El encanto literario de la decadencia aristocrática
Hay algo casi anacrónico, y al tiempo atractivo, en que un autor nacido en 2003, debutar con una saga familiar centroeuropea. Nelio Biedermann tenía apenas veintiún años cuando escribió esta novela que abarca más de medio siglo, desde los últimos estertores del Imperio austrohúngaro (imposible no recordar al gran Berlanga) hasta la revolución húngara de 1956, persiguiendo la decadencia de una saga aristocrática a través de tres generaciones. No es pequeño el intento como tampoco el talento que revela…, pero quizá el frenesí que ha acompañado al libro –Patti Smith lo ha calificado de «magistral» y Daniel Kehlmann de un escritor «excepcional»– aconseje introducir algún matiz. «Lázár» es una buena novela y su autor parece un narrador solvente, pero… ¿hasta qué punto ha encontrado su voz y no le hablan en un ejercicio de ventriloquía sus maestros?
El arranque es lujoso. Lajos von Lázár nace con una piel tan transparente que permite contemplar sus órganos. Su padre, Sándor, ve con inquietud a aquel hijo que no se le parece y cuya verdadera paternidad ignora. Alrededor –o en el centro de todo– están el castillo, el bosque tenebroso, la demencia familiar, los sirvientes, los múltiples secretos y una aristocracia que existe de espaldas a un mundo que se resquebraja. Biedermann consigue generar una atmósfera gótica. Hay extrañeza, sensualidad, humor negro y una amenaza que proviene del oscuro bosque, de la sangre y de la historia.
También sabe observar. Uno de los aciertos del libro pasa por no convertir los acontecimientos del siglo XX en una lección de historia. Las guerras, el derrumbe de los Habsburgo, el nazismo, el Holocausto, la ocupación soviética o el levantamiento de 1956, que cercan a los personajes hasta penetrar en sus moradas y en sus almas. La gran Historia acostumbra a suceder fuera del foco porque lo importante son las heridas que dejan en el corazón. Lla decadencia de los Lázár no es solo económica o de clase pues lo que se heredan, sobre todo, son las mentiras, la culpa, la violencia, la enfermedad, los deseos…, y, sobre todo, los fantasmas. Esa es la mejor versión de Biedermann: el escritor capaz de condensar una época en una imagen y de hacer convivir lo bufonesco con lo taciturno. Su verbo es visual y tiene sensibilidad para los objetos, los cuerpos y los interiores. Incluso cuando el argumento se ensombrece, hay una ligereza narrativa que hace que sesenta años quepan en trescientas páginas. Esa capacidad de síntesis resulta llamativa en un autor tan joven. Pero es ahí donde empiezan los problemas.
La influencia de los maestros
Biedermann tiene tanta prisa que ciertas vidas apenas llegan a adquirir espesor. La estructura episódica, valiente al principio, termina pareciendo una sucesión de postales: personajes que aparecen, episodios vigorosos que se insinúan y líneas narrativas que desaparecen antes de habernos regalado lo que prometían. Es evidente en Imre, uno de los personajes más fascinantes, y en el propio carácter sobrenatural de Lajos o la transparencia física que inaugura la novela con tanto impulso acaba teniendo poco o ningún desarrollo del que cabría esperar. La novela sabe sugerir, pero no siempre sabe, o quiere, rematar lo propuesto. Y es cuando llegan, de forma inevitable, los maestros. Thomas Mann y «Los Buddenbrook»; Joseph Roth y «La marcha Radetzky»; E. T. A. Hoffmann, Proust, Joyce, Virginia Woolf...
Biedermann no esconde su linaje literario: la ostenta. Hay lecturas, inteligencia y ambición literaria infrecuente en su edad, pero eso constituye la principal limitación de Lázár. Hay momentos en que el lector tiene la sensación de que el autor no se ha emancipado de quienes le modelaron. La decadencia aristocrática, la familia como metáfora de un mundo extinto, el viejo imperio, los salones, los fantasmas, el bosque, la enfermedad y la melancolía de Mitteleuropa forman un universo muy transitado…, y el camino de «baldosas amarillas» se termina desgastando. Aplauso por lo mucho leído y asimilado por parte del autor, pero se espera que en próximas entregas podamos oír su propia voz. Porque hay un autor. No me atrevo a decir que haya obra, pero talento por llegar, queda y mucho. Se le ve determinación en escenas, el manejo del tiempo, las licencias para ciertas imágene y, por encima de todo, intuición para vincular el derrumbe doméstico con el históricos. No estamos, por más que muchos lo pregonen, ante una obra maestra, pero tampoco parece una casualidadad. Es el libro imperfecto de alguien que tiene sesera, olfato y sensibilidad sobrada para escribir mejores páginas. ¿Qué hará Biedermann cuando aprenda a caminar sin escoltas?