilena, la escala vuelve a transformarse. Las agujas de granito de Torres del Paine se levantan entre lagos de origen glaciar, estepa y campos de hielo. El viento, las distancias y una naturaleza que empequeñece cuanto la rodea forman parte de la experiencia, como sus senderos. Y no hace falta afrontar travesías de varios días: miradores y recorridos cortos permiten acercarse a sus paisajes más reconocibles.
Y todavía queda un Chile para el que hay que mirar hacia el Pacífico.
Los moáis cuentan una historia
A unos 3.700 kilómetros del continente se encuentra Rapa Nui (isla de Pascua), uno de los territorios habitados más aislados del planeta. Su Parque Nacional es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1995. Sus moáis son universales, pero llegar a Rano Raraku cambia la imagen. En las laderas de la cantera donde fueron esculpidos permanecen numerosas figuras en distintas fases de construcción. De pronto, los moáis dejan de ser una postal y empiezan a contar una historia.
Desierto, hielo, cordillera, viñedos y una isla en mitad del Pacífico. Todo pertenece al mismo país.
Sí, este lado del mundo seguirá avanzando hacia el otoño y Chile hacia la primavera. El calendario continuará haciendo su trabajo. Viajar, sin embargo, permite de vez en cuando hacer algo extraordinario: elegir qué queremos encontrar al llegar.
Incluso la primavera.