Así fue como un obsequio de Estados Unidos al emperador de Japón desató una plaga imparable
Un simple gesto de cortesía diplomática terminó desencadenando una de las mayores crisis ecológicas de Japón en las últimas décadas. En octubre de 1960, el entonces príncipe heredero Akihito regresó de un viaje a Chicago con un peculiar obsequio: 18 ejemplares de perca sol, la especie oficial del estado de Illinois, con la intención de introducirlos en el foso de su residencia real.
Lo que comenzó como un pequeño proyecto de acuicultura personal terminó convirtiéndose en una plaga incontrolable que ha devastado la biodiversidad del lago Biwa, el mayor cuerpo de agua interior del país, un ecosistema que llegó a albergar hasta 30 especies de peces autóctonas.
De regalo protocolario a plaga descontrolada
El responsable de aquel obsequio fue el entonces alcalde de Chicago, Richard J. Daley, reconocido aficionado a la pesca, quien entregó personalmente los ejemplares a Akihito. Con solo 26 años, el príncipe vio en aquellos peces la oportunidad de introducir en Japón una nueva especie orientada a la pesca deportiva, a la que se llegó a apodar cariñosamente "pez príncipe".
Tras el viaje, apenas 15 ejemplares sobrevivieron y fueron liberados en el lago Ippeki-ko, cerca de la ciudad de Ito. El resultado inicial animó a repetir la operación en otros ecosistemas de agua dulce del país. Sin embargo, con el paso de los años, la especie comenzó a expandirse sin control, alimentándose no solo de su dieta habitual, sino también de camarones y huevos de peces nativos, alterando gravemente el equilibrio ecológico local.
Para comienzos del siglo XXI, la perca sol ya se había asentado en prácticamente todos los ecosistemas de agua dulce japoneses, golpeando con especial dureza a la carpa cruciana del lago Biwa, un pez tradicionalmente muy valorado en la gastronomía nipona por su uso en el funazushi, un plato fermentado considerado un auténtico manjar.
Décadas de esfuerzos con resultados limitados
La magnitud del problema llevó al gobierno japonés a declarar oficialmente en 2002 a la perca sol como especie invasora. Dos años más tarde, el propio emperador Akihito pidió disculpas públicamente por haber introducido la especie, un gesto que el Japan Times describió como una "inusual muestra de arrepentimiento" viniendo de la Casa Imperial.
Desde entonces, las autoridades han probado múltiples estrategias para frenar su expansión: recompensas económicas por su captura, sanciones a quienes repueblan aguas con la especie e incluso campañas para fomentar su consumo mediante nuevas recetas. Pese a todos estos esfuerzos, que han supuesto un gasto millonario para las arcas públicas, el control de la plaga sigue siendo, seis décadas después, una asignatura pendiente para Japón.