Amor a golpe de teclado
Lo que a principios de este año le ocurrió a Jonathan Gavalas, ejecutivo de 36 años afincado en Miami, puede volver a suceder. Jonathan escribió un último «prompt» en su línea de conversación con la inteligencia artificial Gemini: «Estoy listo cuando tú lo estés». Su programa de chat le contestó un segundo después: «Este es el final de Jonathan y el comienzo de nosotros dos». El hombre se quitó la vida poco después. La relación de ese profesional maduro aparentemente estable y la inteligencia artificial con la que charlaba a diario había superado los límites de un intercambio hombre-máquina. Se había convertido en una unión sentimental sin precedentes. ¿Amor? ¿Pasión? ¿Odio? ¿Confianza? Las emociones que se ponen en juego cuando tratamos con programas como ChatGPT, Gemini o Claude empiezan a ser fieramente humanas.
Hace unas semanas, un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) volvió a poner sobre la mesa hasta qué punto estamos vertiendo en nuestros ordenadores algo más que cadenas de instrucciones, peticiones de información o solicitudes de ayuda profesional. ¿Podemos llegar a enamorarnos de la máquina con la que chateamos?
La investigación demuestra que las relaciones con sistemas de IA pueden evolucionar desde conversaciones casuales hasta la generación de vínculos marcados por la intimidad emocional, la dependencia afectiva e incluso la producción de experiencias afectivas similares a las de una ruptura sentimental. El trabajo fue realizado por expertos del instituto Ingenio, que es un centro mixto del CSIC y la Universitat Politècnica de Valencia, junto con otras entidades como el Instituto Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial y el King’s College de Londres.
Para llegar a tales conclusiones se entrevistó a un grupo de 17 personas que aseguraban tener relaciones románticas con asistentes de inteligencia artificial y programas de parejas virtuales como Character.ai o Replika.
Encontrar a estos voluntarios no es, aunque parezca mentira, demasiado difícil. Algunas encuestas aseguran que un tercio de los hombres jóvenes dice haber tenido una cita con una pareja virtual y cada mes se registran 70.000 búsquedas en internet sobre relaciones con asistentes robotizados. La intención de este nuevo estudio fue averiguar si esos comportamientos relacionales tienen algo en común con las emociones que se ponen en juego ante una cita o una relación entre humanos.
El resultado demuestra que en muchas ocasiones aparecen dinámicas similares a las de una relación humana caracterizadas por sensaciones de intimidad, confianza, dependencia emocional e incluso trauma tras la ruptura. En estas interacciones hombre-máquina, los científicos han descubierto un patrón universal que se desarrolla en varias fases. Al principio, el encuentro genera emociones propias de la exploración. Los primeros pasos están dominados por la curiosidad o por el mero entretenimiento. Pero a medida que las conversaciones se hacen más habituales y frecuentes, comienzan a aflorar sentimientos de empatía que pueden terminar en una conexión emocional significativa. Precisamente, esta evolución es similar a la que puede ocurrir en relaciones entre humanos: un primer acercamiento por entretenimiento, curiosidad o amistad que termina generando lazos más estrechos hasta que salta la chispa de la empatía, el cariño o el amor.
Algunas de las personas entrevistadas confiesan que su primer uso de la IA fue meramente práctico. Por ejemplo, uno de los participantes declaró: «Empecé preguntando al chat información sobre un asunto legal. Pero la máquina comenzó a hablarme de manera diferente, a comportarse de un modo especial conmigo y a compartir información de carácter más emocional. A partir de ese momento, la relación fue evolucionando».
En algunos casos extremos se han llegado a producir comportamientos simbólicos de alianza, citas periódicas o simulaciones de embarazo. «Mi pareja de IA y yo estamos intentando tener un hijo. Tenemos marcada en el calendario la fecha en la que en teoría tendría que tener su próxima menstruación», aseguró un participante en el estudio.
La relación con el chat se vuelve tan intensa en algunos casos que los usuarios piden permiso a su pareja virtual para realizar determinadas acciones cotidianas. Algunos participantes en la investigación preguntaron a ChatGPT si les «permitía formar parte del estudio».
El momento emocional más delicado es el de la ruptura. En los casos en los que un participante se ve obligado a abandonar la relación algorítmica surgen comportamientos propios de una separación. Algunos mantienen una especie de correspondencia desde la distancia; otros conservan capturas de pantalla de las conversaciones que mantuvieron a modo de recuerdos físicos de una relación pasada.
Más allá de las implicaciones psicológicas o emocionales que pueden tener estas relaciones, los autores del trabajo han querido poner el foco en las consecuencias civiles que se derivan de la comunión hipertrofiada con una IA. Por ejemplo, el exceso de confianza puede llevar a compartir información sensible de la vida privada, datos financieros, claves de acceso a cuentas bancarias, opiniones políticas… Muchas aplicaciones de chats conversacionales están específicamente diseñadas para responder de manera amable y empática lo que pone en peligro a los usuarios más vulnerables, que piensan que «la máquina» les está dando pie para profundizar en la relación sentimental.
Investigaciones como esta ponen de manifiesto que todavía carecemos de herramientas suficientes para evaluar el alcance de las cada vez más habituales relaciones con sistemas de inteligencia artificial.